Vos vintsiker me fregt, iz als gezunter

Soy una indeterminación absoluta.

-¿Si pienso, existo? ¿O lo inverso es lo correcto? Pero, ¿qué es pensar: pensarse? ¿Pensarse es construirse? ¿Preguntar es pensar?

-Sólo a veces – respondió Reb Hillel.

-¿Cómo?

-Unas veces es una manera de evitar las respuestas propias, que es la esencia del pensar.

-Pero no todas las preguntas se dirigen a uno mismo.

-Claro, pero las que haces ahora necesitan revelaciones propias, inherentes a tus dilemas y a tus condiciones; a tus contradicciones. Además, en el fondo, toda pregunta nos la dirigimos a nosotros mismos, o para contrastar algo propio.

-¿Entonces?

-Ejerce la libertad provisoria que se te adjudicó.

-¿Provisoria?

-La vida es accidental, temporal y eventual, etc. Y es la única trascendencia posible, viable; porque el sentido es individual y su significado es igualmente particular, personal. Por ello, esas preguntas pueden hacerse en silencio: el pensamiento no necesita de voces ni guías, sólo de la audacia para escudriñarse y no desalentarse si no se encuentra lo que uno espera: sólo puede encontrarse a uno mismo. Por ello, pregunta, y cuando te respondas, duda y vuelve a preguntar. Ésa será, probablemente, la respuesta que debes escuchar. Aún así, con el tiempo, ésta puede perder, en parte, su valor. Pregúntate de nuevo, entonces. Somos interrogaciones y respuestas transitorias. Somos un pequeño desafío efímero. No es poco. Pero no es una totalidad; es apenas una experiencia íntima. Hay que asumirlo sin complejos: al final de toda duda, hay otra, y al final, alguien que interroga.

 

Reb Hillel: “No confíes en ti hasta el día de tu muerte”

Transcurro desde el nacimiento a la muerte. O, lo que es lo mismo, de la muerte a la muerte. A todas las muertes.

Tal vez… Tal vez soy el presentimiento del que seré: una antelación desobediente a las normativas del tiempo; una irreverente anticipación enarbolada desde las marismas de lo que aún no es (mezcla incompleta). Intento el molde que ni siquiera reconoceré; que sé, no utilizaré. Me adelanto para disimular mi llegada.

El reflejo de tu reflejo… Ingenua técnica para aumentar las posibilidades de que acontezcas (¿o de que sucedas a través de tu propia convocatoria?). El reflejo de tu reflejo… ¿Es el modo de reconocerte evasivamente, con disuasiones? ¿Es huir del propio reflejo, de la posibilidad de encontrarte? Reflejo. Refracción. Refractario.

Bailo un tango con el reflejo del reflejo de tu figura sospechada en el cuerpo memorizado de Greta Garbo a las 3.17 de la madrugada (con neblina y calles mojadas) de cualquier ciudad aquejada de enfisema existencial. Seguimos los pasos de una pareja invisible que sólo deja el rastro de transpiración evanescente (halo tenue) de sus pies evidentemente descalzos (deducción fácil) sobre el parquet. O tal vez son nuestros propios pasos precediéndonos en otra finitud probable.

Tu pierna izquierda es una estrategia contra la ausencia que me adjudico; marca un firulete con mi derecha: símil de doble hélice de realidades dispuestas en el cambiante encuentro de nuestras epidermis melancólicas.

Bailo con ese reflejo reubicado en una imagen de la memoria. Bailo en un salón infinito, por lo que ni siquiera se puede denominar salón, ya que implicaría una finitud más bien cuadrangular, por convenio normativo del Colegio de Arquitectos y Fabricantes de Escuadras.

Bailo con el reflejo en y sobre vastedad de causas sin consecuencias. Bailo y una voz ubicada en la estratosfera de mi cerebro me cuenta historias de la Bubbe Meises, y el tango entonces tiene algo de klezmer, con Stern al violín y una menorah inmensa que ilumina esa nada aparente en que danzo con el reflejo del reflejo de una figura que desconozco, y que por ello le adjudico ahora otro nombre: María Callas. Nombrar convoca apareamientos lógicos de esa doble hélice; entonces su voz en Nabucco y yo dejo de deslizarme para convertirme en mi propio espectador: observador difuso de mis ordenamientos neuronales, de la red de tráfico de mis pensamientos. Galut de salón. Observador y observado. Mi perspectiva se angosta y aplasta en un abrazo sin brazos a María. Me quedo solo dentro de mí mismo (inconsistente dentro del propio sistema que soy de vez en cuando: con mis axiomas y demostraciones, con raquítica aritmética suficiente para intervenir un ratito en el mundo de Peano y ser tan Natural como el que más; incluso como para charlar con Zermelo y Fraenkel sobre conjuntos de botones y pelusas).

