Esquelitolé, hacedor

 

Aguamanil, dijo,

como quien dice un recuerdo empolvado sobre la cómoda.

Dijo eso y una fecha sin ruido, vuelta sobre sí: un espacio caluroso y recargado, como de té con petit four y tías con pintalabios y ganchillo y malicias. Aunque aquella escena resultase peregrina en aquella geografía – pero una termina por recordar sensaciones, más que hechos.

Y dijo dos nombres; dos existencias que entrelazaron sus venas y la tierra suelta de sus vientres, resbalados sobre el consentimiento de los gestos que, arañados, escrutaban el procedimiento que sin querer inscribió una saga. Nada podía planearse, instalados como estaban, en tales temblores. Nada puede planearse nunca: todo termina por embadurnarse de cosas y personas con las que no se contaba, y con esa sustancia coloidal que es el azar. Así, todo plan, diseño, se acaba en cuanto entra en contacto con la masa sobre la que debía actuar: queda adherido a la realidad, impreso; condenado.

Dijo aguamanil

porque pensaba en el abuelo Esquelitolé. O en esa imagen como de cromo y relato. De agua. Y en aquellos dos (nombres sin rostro, muy lejanos para ella) que muy queriendo habían hecho, pero que sin querer habían materializado un después. Y a esa consecuencia – porque siempre lo trataron como algo no del todo vinculado a ellos, como si les hubiese sido impuesto como gravamen por sus pasiones – le habían puesto ese nombre salido de una de las sobresábanas que a modo de carnal sobremesa se ofrendaban con esa alegría cansada tan lúcida y descongestionada: Esquelitolé, imaginario caracol con inteligencia y mucho capricho, al que hacían habitar las situaciones más inverosímiles y que posteriormente hubo de ser nombre de hombre.

¿Cómo fue que de aquella pareja tan soñadora, tan poco telúrica – tan frívola, a fin de cuentas -, saliera ese adulto prematuro, abochornado de sus latidos? ¿Cómo, con esos padres, ese hombre; ese personaje al que todos consideraron, hasta su último día, mustio y estricto; mas entero y justo como ningún otro? ¿Y cómo fue que aquellos genes no incursionaron en ninguna de las generaciones posteriores? ¿Cómo es posible, pensó Adélaïde, luego de pronunciar aquella palabra, que ella no hubiera recibido nada de esa personalidad que fantaseaba más que los que hacían alarde de románticos utopismos y libertinajes? ¿Cómo es posible que la biología y el albur le hicieran esa macana, de ningunearle ese carácter que creía como nadie en los sueños al punto de llevarlos a cabo?

Esquelitolé debe haber sido el primer carácter septentrional en esta tierra de vegetación barroca. Eso le decía Evangelina, a su sobrina Adélaïde. Acaso ella, – por Evangeline -, sea la única a la que un coletazo de adeninatiminacitosinaguanina remotamente barajada le otorgó trazas de mesurada espontaneidad – que su padre Esquelitolé calificaba de extravagancias y desvergüenza; pero que íntimamente consideraba el mejor producto de aquellos cruces fortuitos de los Trudeau. Eso le confesó a Adélaïde su madre una tarde en que parecía que todo se iba a ir arrastrado por la crecida.

Aunque, quizás no todo fuese un desarreglo de genes, pensó Adélaïde. Después de todo, había crecido con esa atención y ese cariño difusos (es decir, desatención y caridad esporádica) que ejercen aquellos padres que lo permiten todo, creyendo que así inculcan confianza, libertad, creatividad; y que lo que en realidad hacen es delegar su responsabilidad en el ambiente, en los miembros compasivos de la familia y en la buena fortuna de que el crío no se parta la crisma a la primera de cambio. Así pues, había crecido más bien solo, inadvertido, inmerso en un desorden cotidiano del que no podía extraer muchas conclusiones sólidas, a pesar de su esfuerzo temprano por encontrar armonía y coherencia en las cosas, más allá de las leves regularidades circadianas y anuales (pocas, estas últimas, en los trópicos, con sus monotonías de sol y frondosidad).

*****

Sin saberlo siquiera, Esquelitolé realizó el paso de la contemplación a la acción. Del embobamiento pasivo, como definía él la circunstancia de sus padres, del pueblo, a la comprensión pragmática.

