Sobre una entrevista con Pessoa

 

Abel Gracián, el editor del diario en el que trabajaba en aquel entonces, sólo me dijo que era un escritor desconocido, que sólo había publicado un libro y que trabajaba en una oficina en la parte baja de Lisboa – la Baixa. Entonces, ¿a qué tanto interés? Pues que alguien le había comentado que era un tipo interesante – se me ocurrió que algún amigo en común le había pedido el favor. Y pensó que ya era hora de descubrirle alguien a España. Siempre detrás, nosotros – y no estuve seguro si se refería exclusivamente al diario -, dijo Gracián, y depositó un billete de tren sobre el escritorio, y un papel con la dirección de la oficina y el nombre del hombre en cuestión: Fernando Pessoa. Te vas, y a ver qué le sacas. Como si fuese a exprimir una fruta novedosa o a rogar un crédito. Que era, por lo demás, un poco como se hacía todo en el periódico. En realidad, en Madrid. Y, probablemente, en cualquier parte: esquilmar o implorar o exigir.

*

Pasé por su oficina dos días después; por la tarde. Era el único punto de referencia que Gracián me había facilitado. Un hombre que estaba sentado ante un escritorio desmesurado cerca de la puerta de entrada al que le pregunté, me lo señaló con desgana, mientras lo llamaba por su apellido. Allí estaba el tal Pessoa. Ensimismado sobre unos libros inmensos: contabilidades tediosas. A saber qué intereses podía contar aquel hombre pequeño, con unos bigotes finos que parecían un estudiado y prolijo olvido de vello para tapar la boca diminuta, como para poder decir con impunidad. El rostro, casi sin expresión, parecía estar preparando un gesto que no surgía nunca – no hubiese sabido cómo componer el entramado de contracciones y dilataciones musculares. La nariz, que había quedado en una indecisión entre la rectitud y lo aguileño, sostenía unas gafas de montura gruesa. El poeta – así me había dicho Gracián que debía referirme a él en el artículo – alzó la vista con indiferencia: dos puntitos negros, como engaños. Se acercó con lentitud. Me saludó con timidez y me preguntó si era el periodista de Madrid. Efectivamente. Me pidió que por favor lo esperara en La Brasileña – me dio las señas con una voz muy bajita, como a la altura de las rodillas, esquivando patadas y escobazos.

Mientras lo esperaba, pensé que era una lástima no haber podido leer el libro que había publicado, como para poder tener una hebra por donde comenzar. Pero, por no tener ni ese asidero, no tenía siquiera el título – luego, ya en Madrid, lo conocería: Mensagem. Pero entonces, realmente, no me molesté mucho por saber nada: iba a lo que iba, a ver si le ganaba una mano al destino para un diario que siempre perdía: conjeturando que era otra de las ideas ridículas de Gracián; otro de esos personajes inverosímiles, ditirámbicos e intrascendentes con los que una y otra vez terminaba por dar.

Desde lejos, el Tajo traía un aroma mezcla de mar y agua dulce: más acuoso que el agua, más pesado que el aire. Miré el reloj y, de reojo, los dos pocillos de café y las cinco colillas en el cenicero. No viene, concluí, justo cuando aparecía su figurita caminando lentamente, abrazado a unos papeles – y a mí se me figuró que se asía a sí mismo, como protegiéndose de la exterioridad. Llevaba una gabardina larga y gastada – toda la mañana había amenazado con llover, pero el cielo insistía con un azul de lo más contradictorio con las expectativas de las nubes que andaban confabulando climas, ahí nomás, sobre el Atlántico -, una pajarita y unos pantalones tan cortos que dejaban sus tobillos delgados a la vista. Apenas me divisó, se acercó sin variar el paso. Se sentó frente a mí y me saludó con rapidez y brevedad, como si tuviera prisa: por irse, por estar consigo mismo. Miró hacia los costados y me dijo que mejor fuésemos al Martinho da Arcada. Un restaurante, aclaró. Fuimos en silencio, como velando a alguien ausente. Andares desacompasados los nuestros. Como las ideas que cada uno iba albergando.

