La secta de los Eminentes

 

La fuente de su conocimiento era la aceptación entusiasta de las conjeturas de Proclo de Gevgelija, que no había podido, querido o sabido observar directamente aquello de lo que había predicado para un grupo reducido de adeptos. De esta manera, los integrantes de la secta de los Eminentes se dedicaban sin más a reproducir las falencias de este saber chueco, casi falaz. En definitiva, así justificaban, principalmente ante ellos mismos, su pasividad – algo que les facilitaba enormemente la tarea de encopetarse en una erudición sin complejidades que suponía un grandioso e inescrutable prestigio.

Acceder a la institución era hartamente difícil. Sólo los varones de clase noble, y únicamente por recomendación, eran admitidos a la temprana edad de cuatro años, y no la abandonaban sino hasta bien entrada la veintena. Los egresados prometían un absoluto secreto sobre los saberes allí recibidos, e inmediatamente, patrocinados por antiguos graduados, ocupaban los más altos cargos que ofrecían la administración y el mundo académico del Imperio Bizantino en la provincia de Udovo, como reputados y doctos expertos (el secretismo no les permitía dar cuenta del contenido de su conocimiento, es decir, acreditar las competencias que demostraran su tan publicitada especialización; y por respeto a su condición social, se los eximía de tales engorros).

Ejercieron el verdadero poder, el de las decisiones transcendentales, el que dictaba la cosmovisión, a partir del siglo VI de la era común. Mas, ese control casi absoluto y prolongado sobre el devenir de la región y sus gentes, no impidió la desaparición de la secta. Se desconocen los motivos de su ostracismo, pero ya partir del siglo VIII comenzó a perder influencia en los círculos de poder. A principios del siglo IX no quedaba memoria alguna de su existencia.

Recientemente, algunos historiadores han advertido de la emergencia, sino de una continuación de esta secta en concreto, sí de una o varias similares. Sus miembros, al igual que aquellos seguidores de Proclo de Gevgelija, ocultan el contenido de sus entendimientos, a la vez que, como aquellos, promocionan con brío (e histrionismo, los actuales) su valía, su maestría y su prestigio, como si fuesen vistosos vestidos, y no esfuerzos interminables. Y, como los Eminentes, también se refieren unos a otros para acaparar los más reputados cargos.

Ahora, apuntaba el historiador y politólogo Fraçois Laponte, investigador del Instituto de Les Épaules des Géants, a diferencia de la secta pretérita, los nuevos miembros provienen de diversas extracciones sociales y son captados en los claustros universitarios – mayormente, en las facultades de Humanidades. Se desconoce aún el criterio de selección; de la misma manera en que, en realidad, se desconocía el de la secta de los Eminentes – más allá del obligatorio prerrequisito de la procedencia de una clase privilegiada.

“Se conoce más bien poco de la sociedad inspirada en la disciplina de Proclo de Gevgelija, pero el estudio de textos de la época, escritos por miembros de la aristocracia – acaso, más de uno, también perteneciente a la secta -, hacen pensar en individuos cuyos finos razonamientos y comportamientos debieron causar una honda impresión entre sus contemporáneos, al punto de adjudicarles capacidades excepcionales”, escribió el sociólogo, filósofo y antropólogo alemán Heiko Flössberg en su libro Eminentes de Proclo. “Algo que – agregaba inmediatamente – no puede decirse de los sospechados, y sospechosos, cofrades de la secta actual”.

 

© Marcelo Wio

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