Sonno una indeterminatezza assoluta.

Despelote de gaviotas en una bahía del norte de algún lugar, con montañas al fondo y un verde que se desbarranca hasta el azul grisáceo de un mar que entra dócil en esa trampa de tierra y hombres. Miro, solo (valor absoluto de soledad).

Solo, sin nombre, sin el recuerdo ni el registro o certificado de haber tenido alguna vez uno; de haber siquiera sido. Mi memoria es externa, nunca introspectiva: no me incluye. Yo no soy. Y aún así, esta sentencia es inconsistente cuando la pronuncio: la digo, por ello, soy. O soy una refutación del ser. Aunque uno dice que paradoja y el otro que teorema y… y el Reb Hillel: “Si no ahora, ¿cuándo?”. Eso, ¿cuándo? Como si eso dependiera de uno. Así que el cuándo se me antoja irrelevante. ¿Por qué? Siempre el interrogante…

Pero a esta altura lo único que quiero es cerrar la sesión de incógnitas, de imágenes que me secuestran para arrojarme de vuelta con mis inquisiciones intactas.

Regreso (a veces) a un hotel de Tel Aviv sin atardecer ni compañía; despojado de la identidad inventada en un balcón con vistas al mar (ese despaisaje) y a las incertidumbres que sublimo en el horizonte, culpable único de mi estado de ánimo (o lo que sea que interpreto para nadie esta noche calurosa de Shabbat). Clausuro mis pensamientos con un vaso de algo que puede ser whisky, y la ventaja (oh, fatuo embuste) furtiva de mi mortalidad ejecutable en cualquier momento.

¿Realmente ocurre lo que nos acontece?

Siempre me encuentro donde no estoy. Galut. Escindido. Tardío. Impuntual conmigo mismo; con las citas a las que falto, una y otra vez, puntualmente. Estoy siempre donde debería haber estado antes; donde no debería estar jamás.

-¿Y si soy un experimento del reflejo de su reflejo? ¿Una invención de su aburrimiento? ¿Uno más de sus reflejos efímeros? ¿Y si sólo soy humo de almas y espíritus difuminándose?

-No preguntes, obra – respondió Hillel. Ahora, porque si no, cuándo. Obra por obrar, sin más preguntas, es lo único que debe tenerse en cuenta, el resto es relleno, decorado.

Reflejos fragmentarios se fusionan aleatoriamente: ora el reflejo de tu reflejo, ora tu reflejo de mi reflejo de tu reflejo; o un reflejo súbito, extraviado en un espejo y reinterpretado convenientemente.

De pronto, el reflejo de tu reflejo baila entre con desde hacia durante otros brazos; pura intuición, murmullo de aire desplazado. Sin virtuosismo me segrego de mis propios salvatajes, de la posibilidad del auxilio de felpa del reflejo del reflejo de tus brazos transmigrados en tantos otros que los conjuros de la memoria y el deseo fabrican.

En mis ratos libres, entre danza, contradanza y errancia, confecciono minuciosas listas de atenuantes para cualquier circunstancia que pudiese requerir de un argumento efectivo (sin importar lo más mínimo su veracidad), inapelable, categórico como un cachetazo sonoro en medio de una sala llena de gente en silencio.

Siempre preparado para no asumir responsabilidad alguna, entonces, bailo. Revoloteo entre todos los sucesos que voy siendo y dejando de ser. Mero bufón;, uno más de un elenco de provocadores fatuos que hacen el mismo numerito vez tras vez con la terca convicción de que en cada ocasión lo que acontece es una novedad. Lo que no deja de ser una piadosa y rentable mentira: oportuna deformación de la sustantividad (y de los espejos) para lograr un veredicto favorablemente unánime.

No niego ni afirmo nada, amparado en la Enmienda Epojé: no profano acciones. Soy un resultado del que se desconocen las ecuaciones y los postulados previos. Yo no soy verificable (ríete de la lógica).