Nos instalamos en una mesa al fondo del local. Pessoa pidió macieira; yo, vinho verde. Había un fuerte olor a comida. Pero no parecía que en la cocina hubiese mucho ajetreo. Era un olor que estaba allí, en el salón, instalado, como cuadros viejos. Un aroma agradable, como de revuelto de conversaciones y vapores de guisos y caldos y dos o tres esperanzas más o menos verosímiles.
Bebí un par de tragos. Saqué un cigarrillo – Pessoa hizo lo propio; con un gesto le había ofrecido uno, pero negó con la cabeza. Le di unas cuantas caladas y pregunté (apurado por ese silencio que era más que la simple ausencia de palabras: una sustancia que crecía: un ánimo aciago y espeso). ¿Qué significa escribir, para usted? Apenas escuché esa estupidez salir por mi boca, comprendí – como si no lo hubiese hecho tantas veces, mucho antes – por qué trabajaba en el periódico que trabajaba. Pero Pessoa decidió hacer de cuenta que la pregunta era una posibilidad, que era tan buena como cualquier otra.

Para mí, dijo, escribir es despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como la droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo – yo pensé que, un poco todos, vivimos, lo sepamos o no, en esas condiciones de injuria. Hay venenos necesarios – prosiguió Pessoa -, y los hay sutilísimos, compuestos de ingredientes del alma; hierbas recogidas en los rincones de las ruinas de los sueños, amapolas negras halladas junto a las sepulturas de los propósitos…

No sabía si me contestaba o me ofrecía una coartada digna para mi estupidez. Cualquiera me valía. A fin de cuenta, los compuestos de mi veneno son más mundanos. Pero me quité esas ideas de la cabeza y volví a preguntar, ahuyentando algo que iba naciendo dentro de mí. Pero entonces, escribir es un poco perderse… (o suicidarse, o postergar el suicidio hasta que sea imposible alargar la farsa, pensé).

Sí. Pero todos se pierden, porque todo es pérdida… Mi instinto de perfección debería impedirme incluso empezar…

No nos mirábamos. Las miradas habían encontrado, cada una, un punto de fuga, o el centro de una urdimbre, o la distancia prudente de las columnas de humo de los cigarrillos: yo me interrogaba a mí mismo. Él respondía para sí.

¿Y por qué empieza? – con lo fácil que es no hacerlo y hacer de cuenta que uno está comenzando todo el tiempo…

Porque no tengo fuerzas para pensar.

Entonces… Pero no seguí. Fumé. Pedí otra copa de vino. Pessoa, otra de macieira.

¿Sabe?, me dijo. Me pareció siempre que la virtud estaba en obtener lo que no era posible alcanzar; en vivir donde no se está, en estar más vivo después de muerto que mientras se vive, en conseguir, en fin, algo difícil, absurdo, en vencer, como obstáculo, la propia realidad del mundo…

¿Por qué me decía aquello aquel hombrecito? A cuento de qué me venía a ofrecer esas trincheras tristes, esos productos tan de segunda mano. ¿Cómo podía saber que eso era lo único que podía permitirme? Que esos eran los únicos comienzos que podía permitirme. ¿Quién es este hombre?, me pregunté. Y sospeché que Gracián me había enviado a una trampa descabellada. Tenía que decir algo, reconducir aquello – lo que fuera que fuese ese campo de palabras o ánimos -; lejos de mí. Una entrevista, me decía. Sólo es eso; una entrevista extravagante.

Usted casi propone salirse de sí. Una suerte de viaje perpetuo – y algo ajeno. Una viaje que acontece por dentro… O hacia adentro. Una encerrona – me sentía mareado; pero no por el vino. Confundido. Traicionado (¿Por Gracián? No. ¿Por quién, entonces?).

Me miró con lástima. Creo.

Una encerrona o una vida… – susurré.

Mire, desde niño he tenido la tendencia a crear alrededor un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca han existido. No sé, bien entendido, si realmente no han existido o si soy yo el que no existe. Desde que me conozco como aquel que defino “yo”, recuerdo haber dibujado mentalmente movimientos, carácter e historia; varias figuras irreales que eran para mí tan visibles y mías como las cosas de lo que llamamos, tal vez abusivamente, la vida real. Esa tendencia me acompañado siempre.

