La gran novela americana

 

 

Frank McCallan nunca quiso ser escritor – si lo fue, fue por una de esas exigencias accesorias a la existencia (en realidad, como un método rudimentario para domeñar instintos que persisten como tara del diseño genético que nos ha emplazado con tanta persistencia en la vida). De hecho, escribía en los ratos libres que le dejaba la demandante labor en su granja de New Hampshire – en la estadounidense Nueva Inglaterra.

Escribía, pues, obedeciendo a una necesidad, de la misma manera que acataba los ritmos de la tierra. De tal manera, que es difícil hablar de progresiones, de búsqueda de una voz propia, de un tema en McCallan. Se sentaba – según contó en la única entrevista que concedió (Harper’s Magazine, noviembre de 1973) – y simplemente tecleaba en su vieja máquina de escribir algo que evidentemente provenía de él, pero no sabía de dónde exactamente. “Yo mismo era un intermediario de mí”. Si algo hacía conscientemente, ello era buscar la concisión – mera cuestión de conveniencias: McCallan siempre sintió que perdía su tiempo escribiendo algo que nunca reconocía del todo como propio.

Las primeras novelas – según la crítica, metaficciones, anécdotas y experimentaciones literarias tejidas con huidizos hilos y desconcertantes -, que promediaban las mil páginas, pasaron desapercibidas para el público general, en tanto que los intelectuales las acogieron con ese regocijo que a veces produce lo que puede ser interpretado de tantas maneras distintas – y todas ellas acertadas, o verosímiles o lo que quiera llamárseles a esos análisis que terminan por superar tan ampliamente en número de palabras y volúmenes al del trabajo que los motiva – como intérpretes haya .

No fue sino hasta principios de 2000 cuando tanto académicos como público reconocieron que la última novela de McCallan (sin título) era, sin lugar a duda, la “gran novela americana” (esa fastuosidad estadounidense que siempre, en todo, como un adolescente un tanto zonzo, busca al “mejor”, al “número uno”). Por encima de Moby Dick ni más ni menos.

La novela había permanecido oculta a simple vista, junto a su máquina de escribir. La habían confundido con una pila de papel en blanco. Porque para el lego eso era aquel prolijo amontonamiento de folios. Trescientas treinta y siete hojas. Y una única palabra en una de ellas. Una palabra en la que McCallann había logrado encerrar un mundo de significados y metáforas y sobreentendidos y señales y claves. Una historia con infinitas ramificaciones contenidas en esa sucinta y certera unidad lingüística. Años de arduo trabajo: calculando el número exacto de páginas, buscando la palabra precisa que habría de colocar en una página concreta – probando una y otra vez el lugar en la misma donde la palabra habría de adquirir los elementos que le otorgarían su trascendental sentido. Una labor desmesurada. Tanto, que McCallan acabó por suicidarse el 17 de abril de 1983.

Y ahora, a diecisiete años de su descubrimiento, por fin esa obra imprescindible de la literatura universal llega al público hispanoparlante gracias a la editorial Fauno y a la ardua tarea de traducción de Mercedes Zambrano, Carmen Ingrassia, Mario García Bernal y Fernanda Henstridge.

 

© Marcelo Wio

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