Algunos en el caserío temieron que Esquelitolé estuviese introduciendo las artes del axioma y la severidad. Lo segundo era cierto, aunque, como todo, siempre a medias, porque en realidad se trataba más bien de rigurosidad de observación. Lo primero, ni de lejos. La ciencia – no lo que aquellas gentes reunidas por destino o negligencia entendían por tal – no estaba, desgraciadamente, al alcance de Esquelitolé. La ciencia requiere una mezcla imprecisa e inestable de asombro, abstracción y tenacidad; pero también (o, sobre todo) de una base de conocimiento previo: herencia esquiva, si las hay, allí donde los libros, cuando llegan, mueren de humedad y deslectura; y donde las gentes parecen creer que no hace falta más saber que el saber estar a la altura de aquel lugar.

Pero hay una inteligencia primitiva e infalible en los elementos fundamentales. O eso parece. Con ese material escaso, con ese condicionamiento tan acabado, Esquelitolé hizo lo que muy pocos habrían hecho: creó sus propias referencias, su cosmovisión; le metió mano al entorno (así sintetizó el tío abuelo Ferdinand las aventuras pragmáticas del abuelo).

Principalmente, propugnaba un orden, una sistematización de la existencia – apresurado psicologismo: una reacción evidente a la disipación de sus padres, de sus vecinos -: probaba, a la vez que buscaba, los límites para contener ese desbordamiento de intereses sin fin y sin objeto concreto, es decir, de abstracción vana: en algún momento, conjeturaba, encontraría el punto a partir del cual todo coagularía, se cimentaría. Sin embargo, de lo que uno quiere a lo que uno puede – y lastrado por las restricciones que uno acarrea (que uno termina siendo) y que desconoce -, pues hay un mundo, como suele decirse, y con cierta puntería: parecemos seguir un algoritmo que va conformando un mundo en particular; bastaría cambiar un sí por un no en algún punto intermedio para que el resultado fuese otro distinto. Algo así creía el abuelo Esquelitolé, pensó siempre Adélaïde:

buscaba esa bifurcación para encajar una decisión que no conocía del todo, pero que de algún modo intuía. O su consecuencia.

Abominaba de aquella, como la llamaba él, “existencia contemplativa” de las gentes del pueblo –sin los asombros necesarios para elaborar interrogantes y curiosidades, para ser algo más que vitalidades como la de la vegetación -, estructurada en una desestructuración fundada en la procrastinación y la haraganería; una actitud que bien pronto tuvo en claro que no era digna de repetir: una suerte de sumarse al camalote para flotar la vida.

Quería, en definitiva, una disposición, un concierto cabal que, estimaba, allí había sido desatendido. Pensaba en una suerte de retorno a lo que, en realidad, evidentemente no conocía, pues sólo había tenido trato con las cosas tal como se le presentaban ahora.

Quería modificar esa indudable alteración.

Mas, toda modificación supone infringir un orden, aunque uno no lo vea o no quiera verlo. Como fuere, la disposición con el que soñaba Esquelitolé era una que implicaba los artificios del hombre impuestos a su entorno. Acaso, ese sea el fin del hombre, y no esa suerte de adanevaismo que se acataba en el pueblo – la degradación del hombre, su conversión en otra cosa, en otra especie: su subordinación a la naturaleza más elemental.

Le crecía tan fácil el sustento a esa tierra sin sobresaltos, puro vientre fértil – hasta en esto se confundían los seres con el ambiente: puro sustrato -; que faltaba el requerimiento del esfuerzo: de allí la ausencia de curiosidad, la elusión de la formulación de interrogantes. Eso pensaba Esquelitolé. Y Adélaïde estaba convencida de que la observación de su abuelo había sido la acertada. Claro que Adélaïde no es una voz imparcial – aunque no por ello haya que desestimarla -: su admiración por Esquelitolé lleva las señas de un esfuerzo por crearse una figura ejemplar inalcanzable: tal vez, una manera de justificar la ausencia de su impulso para realizar. De ser así, consuelo aquel de ensalzar la memoria de ese hombre que apenas conoció.

*****

Esquelitolé no recordaba haber leído en el tomo V (el único que había, de hecho) de una enciclopedia que a saber cómo llegó, no ya a sus manos, sino al poblado; que en algún lugar había una ciudad surcada por canales – o un delta infestado de civilidad cementada.

Lo leyó. Y lo olvidó.

