Fragancia y pasos

Vaya por delante que soy de gustos simples. De placeres inocentes, ínfimos, que no precisan del comercio de dineros y pagarés y tales bursatilismos. Acaso, de entre estos gustos, el que practico con mayor asiduidad es el de seguir aromas. Me explico. A la tardecita me da siempre por salir a caminar un rato – dos, tres horas – por la ciudad. Estocásticamente. Es decir, no elijo el camino. Y no lo hago, por la sencilla razón de que voy siguiendo (a veces así arrastrado, los pies colgando detrás, como un súper héroe fraudulento o inexperto) perfumes. Femeninos. Un perfume aplicado por una mujer huele de manera muy distinta del mismo perfume llevado por otra mujer. Cada piel aporta sus gracias, sus ingeniosidades; matices de habitaciones que dan al Bósforo, Puentes que cruzan el Moldava, veredas que tiritan en Berlín. Así pues, me prendo de (o soy aferrado por) un aroma y discurro hasta que otro, ni mejor ni peor, distinto, me lleva hacia otro lado; y así, de una fragancia y sus sugerencias, a otra, deambulo. Camino (a veces floto, a veces pratico unas nataciones deshidratadas muy particulares). Paseo. Paseo con ojos distintos, porque no estoy viendo la ciudad ni los seres que le crecen y le caminan por encima a la pobre. Y, a la vez, veo todo esto como en una versión realizada por un cineasta taiwanés. O algo por el estilo. Y, antes de que malicien, porque los veo venir, porque los humanos somos cuarenta porciento recelo, treinta porciento agua mineral y el resto, conformado por trazas de porquerías varias. Decía, antes que de que piensen con el lóbulo de la suspicacia erotomaníaca, sigo aromas, no figuras. De tal guisa, puedo estar sigiendo la estela odorífera de una señora de ochenta y tantos, o la de una mujer de cuarenta con un rostro entre cubista y plano de ingeniería naval. Se me importa un pito. Sigo la fragancia. Lo que me insinúa. Lo que me narra. Lo que despierta en mí. Que sí, en algunos casos puede tener alguna arista sensualista el asunto, pero no por la mujer que me arrastra con sus correajes balsámicos, sino por las evocaciones o propuestas que ese aroma teclea en vaya a saber qué regiones inaccesibles a mi razón (que son muchas, debo decir. Ahora que lo pienso, utilizo muy poco cerebro… ). Pero eso ocurre de Pascuas a Ramos. Tienen que acontecer unas condiciones particulares muy particulares: una tardecita invernal, con poca gente, muchas hojas sustrayendo veredas. Y un aire como si no viniera de ninguna parte. Como si no fuese viento. Sino otra cosa. En fin. Pocas veces. Así pues, ayer salí. Como habitualmente lo hago. Caminé una calle y mordí la primera línea perfumada. Me condujo durante un par de calles, hasta que se cruzó otro aroma que, no voy a decir que era mejor, pero, esta vez sí, lo confieso (y alguna que otra también), la chica que lo llevaba tenía un cuerpo de esos que ni eligiendo los genes más apropiados. Así que la seguí con bastante tenacidad, desechando fragancias que eran levemente mejores, durante unas siete o diez calles. Acaso más. No lo sé. Nunca cuento. Pues bien, en la calle que fue la última (de la navegación tras la muchacha mencionada un pelín supra), se me cruzó un aroma como nunca antes había olido. Madre mía. Hosanna. Hala Madrid (lo vocalicé, lo recuerdo bien). Se encontraba, la fragancia, entre un grupo de unas siete mujeres que esperaban a que se pusiera en verde el semáforo para cruzar Príncipe de Vergara. Quedé atrapado entre su finura, delicadeza, exquisitez. Lo sentí material. Como una mano que me iba atrayendo, asiéndome suavemente de la mandíbula. Como si me estuviese reprendiendo y, a la vez , reconfortando, elogiando. La ciudad desapareció por completo. Una abstracción borrosa, empañada. El olor comenzó a realizarse… A personificarse: tules desperezándose, olas chatas de altamar. A medida que progresábamos en la andadura, el grupo de mujeres se iba deshaciendo, acercándome de esta manera más al origen de aquella excepcionalidad, a su poseedora. No sé cuántas calles pasaron hasta que quedamos el aroma y yo, en una intimidad de soledades compartidas. Utilizar el término “yo” como forma nominativa es, para definirme a esa altura, un exceso. Lo que fuese que era, era porque aquella fragancia me sostenía, me otorgaba una vitalidad que, antes, había cancelado. Esclavo. Elegido. Elevado. Y nada. Y pura realidad olfatoria. Reducido a un sentido. Atado a las prolongaciones como de ubicuidad de índole marina de ese perfume que, estoy seguro, jamás antes había percibido. De pronto, como si quisiera que presenciara algo como “yo”, y no esa amputación de mí, esa suerte de extremidad obediente; la esencia me restituyó la conciencia. Un vasto bosque se alzó, de pronto, ante mí. Me rodeaba (¿Casa de Campo?, pensé), con su homogeneidad como derramándose a mi alrededor. El perfume fue replegando sus extensiones hasta ser una suerte bola informe de velos de leves tonalidades verdosas. Un esferoide flotando. Un gloo sin dueña. No había mujer. No había cuello del que aquellos filamentos de fragancia que me habían arrastrado, hubiesen procedido. Era autónoma. Era ciertamente peligrosa. La bola, o malla, más bien, terminó por deshacerse en el aire frío que venía por el valle (¿era tal cosa esa topografía?) o lo que fuera esa intemperie a la que siempre había evitado, con esmero. Me giré. Un cartel. Blanco. Letras negras. La Berzosa. Comencé a caminar. Aroma de pinos. De tierra mojada. Trazas de briznas de algo.

 

© Marcelo Wio

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