Decidí no interpretar las palabras. Apuntarlas sin más. Como si fuesen para otro. Entrevistar. Terminar rápido. Preguntas breves. Evidentes. Sin profundidad. Sin puertas traseras. Salir de este mareo centrípeto… “Vivir donde no se está…”. Rodeado de inexistencias… creadas por uno mismo. ¿Recuerda su primer amigo ficticio, imaginario?

Recuerdo al que me parece que fue mi primer heterónimo o, mejor, mi primer conocido inexistente: un cierto Chevalier de Pas, de cuando tenía seis años, a través del cual yo me escribía cartas suyas a mí mismo, y cuya figura, no del todo vaga, todavía hiere la parte de mi afecto que confirma con la nostalgia.

Eso, eso. Limitarnos al territorio de sus emociones. Las suyas. Intransferibles. Sólo tienen que ver con él. Sin trasvase. Entrevistar: Esta tendencia a crear otro mundo, u otra realidad, si prefiere, a su alrededor, ¿lo ha abandonado alguna vez?

No ha abandonado nunca mi imaginación. He tenido varias fases, entre las cuales ésta, ya en la edad madura. Me venía un dicho ingenioso, absolutamente ajeno, por un motivo u otro, a lo que yo soy o a lo que yo supongo que soy. Lo decía inmediatamente, espontáneamente, como si fuese de un amigo mío, del que inventaba el nombre, del que montaba una historia.

Empecé a sudar. A sentir un frío intenso. Húmedo, pero sin humedecimiento. Empecé a buscar con la mirada una referencia ajena a nosotros. ¿Quién era este hombre? ¿Era real? ¿Qué era todo aquello? Entrevista. Cálmate. Entrevista. ¿A qué causas, más allá de una simple tendencia, de una debilidad, si se quiere, atribuye usted el origen de los heterónimos, como usted los define?

Al trazo profundo de histeria que hay en mí – y a mí, un frío blanco y caliente me estiró la piel de la cara, la cabeza, las extremidades, el pecho. No sé si soy simplemente histérico – continuaba diciendo Pessoa como si se hubiese alejado por un pasillo que pavorosamente velara por la llegada de sus palabras – o si soy, más propiamente, un histérico-neurasténico. Soy propenso a esa segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria propiamente dicha no registra entre sus síntomas. Como quiera que sea, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación. Estos fenómenos, afortunadamente para mí y para los demás, se han mentalizado en mí.

Me está diagnosticando. Esto no es una entrevista. Es un método. Encendí un cigarrillo y pregunté, empujado por una inercia, una deseperación: ¿Qué quiere decir?

Que no se manifiestan en la vida práctica, exterior y de contacto con los demás; explotan hacia el interior y yo sólo los vivo sólo, conmigo mismo.

Me resultó alentador. Como el hecho de darme cuenta de que estábamos en la calle (¿Cuándo? ¿Cómo?). Caminando. De que una ráfaga de viento, entre nosotros. Que el cielo estaba cubierto de unas nubes duras y oscuras. Que se intuían, más que escuchaban, unos truenos en el aire que de pronto viajaba como a sopapos, para volver a domesticarse.

Es un escritor. Un escritor. Ignoto. Un oficinista que escribe versos; que compone párrafos. Aléjate de los humores y los ánimos. Entrevista: ¿Se manifiestan, sus heterónimos, en su trabajo literario?