O eso creyó. O quiso creer. Que uno por no recordar lo que sabe o lo que vio u oyó, cree haber perdido las partes fundamentales del tal conocimiento particular. Pero nada se pierde. Que el cerebro no transpira ni tiene contactos con el exterior – y cuando los tiene, es para fatalidades. Así pues, ahí andaban esos canales – una ilustración en blanco y negro, lacónica, del gran canal. Esperándolo. Hay cosas que quedan registradas más allá de la memoria: donde ciertas pulsiones vestigiales, que se creían domesticadas, van a esperar su oportunidad, a urdir su disfraz. En una de esas encrucijadas que tanto buscaba, pero que no iba a encontrar, sino que iba a caer en ella sin darse cuenta, e iba a elegir sin saber bien qué elegía. Sí, sabía que escogía una acción, pero no su propósito; muchos menos, sus consecuencias. Quién, por otra parte, pudiera conocerlas cabalmente.

Quizás, sólo guardó para sí aquello que haría surgir como propio más adelante.

Como fuere, mientras eso que estaba pero que no se mostraba por no tener aún entidad que andar exhibiendo, Esquelitolé sistematizó el cultivo de esas frutas que a Dios no se le habían ocurrido, sino que empezaron a aparecer de la nada luego de que Adán y Eva se conocieran como es debido, entrándose el uno al otro, primero con cierto desesperado temor, y finalmente, con el gozo y la benévola malicia de la comprensión de las partes y sus temblores y derrames. Esas cosas me contaba el abuelo, refería Adélaïde. Como si fuese una mujer mayor. Qué digo una mujer mayor. Como si fuese varón y coetáneo. Frutas que allí crecen solas, sin demandar esfuerzos ni agriculturas, pero a la bartola, unas por allí, otras por allá, atrincherándose en la selvatiquez de la flora.
E indicaba, atribulado, ese cambalache de verdes impenetrables y anárquicos. Aquí, decía, la naturaleza se ha abandonado. Ha descuidado las simetrías, la coherencia. A saber quién se ha contagiado de quién: si las gentes de la vegetación, o viceversa.

Esquelitolé deforestó parcelas. Las limpió de malezas y salvajismos vegetales. Obligó a las plantas provechosas un orden como de ejército, de fábrica. Amansó el agua del río turbio aprovechando el sosiego de un meandro, obligándola a seguir un entramado de pequeños conductos labrados en la tierra rojiza para regar la plantación.

Quizás fue esta última hazaña – entre tantas otras: registró el movimiento de los astros para medir el tiempo, siempre tan igual en esas latitud mediana; le extrajo utilidades medicinales a muchas de las abundantes plantas; creó una amplia variedad de ingenios (desde ventiladores accionados por flujo de agua, una fuente a la que el agua del río llegaba luego de atravesar una serie de filtros y bateas de decantación que la limpiaban y aclaraban de impurezas y sedimentos; hasta herramientas para la agricultura y para realizar mediciones y pronósticos). Decía que fue acaso esta empresa la que hizo que terminara de juntar los elementos de esa memoria durmiente. De ese paisaje remoto.

Eso,

y que casi todas sus invenciones giraban en torno al agua, a su aprovechamiento: que en realidad, era un afán inconsciente de domesticación, de preparación, pensó con posterioridad Adélaïde, aunque creyendo que sólo recordaba algo que había conjeturado mientras, aún niña, veía a su abuelo hacer.

Dijo aguamanil, Adélaïde,

como si volviera de otra época con los residuos de una solicitud o una indicación. Decía esa palabra de tanto en tanto, como una contraseña para regresar al instante.

Aguamanil,

como si esa palabra tuviese el poder de rescatar o invocar el recuerdo de Esquelitolé. A saber qué conexiones particulares habrá establecido Adélaïde entre ese término y el abuelo – que, por otra parte, que ella supiese, jamás había utilizado tal utensilio, ni uno similar, para sus aseos palmares. Dijo aguamanil, otra vez. Y luego dijo enciclopedia y Venecia. Lo dijo sin saber que fue aquél objeto, tan cotidiano, y aquella ciudad tan nombrada, los que le dieron (o instalaron) la idea a Esquelitolé sin que él lo supiera: el agua domesticada en ese territorio pulcro, preciso… El aguamanil de sus padres. El único elemento que los vinculaba con un elemental concierto, con cierta practicidad.

*****

A saber cómo convenció a aquellas gentes. Dice Adélaïde.

Y mira el resto de la empresa: una cruel hondonada vacía que durante la época de lluvias se llena de un agua rojiza que es una desmemoria más fuerte que el esfuerzo de olvidar al que uno podría abocarse.

