Vereda de pueblo

 

 

La vieja Ernestina espanta las intromisiones de viento con su bastón de caña para poder escuchar mejor los chismeríos que recorren la acera como supervivientes de las horas habitadas por todas las posibilidades que no fueron suyas. Y, muy probablemente, de nadie.

Escucha la voz cascada de Amparo, la de la verdulería, que cuenta, en ese tono confidencial tan circunspecto que adquiere la exageración (y, las más de las veces, en su caso, el descarado añadido apócrifo): “… se entreveró el sábado con el viajante de comercio; me comentaron que durante toda la kermese se estuvieron lanzando miradas que eran invitaciones descaradas para la trampa; sí querida, así como la ves, una cosita de nada, tan mosquita muerta, se lo fue llevando al huerto al Osvaldo ese, que, según dicen las malas lenguas, allí adonde va planta su bandera, como quien dice…”. Ernestina desvía su atención, a esta altura un revolcón no la sorprende ni la espanta, sino que activa recuerdos en los que su cuerpo no era ese ataúd del deseo…

“Mirá, Pascual (el que habla es Mauricio, el dueño del almacén de ramos generales), si uno no arriesga un poco, no sale adelante; son sólo cinco mil pesos, que el día de mañana, sin darte cuenta, y en el peor de los caso, se te duplican; pero si los dejás reforzando el colchón, se te van a devaluar y cuando te acuerdes de ellos no te van a servir ni para papel picado; haceme caso, es una apuesta segura, el cuidador de los Arístegui me dijo que el caballo es uno de esos que se dan cada cincuenta o cien años, y a eso sumale el hecho de que el tema está amañado…”. Las intrascendencias de los que están destinados a creerse los soplos del destino siempre favorable la hartaban más que los entreveros de un sábado a la noche.

Oye, pues exageraciones, difamaciones, traiciones, alegrías fastuosas y de las otras, de las sinceras (siempre tan modestas, tan livianas y fugaces – tanto que, suele suceder que se esfuman antes de terminar de contarlas); tristezas, bajezas, noblezas (que nunca saben que están siendo referidas); planes de todo tipo, amoríos y desplantes. De tanto oír, lo ha escuchado todo. Varias veces. Pero no hay otra cosa para entretenerse.

 

© Marcelo Wio

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