Sí, claro – y pensé que iba a decir, “de qué otra manera espera que se manifiesten; en arrebatos, en delirios” -. Mire, hacia… 1912, salvo errores, me vino la idea de escribir alguna poesía de índole pagana. Esbocé algo en versos irregulares, y lo dejé. Se había esbozado en mí, sin embargo, en una mal tejida penumbra, un vago retrato de la persona que estaba escribiendo aquellos versos. Había nacido, sino que yo lo supiese, Ricardo Reis. Un año y medio después, un día se me ocurrió gastarle una broma a [Mario] Sá-Carneiro [con quien fundó la revista literaria Orpheu, de la que sólo se editaron dos números en 1915]; inventar un poeta bucólico, bastante sofisticado, y presentárselo, no me acuerdo ya de qué modo, como si fuese real – el aire fresco y esas palabras amarradas a una realidad de creación, de fabulaciones literarias, de juegos intelectuales, me fueron tranquilizando grandemente. Pasé algunos días elaborando al poeta – proseguía, en tanto, Pessoa – sin que nada me viniese a la mente. Al final, un día en que había desistido, me acerqué a una cómoda alta y tras tomar una hoja de papel, comencé a escribir, de pie, como escribo cada vez que puedo. Y escribí treinta y tantas poesías, seguidas, en una especie de éxtasis del que conseguí definir su naturaleza. Fue el día triunfal de mi vida. Y lo que significó fue la aparición en mí de alguien a quien inmediatamente di el nombre de Alberto Caeiro. Perdóneme lo absurdo de la frase: en mí había aparecido el Maestro. Fue esta mi inmediata sensación. Me puse inmediatamente a buscarle, instintiva y subconscientemente, unos discípulos. Extraje de su falso paganismo al Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre y se lo adopté, porque entonces ya lo veía. Y, de repente, y por derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me vino a gala impetuosamente un nuevo individuo. De sopetón, y en la máquina de escribir, sin interrupciones ni correcciones, surgió Oda Triunfal, de Álvaro de Campos.

Ya estaba sereno. Unas gotas hiperbólicas habían empezado a caer. El olor de las hojas de los plátanos, realzado por la llovizna. Fumábamos. Caminábamos con parsimonia de gato o de viejo. Era un poeta. Uno más de esos seres extraños que se inventa la humanidad para inquietarse con fines de exégesis y trascendencia. Pero había que cumplir el trabajo – y mantenerlo dentro de lo literario -: ¿Cómo hace para escribir en nombre de esos tres que no son usted e, inevitablemente, lo son, o que al menos dependen de usted?

Caeiro por miedo e inesperada inspiración, sin saber ni prever que me pondré a escribir. Ricardo Reis, tras una abstracta deliberación que inmediatamente se concreta en una oda. Campos, cuando siento un imprevisto impulso de escribir, aunque no sé qué. Mi semiheterónimo Bernardo Soares aparece siempre cuando estoy cansado y soñoliento, cuando mis cualidades de raciocinio y de inhibición están un poquito debilitadas, esa prosa es un devaneo constante.

¿Por qué Soares es un semihterónimo?

Porque, aun no siendo su personalidad como la mía, no diferente de la mía, sino una simple mutilación. Soy yo sin el raciocinio y la afectividad.

¿Y la prosa?

Excepto la finura que el raciocinio otorga a mi prosa, es igual a ésta, y el portugués es perfectamente igual; mientras Caeiro escribía mal el portugués, Campos lo hace razonablemente pero con lapsus. Reis, mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado. Lo difícil para mí es escribir la prosa de Reis o la de Campos. La simulación es más fácil.
Las gotas, ya más razonables, se fueron agregando en un cuerpo de agua tupido y pesado. Corrimos hasta cobijarnos bajo el toldo de una tienda. Casi pegados. A saber cuánto estuvimos ahí debajo, como dos damnificados casuales, fumando sin dirigirnos la palabra. En un hueco entre copiosidades, nos despedimos. Se alejó como si su realidad se reuniera con la de sus invenciones, y como si todas ellas, se metieran en un baúl.

*

De regreso a Madrid, Gracián me preguntó por la entrevista.

Olvídate de descubrimientos literarios. A lo sumo, la semblanza de un personaje excéntrico. Poco más. Y Gracián, a mí no me encargues más cosas de estas. A partir de ahora, a mí, deportes o sucesos.

Porque tú lo digas.

Yo y mis heterónimos, pensé.

 

 

N.del A. Fuente de las palabras de Pessoa: El libro del desasosiego; Un baúl lleno de gente, Antonio Tabucchi.

© Marcelo Wio

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