No pudo haberles prometido una estética. Ni un beneficio cierto. Qué habrá dicho. Y cómo.

Para abocarlos a esa obra descomunal.

Lo recuerdo como algo que se inició de la noche a la mañana. La mayoría del pueblo inverosímilmente trabajando a destajo, en las tierras cercanas al río, a unos quinientos metros o así del poblado. Las mismas tierras que había comenzado a educar unos años antes. El abuelo midiendo inclinaciones y áreas y trayectos. Su voz por sobre el trajín de rústicas herramientas y tierra ora fácil, renegrida, ora difícil, azafranada, arcillosa.

Trazaba el plano que alcanzaba a recordar (no he podido encontrar la enciclopedia; ni la recuerdo haberla visto en mi infancia) de los canales venecianos. Cavaban entre dos metros y medio, y tres metros de profundidad. Lo suficiente, calculaba el abuelo, para que nadie pudiera cruzarlos andando, que todo tránsito precisara de la intervención de embarcaciones ligeras, de puentes breves (que salvaran los entre diez y veinte metros de ancho de los canales).

Estuvieron meses así. Desconocido el poblado.

Aunque los recuerdos como años… Pero tuvo que haber sido un período de unos cuatro meses. Cinco como mucho. Una tardecita, el abuelo convocó a todos ante aquella suerte de sucio laberinto de trincheras, y mandó a un par de hombres a romper el dique que separaba al río del canal principal, y a hacer lo propio en el otro extremo. El agua comenzó a fluir y a llenar ese entramado, delimitando así más claramente una serie de parcelas en medio. Venecia, gritó el abuelo Esquelitolé. O gritó: Les doy Venecia. O quizás: Os traje Venecia. Algo así. Como sea, el pueblo se emocionó. Aunque no entendía qué quería decir aquello de Venecia, ni para qué servía aquella obra. Seguramente no los emocionaba la ingeniería hídrica ejecutada ni la referencia a la ciudad italiana, sino el hecho de haber realizado una labor, haberla concluido y ver sus resultados materiales. Tan manifiestos.

Pero, qué puede saber una, si aquellas memorias pertenecen a una niña que probablemente no asignaba motivos ni realizaba exégesis. Pero recuerdo la alegría. Hubo fiesta aquella noche. Nueve meses después hubo un pico de nacimientos. O eso dijeron. Siempre parecía haber cumbres natalicias. Y sigue pareciéndolo. Como si hubiera que batir una marca.

Esquelitolé había proyectado casas de arquitectura que, estimaba, se parecía a la que había visto tanto tiempo atrás. Planeaba esperar un par de días, de semanas a lo sumo, para comenzar con aquella parte del proyecto. Pero no le dio tiempo. La temporada de lluvias trajo consigo la consabida crecida del río y sus aguas se desentendieron de aquel orden artificial de canales endebles, y en una noche barrieron con todo.

A la mañana siguiente, aquello parecía una laguna insalubre. A los pocos días, lo era.

Si crédito era lo que habían tenido los emprendimientos esquelitoletianos hasta entonces, ninguno le quedó después de ese fracaso rotundo. A partir de entonces, el abuelo envejeció rápidamente, como si estuviese apurado por morirse. Decía, según el tío Alphonse, que el pasado le quedaba como estrecho, Que el futuro le sobraba por todos lados. Y que el presente no le alcanzaba a durar ni media mañana.

Una tarde, poco antes de fallecer, me dijo que lo único que había pretendido era convertir en pasado toda esa idiosincrasia ociosa, quieta, del poblado:

confundirla con mistificaciones y falsificaciones, diluirla. Quién hubiese creído en un pueblo así ante una obra como aquella.

Entonces ya no era una niña, y supe que el abuelo se había dedicado a buscar consuelos, excusas, justificaciones ex profeso. Creo que le dije que lo comprendía. O esas cosas que se dicen cuando uno no tiene sinceridad para ofrecer. Pero ahora, que creo que algo de eso hubo. Eso y capricho. Y necesidad de obrar, como si sólo así pudiese constatar su individualidad. Estoy convencida de ello. O me quiero convencer. Que es lo mismo, calculo.

*****

Aguamanil…

Lo único que me distingue del resto es mi nombre y ese abuelo que dejó esa gran depresión en el terreno.

El único muerto del que se habla en el pueblo.

El único del que hay algo que decir (aunque al principio fuese denigrante, y ahora, levemente socarrón).

 

© Marcelo Wio

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