Aún así, algunos se aventuran a explicarme, reduciéndolo todo a una falta de chutzpah. Puede ser cierto (no niego ni afirmo; observo, pasivo, suspendido). Aunque, si la tuviese, no sé en qué la invertiría. Probablemente en seguir los reflejos que emites, en obedecerlos (ah, contradicción) bailando, contoneándome; empapado de decoro y deseo.

 

 Je suis une incertitude absolue.

Moscú helado con comunismo y sospechas. La nieve endurecida se resquebraja bajo la presión de las prolongaciones que me unen a la rotación insobornable de la tierra. Moscú en una estación de subte ridículamente recargada, tan sin sentido y repleta de una contradictoria justificación intrínseca. Espero un rostro que conoceré en el mismo instante en que las miradas converjan en el centro óptico mutuo. No hay extrañeza ni ansiedad: es inexorable que suceda lo que ha de acontecer.

Tal vez espero para bailar un tango interpretado por una balalaika por con una rusa que no es rusa porque es Julie Christie (pero quién puede culparme ese desliz étnico). O para agarrar bártulos y escapar de un pogromo con Tevye y Sholem, sin rumbo, pero con la sonrisa optimista de Julie como un candelabro ardiendo ocho días tan sólo con la esencia que el pintalabios ya inexistente dejó en su gesto.

Una diáspora de cuarenta minutos por las calles desiertas de un Moscú actual hasta la tierra prometida de tu departamento en la Ulitsa Lenivka, cerquita de Aleksandrovsky. A la tierra prometida de tu cuerpo, con su muro en el que apoyar mi rostro. Tu cuerpo, reflejo de tu reflejo en el armazón de Julie; yo aun desconociendo tu nombre y el mío y tan despreocupado por estar tan ocupado en deshacer el enjambre de prendas entre tu cuerpo y mi deseo.

Y bailo, ahora, en este piso sin ubicación, con el reflejo del reflejo de mis intenciones dibujadas en una sombra – que bien podría ser la mía – que se mece en una pared ocre. Sombra antropomórfica; un poco Seeling, un poco Charlot.

Bailo. Para otro que soy yo y no soy yo siéndolo, alguien infinitamente ajeno y más íntimo; un ideal irrealizable. Bailo un poco Maurice Bejàrt.

Bailo y bailo. En el Bolshoi. Con Natalia Osipova. El Lago de los cisnes. Para un público cuyos rostros están cubiertos de telarañas y óxidos. Nos percatamos de esa circunstancia pero seguimos flotando, leves, aves, copos de pluma. Tenemos la sensación de que bailando arrancaremos esas aberraciones interpuestas por el tiempo. Baile rejuvenecedor, burlador; reparador de agravios.

Reb Shlomo: Ser es irse construyendo, nunca llegar a ser. Se es, definitivamente, en la muerte. Esa es la definición exacta del absoluto.

Me preocupa mi preocupación. El motivo esquivo de mi preocupación. El desvelo inútil que provoca mi preocupación. La insatisfacción estéril de no saber si es mía mi preocupación o si es una adyacencia de la monotonía de mi subsistir. Soy un fatalista que no espera desenlace, sino el tortuoso transcurrir de una espera que se alimenta de sí misma, de las incógnitas desesperantes que crea y multiplica. Soy esa espera.

Soy, también, un sistema de razonamientos y prejuicios que se entrelazan para que yerre una y otra vez mientras creo acertar con astucia renovada.

She´elot v´Teshuvot:

Una pausa, un silencio, una nada para combinar los gestos que traduzcan sin equívocos posibles una pregunta: ¿qué soy? Que es lo mismo que inquirir qué somos. El plural o el singular no afectan en nada a la incógnita.

-¿Qué soy?

-El ser es una ficción (a veces, incluso, una fricción) consensuada como cualquier otra. Somos una entidad caduca. El resto… Ya te lo dije: relleno, comentario; como gustes. Eres, o somos, si prefieres, una ironía, una broma autorreferencial que no entendemos del todo – lo que no quiere decir que sea ni buena ni mala. Pero, querido amigo, la pregunta pertinente no es ¿qué somos?, sino, ¿qué hay para beber? – respondió Reb Hillel.

Y dicho esto, el sabio se bebió un vino de la Galilea que no compartió conmigo: “Es la última botella y no cobro hasta principio del mes que viene”, se justificó. Le sonreí comprensivamente y salí de aquella casa construida con piedras de Jerusalén. Detrás, unas palabras de Hillel mientras levantaba la copa: ¡L’chaim!

