Rejunte de inmortalidades

A todo el mundo le gusta saber algo que la mayoria no sabe. Tan sólo por esa sensación de ser de los pocos en saberlo; esa persepción de equívoco poder y privilegio – porque, en definitiva, en esas circunstancias, ese saber evidentemente no es compartible -. Augusto y Ludovico sabían eso sin haberlo pensado, como se saben muchas cosas a cierta altura de la vida en que se anda menos comprometido con la estupidez que obra como cuajo de lo social – cuando se vuelve a esa honestidad de niñez-. De la misma manera, supieron que en la casita de Valientes a la Fuerza al 1237 residía uno de tales secretos. Sólo quien observara detenida y largamente aquella casa, podría intuirlo.

Augusto y Ludovico se pasan las horas sentados en la vereda, afuera del almacén del segundo– en la esquina de las calles Combatientes sin Coraje y Valientes a la Fuerza -. Juegan al dominó, elaboran las cábalas más diversas, teorías que se deshacen apenas chocan contra el aire cálido; formulan mundos que deberían haber sido, y apuestan centavos a destinos inmediatos: si el próximo coche que pase será rojo; si la mujer que viene caminando se acomodará el pelo con la mano izquierda, a la altura del semáforo (que hace tres años y diecisiete días que no funciona; y ni falta que hace con el tráfico flaco que se aventura por allí); si el padre le dirá no al chico frente al puesto de golosinas de la vereda de enfrente y si el niño montará la de dios es padre. Aunque sobre esto, para ser sinceros, han dejado de apostar hace tiempo: Oliverio, el del puesto de golosinas, sabe leer los instantes que lo involucran, y conoce con antelación cómo se van a desarrollar los eventos, de esta manera, sabe si moverse o no moverse del banquito en el que se sienta a tomar café frío y a charlar mediante gestos breves, casi mezquinos, con Augusto y Ludovico.

Augusto, Ludovico y Oliverio cumplían los requisitos de perserveracia observadora, entendimiento y experiencia para conjeturar la existencia de un secreto en esa casa. Entradas y salidas casi fugitivas, apresuradas y esporádicas. No transcurrieron muchos días hasta que, sin decirse nada, se señalaron gestual y significativamente aquellas idas y venidas en la casa de doña Ernesta, que nunca se había casado, ni tenía hermanos o hermanas que pudieran proporcionarle ese caudal de sobrinos visitadores siempre de dos en dos, hombre y mujer. Así que la vieja Ernesta regenta ahora un refugio para el adulterio, dijo Augusto, mientras le codificadaba el mismo mensaje en un gesto escueto para Oliverio. Ludovico y Oliverio asintieron casi al mismo tiempo, revoleando la mirada empilchada de picardía hacía la casita de Ernesta.

A saber por qué lo hace. Porque la vieja no necesita dinero. Para qué va a necesitarlo a esta altura, si nunca lo precisó antes, comentó Olvierio trazando unos gestos en el aire, uno de los días siguientes al descubrimiento de la existencia de un secreto y de su carácter concupiscente.

A saber, respondió Ludovico, alzando la voz, prescindiendo de los gestos, pues le dolía una muela y no quería movilizar mucho la fisonomía. Y no había terminado de decir esas palabras, cuando los tres comprendieron, casi a la vez, que no habia beneficio en aquello para Ernesta (llega un momento en la vida en que el dinero no sirve para nada; al contrario, viene a decir todo lo que se podría haber hecho con él cuando la vigorosidad estaba más o menos intacta), a lo sumo, un morigerante del aburrimiento o, más bien, de la mismidad de los días, todos ellos hijos de la misma placenta. Y, sin saberlo, en cada uno de los tres fue inscribiéndose una idea idéntica, movida por el mismo principio que acertadamente le habían adivinado a Ernestina (aunque en ella – no lo sabían ellos, ni lo sabrían, pues todo secreto tiene sus recovecos – tenía otro motivo más: una tardía necesidad de complicidad libinosa): el tedio; perseguir un medio de distracción, de novedad.

Los días pasaron. Que es como decir que el día extenso que es la vida de cada uno, siguió transcurriendo un poco más, como estirándose – hasta que termine por rasgarse del todo y romperse -. Transcurrió el tiempo, pues, y la idea era una molécula individual, no participativa. Un ronroneo, apenas, que no afectaba a la rutina diaria; es decir, no se hacía evidente a cada uno de los portadores, que discurrían sobre sí mismos como si por dentro también todo nada.

Supieron que algo significativo había cambiado cuando una tardecita Oliverio cerró la persiana metálica de su reducido local y, banquito en mano, cruzó la calle y se sentó junto a Augusto y Ludovico. Y lo supieron porque, ni bien hubo colocado su banquito en la vereda, la idea comenzó a rezumar los corpúsculos conteniendo su significado levemente malicioso.

Malicioso, porque el método para su reformulación de lo rutinario implicaba el chantaje. Un chantaje que, por otra parte, en caso de falta de pago, jamás hubiese cumplido sus amenazas de pregonería de la infracción – en el caso de Ludovico, acaso no tanto por la acción de un emoliente moral, sino por la pereza que implicaría la observación de las escenas que desataría la llegada de tal delación (que sería el único motivo por el cual llevaría a cabo la amenaza de ventilación de enjuagues extramaritales) -.

