Las horas de Ernestina

Flamean, los pastos lacios, con cualquier impulso que le cruce la cara al campo: tontamente ondulando un lenguaje sin oportunidad. Ernestina desteje una bufanda que ya no recuerda si alguna vez fue para alguien: lana para otra desmemoria de abrigos y pasatiempos.

El perro, a sus pies, transpira una humedad vieja: canoso el morro y el contorno de los ojos, le anda  preparando el arqueo la muerte.

Ernestina estira la lana que poco hace, a esta altura, por memorizar la forma que le había compuesto.

Vienen nubes, la voz de Antonio zumbando por la veranda de madera de pintada de un blanco testimonial.

Siempre están viniendo. O llegando. O nosotros siendo llevados a su encuentro. Dice Ernestina, sin levantar la vista hacia el horizonte contorneado de lluvias y negruras metálicas.

Si sólo es por decir, algo, mujer.

Tanto tiempo callando, para decir nubes…

Antonio, apenas una corroboración del momento, calló y regresó al interior de la casa: oscuro, fresco, mullido; quieto el aire y las horas, como si el mobiliario ejerciera una gravitación inflexible que no admitiera traslaciones ni planetariedades de esas.

Tanto tiempo mendigándole conversaciones, gestos, atenciones protocolarias, y justo ahora, que ella se había acomodado tan bien en esa desatención, en esa ausencia, venía a pedirle palabras. Pues no. Con lo bien que estaba ella con los sonidos de su cotidianeidad: la brisa rozando sobre diversos elementos, versando sobre diversos asuntos; la respiración pesada y difícil del perro; las historias crujidas de las maderas, los mugidos y relinchos; la voz lejana de algún peón, el tractor renegando, sus propios pensamientos como bolitas en un tarro de cristal. Ella consigo misma: como la había dejado él el día después de la boda, instalada en esa casa sin historia: como una promesa de vivencias. Pero sólo fue un lugar para llenar de cosas: insuficiente, inútil, sustituto, disimulo.

Y de pronto, sin darse cuenta, es tarde para todo: sólo pueden cambiarse las cosas de lugar, reponer algún objeto. Por lo menos la lana olvida la trama, piensa ahora, que ya hace mucho que no cambia nada de lugar allí adentro; que no custodia el fingimiento. Porque ya no importa, porque ya es tarde para destejerse de la urdimbre de silencios y ánimos y costumbres y resignaciones y rencores. Sencillamente, no se puede: sería como desandar los instantes: violar las condiciones de direccionalidad del tiempo: deshacerse para confeccionar a otra que sólo podría compartir con ella el mismo nombre, el mismo reflejo, el mismo orden de células.

Ernestina termina de destejer y comienza a ovillar esa larga, dócil y serpenteante hebra gris, habituada a tales procedimientos.

Cuando finalice, la guardará en la cesta de mimbre barnizada en un tono oscuro, y se pondrá de pie. El perro abandonará el sueño y se incorporará lentamente, como si se despegara de una interacción filamentosa con el suelo. Una simetría despareja e injusta, porque refleja la apariencia de su circunstancia.

Entrará y se pondrá a cocinar. Cenas cada vez con menos gusto: contagiadas de las disposiciones de humores. O acaso sea el gusto: fisiología que va prescindiendo (ofrendando, tal vez) de ciertos lujos; que va refugiándose en las vitalidades imprescindibles: atrincherándose en una terquedad de permanencia.

Mientras Ernestina prepara en la cocina, comenzará a atardecer. El sonido de los truenos llegará más nítidamente. Mucha furia, pensará Ernestina. Demasiada para llegar entera hasta aquí. Tal vez unas gotas. No es que hagan falta, realmente. Un respiro de aguas y humedades sería de agradecer. Y piensa en el perro, que ahora está tumbado en la cocina, a un costado, la cabeza erguida, esperando que caiga algo. Piensa en que un día sin esa espesura de vapores atmosféricos le daría un descanso a ese penoso trabajo de fuelle.

Cenarán en el silencio de unas palabras que son siempre las mismas y que por eso mismo ya no dicen nada: apenas un ejercicio para recordar el idioma. Dirán sobre la leche que están produciendo las vacas, sobre tal o cual corral que ya está listo para recibir ganado, sobre la pintura de la casa, que ha va siendo hora. Para que el ruido de las masticaciones y los cubiertos sobre el plato no incremente la deriva entre ambos.

Ruidos como de casa vieja, falta de atenciones: pequeñas imperfecciones que han ido horadándose y acentuándose. Ya se ve, no todo trabaja en pos de la perfección, de la vitalidad; hay vida que urde contra sí. En esto piensa Antonio, sin saber que piensa en ello. Que los pensamientos de Ernestina andan por otro lado.

Por la mañana, luego de desayunar sola – unos mates, de pie en la cocina -, saldrá a la veranda, observará brevemente el monótono paisaje – por aquí, pensó, los fractales se mueren de risa (como se rio su padre cuando le dijo que quería estudiar, que le gustaban los números y las incógnitas, y qué sabrás tú de tales galimatías, que no son más que invenciones de señoritos con ganas de vivir del cuento) -, y se sentará en la silla de madera con un mullido almohadón que recuerda sus formas, y se pondrá a tejer una bufanda. ¿Para quién había tejido aquella primera bufanda? ¿Cuándo fue aquello? Y una vez abandonado el intento de recordar lo que, está segura, ella misma no quiere recordar, comenzará a pensar en números y formas, y buscará en los árboles la escritura de la existencia que no existe pero que es tan evidente.

 

© Marcelo Wio

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