El avión se desprende por fin de la pista del aeropuerto Ben Gurion. ¡L´shana haba´ah v´yerushalayim! ¿Ves?, no me olvido. No puedo por motivos que desconozco pero que, aún así, me atan suavemente a tus eventos. Es el mismo hilo con el que cosieron los destinos de los padres de los padres de mis padres sus paredes añejas, sus alientos perpetuos, sus callejones sedimentados de susurros.

Todo tan ridículo allí abajo. Multiplicaos que no os veo.

¡Multiplicaos!

Y mientras lo hacéis, danzad, malditos, danzad, como un breslov o como Zorba o un derviche, con ritmo de Fox Trot o de la Chançon.

¿Por eso bailo? ¿O lo hago porque remeda avance, aunque lo haga en círculos y ochos y penitencias concéntricas que ya le gustaría a Escher?

Cualquiera que sea el motivo, bailo. Bailo una polca con el reflejo del reflejo de alguien que no llegó a ser y que por eso mismo incorporo con facilidad al molde premeditado de María Grazia Cucinotta. Danzamos con ropas leves, amplias, de un blanco amarillento, pero no sucio. Bailamos en praderas de gramíneas resecas que sólo son escenario, suelo, necesidad de contexto mínimamente resuelta con esos pastos módicos. Ahora el motivo es María Grazia. Y es que, si nos detenemos, ella se esfumará como todas las ilusiones benévolas. El baile la produce, la convoca: mediación entre el deseo y su imagen que justifica que habitemos ese instante simultanea, conjuntamente. Ínfimo momento. La abrazo, aunque arde a 273 grados centígrados. Arde como lo efímero de las promesas de eternidad perpetradas a las tres y tantas de la mañana.

Bailo, o lo que viene a ser un poco lo mismo: orbito alrededor de María Grazia. Trazo, en mi recorrido elipsoidal, proyecciones que, como sublimaciones fútiles y torpes, emito para constatar precariamente mi existir. Solitario. Final. Tal vez finalizado y mero eco-reverberación de lo que ya no es: recuerdo del recuerdo evanescente en una memoria apócrifa (composición fractal de la nada).

Pero voy pegadito a María Grazia. Mezcladitos. Como en un tren, bailandoviajando, juntos juntados hacia un abismo sin testigos, mientras las vías se van deshaciendo detrás nuestro, ocultando su vergüenza; tren sin estaciones intermedias, con un destino sin baile, sin tiempo, sin historia: reflejo sin reflejo que baila ciego en medio de la nada, de su mismísima definición.

Atrás se queda Itzhak Perlman tocando Zigeunerwiesen. Como un eco chiquito. Como la queja que se pierde en la burocracia de los años.

Pero no hay tren. Hay un avión que sobrevuela el Mediterráneo y me lleva a una ciudad que no sé si será la mía, porque no sé si tengo una ciudad o si le pertenezco a alguna. Tal vez sea porque no soy…

איך בין אַן אַבסאָלוט אַנסערטאַנטי

Deambulo por mis dudas con pasmosa seguridad, con cierta irreverencia impúdica, inmune a los cambios en la frecuencia de la onda de mi voz cuando me quedo quieto y ella, la voz, digo, se va detrás de alguna oportunidad de piernas largas como para detener el cosmos.

Entonces, retomo el rastro de bailes precedentes, callados por vaivenes sucesivos, intempestivos y a la intemperie. Bailo un baile ya bailado pero que (oh, Heráclito), ya no es el mismo. El reflejo de tu reflejo tiene otras connotaciones y adherencias que evocan a Paulette Goddard; entonces, claro, la obviedad suprema (y supina): yo Charles medio doppelgänger de uno que fui en Viena en un café con humo y madrugada y Schnitzler huyendo vocacionalmente a las tinieblas y yo con él, por hacer algo a esas horas tan sin tiempo.

Y así, sin darme cuenta, estoy girando en el medio de un vals no sé con quién. Hasta que una voz que conozco me dice: “¿Te gustan el baile, eh?”, y me guiña un ojo (el derecho), y arqueando las cejas Groucho me aprieta con fuerza contra su pecho y giramos como un trompo descontrolado por la convergencia de New Utrech Ave y 13th Ave, mientras Harpo le quita las pulgas al arpa y Chico le hace digito puntura al piano.

Pero siempre termino condenado a un éxodo perpetuo de bailes con el reflejo de tu reflejo que utilizo para no sentir el horror de sumarle el reflejo de mi rostro a las incógnitas que soy y evito: un rostro demanda una respuesta, mientras que un pensamiento se conforma con distracciones y huidas (y con la figura agradable de la azafata que ahora me sirve un gin and tonic).

