Precaución

Pasaba la mirada con aire de nube surcando vida, arrastrada por la costumbre o esas corrientes de ánimo y descuido tan propicias para ese avance tan de ropehielos: lento, inexorable. Discurría por la vereda, la observación, sin intenciones de constatación ni asombro, sólo porque el punto focal estaba sentado del otro lado de la calle, soportando el calor a la sombra de un jacarandá. En eso estaba, la mirada, tan sin dueño ni propósito, como perro buscando dónde echarse. En eso estaba, cuando se cruzó, toda iris de felino o de porcelana china o de algo que estaba destinado a perdurar con brillos verdes y como un insulto al resto de las miradas tan sin lustre, puro mirar y remirar. Aunque le hubiese gustado observarla, seguirla en su paso por la acera, no pudo evitar contraer los pápados con fuerza, encandilada, y temerosa de que se gestara una memoria ascendente, perenne, que imposibilitase el deleite de apreciar a otras. Cuando al cabo de un rato los permitió o la apertura palpebral, la mirada constató que la cotidiana escena permanecía inalterada, sin rastro alguno de esa dolorosa irrupción inconcebible.

© Marcelo Wio

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