La idea era sencilla. Los chantajeados deberían realizar acciones puntuales como condición para el silencio del, como se denominarían en cada anómimo, Rejunte de Inmortalidades. El nombre se le ocurrió a Oliverio, que en alguna oportunidad había comentado: Parecemos dioses ociosos en un olimpo venido a menos – y si la memoria no falla, el motor flatulento de un viejo Kaiser Carabela, acentuó la frase final con una sonora combustión -.

Así, al primero de los infieles (la mujer con la que iba – que tenía una cara tristona – era su secretaria, y era soltera) que dispusieron en su tablero, lo hicieron comenzar a vestir como un petimetre inglés cada vez que concurriera a la casa de doña Ernesta (y ojo con dejar de ir, que presto el anónimo llegaba a manos de su mujer; con fotos incluídas – que, por su puesto, no existían -). Es decir, el asunto no pasaba de ser considerado una gamberrada tardía que lo hacía parecer un imbécil los días en que se disponía al engaño semanal.

Pero lo sencillo termina por aburrir. Sobre todo cuando ver al pobre infeliz vestido de anacrónico muñequito inglés, termina por convertirse en parte del paisaje, de la presencia de ciertas horas. Así pues, con los siguientes (una abogada de muy buen ver y un contable buen mozo; ambos casados y, por ende, susceptibles de ser chantajeados), la apuesta subió. La mujer debía seducir a Florencio, el verdulero de la otra calle – un tipo del que, lo mejor que podía decirse, era que no tenía encanto -. El hombre, por su parte, debía hacer una generosa donación al Club Sociedad de Fomento para construir una nueva tribuan para la cancha de fútbol. Esta parte, más allá del evidente bien social, no tuvo ningún encanto para los miembros de ese rejunte. Lo de la mujer, en cambio, sirvió para entretenerlos varios días: para su sorpresa, o bien Florencio no entendía, o se negaba a ser seducido por una mujer que no pertenecía a su destino y que , por tanto, debía obedecer a la mediación de fuerzas que en ningún podían esmerarse. Está siendo fiel a su circunstancia, pronosticó Ludovico. Finalmente, la cosa no iba ni para adelante ni para atrás, y ya estaban aburridos de esa escena mediocre, cada vez más patética, por lo que le enviaron un anónimo a la mujer diciéndole que ya estaba bien, que ella y el contable siguieran legislando y contabilizando entreveros en paz.

Hay ciertas cosas que se postulan a modo de chanza, pero que en el fondo tienen pretensiones de ser, o de construir, una mínima verdad. Y ello pudo observarse en lo que progresivamente iban exigiéndoles a los furtivos amantes. Ya no era una cuestión de observar un ridículo, de realizar una buena acción a través de sus billeteras; no, poco a poco fue siendo más la ambición de intervenir en el carácter de esos seres, en sus vidas, o en una porción de ellos. Ser causa de consecuencias con ánimo de trascendentalismo. Ser, siguiendo la imagen de Oliverio, dioses menos ociosos, menos triviales.

Nada más fascinante que reescribir el destino de alguien. Convertirlo en lo que no es, dijo Augusto una tardecita, detrás de un vaso de café frío, tapando las palabras como para, llegado el caso, decir que no eran suyas, que provenían de vaya a saberse dónde.

Sería como matarlos en vida, y resucitarlos otros, nuevos, replicó Oliverio.

Un silencio impronunciado se acomodó entre ellos. Muchas veces, proponer ciertas imágenes, ciertos símiles o metáforas, para expreserse, parecería llevar consigo el indicio de una duda (o, incluso, de una decisión inconsciente) interna que implica la revisión de ciertos fundamentos morales.

Quizás por eso mismo, Ludovico dijo que como tema de conversación estaba muy bien, pero que una cosa lleva a la otra, y que mejor ceñirse a lo razonable; y que incluso, lo razonable también era mirar sin malicias el ir y venir de infieles al pequeño templo de doña Ernesta sin más intervención que la de la contemplación entretenida.

Ciertamente, estuvo de acuerdo Oliverio; pero enseguida agregó: Acaso, conchabarse con la doña para poner alguna cámara de fotos…

Por qué no, convino Augusto. Una pequeña depravación de viejos está bien vista en algunas culturas de las que jamás he oído hablar, pero que, si no existieron, deberían haber existido.

Hablaron así un rato largo, inventándose anécdotas y valentías y cobardías honrosas. Pero aquellas palabras habían quedado nadando en el caldo cerebral, improntas en plena mitosis. La cámara, aún no lo sabían, era un procedimiento que ya habían instalado esas palabras. Y la cámara era un instrumento que, con el tiempo, fundaría otros requisitos para la distracción. Puro determinismo. Pura sensibilidad de los ánimos a las condiciones iniciales, a los pequeños eventos que uno cree controlar, pero que obran su caos ordenado y lógico.

 

© Marcelo Wio

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