Los ojos se me cierran en el momento en el que Toulouse Lautrec me pinta bailando con el reflejo de tu reflejo en Liane de Pougy una música que se va deshilvanando – o tal vez me deshago para rearmarme en el sueño: otro transcurrir. Todo meticulosamente calculado por Sophie Germain.

Me despierta el tren de aterrizaje contra la pista de Heathrow, o tal vez un sopapo de una camarera del Moulin Rouge, ya no sé bien a esta altura. Llueve, para que el decorado sea exacto. Las luces caracolean sobre las superficies empapadas: orugas coloridas, boas inofensivas con sus colgantes de aceite.

Por la mañana me encontré en el espejo a un tipo con pinta de haberlo pasado bien la noche anterior. Intentó relatar una conquista sin méritos y mostrarme unos pasos de baile, pero casi se va al carajo. Se recompuso a medias y me dio una tarjeta:

YO

TERGIVERSADOR

(Trabajo en Shabbat)

Lanzó una carcajada que era mía, de las que me usan cuando bebo de más. El tipo se retiró hacia el fondo del espejo, es decir, hacia mi cuarto, por el pasillo que se alargaba detrás de mí.

No me asombré en absoluto. Ya he perdido toda la confianza en la seriedad de los espejos y en la fiabilidad de los sucesos que acontecen en las horas tempranas.

Guardé la tarjeta en la billetera. Uno nunca sabe cuándo necesitará el auxilio de un tergiversador. Eso siempre me lo decía la Bobe. Eso y que siempre saliera con calzoncillos limpios: “Mirá si te da algo en la calle y te tienen que llevar a un hospital y ahí vos, con los calzones sucios. Ni se te ocurra”. Nunca se me ocurrió.

-Eres tú la causa de que sucedas o no – admonitorio, Reb Gamliel el viejo.

-Pero Reb, necesito algo… más concreto…

-Piensa en lo que no eres. A partir de ahí, infiere lo que eres.

-Es que…

-Ten siempre presente el concepto de tikkun olam – agotado el Reb.

-Sí… claro… lo que sucede es que… cómo expresarlo… es un tanto… vago… excesivamente abarcador, general…

-Te daré una aplicación concreta.

-Soy todo oídos.

-Empieza por dejar de preguntarme. Reb Hillel es un hombre piadoso y paciente, pregúntale a él.

Así que fui ver a Hillel. En cuanto me vio, miró hacia arriba con gesto suplicante. No alcancé a preguntar nada. Serio, me amonestó: Si sólo tienes preguntas, tal vez quiere decir que no buscas respuestas.

Intentaba dilucidar el significado de lo que me había dicho cuando me di cuenta de que el Reb ya no estaba allí. Además, yo tampoco habitaba esa circunstancia y ya me encontraba en King´s Cross, con lluvia, frío y empellones de humanidad apurada.

Confabulación de instantes sensaciones palabras silencios dudas: eso, y alguna cosita más, somos. Humanidad en tránsito (en King’s Cross o en la habitación de un hospital)

Me siento ajeno

a mí, por ello tal vez sea absoluto: inaprensible,

disuelto, disgregado pero contenido

en la incomprensible entidad que soy. Atomizado,

bailo con tus partículas; con el reflejo del reflejo de tus partículas formadas en las cuerdas vocales de Teresa Stratas (puede ser Youkali; por ser, puede ser tantas arias, canciones, lieder, tanto aire vibrando…). Lempika le aplica piel al cuerpo que vas siendo. Me emociono cuando comienzo a divisarte, a no reconocerte, por una vez, en nadie más que en vos.

¿Tú también me has profanado? ¿Abriste la tapa sellada de mis emociones y me deconstruiste en porciones menores, fácilmente transferibles? Yo las denomino reflejos. ¿Cómo las llamas, si las llamas? No sé por qué lo hice. Obtuve consuelo – incompetente justificación. Pero siempre eras tú. Siempre. A diez mil kilómetros de altura o entre un insomnio y otro a nivel del mar en una callecita linda de Londres empapada.

Soy consustancial con tu reflejo. Con el reflejo de tu reflejo. Ergo, soy tú. O eres yo: es decir, mi creación, mi recreo; un concepto para omitir la interpelación perseverante del apetito perplejo de mi duda: Yo. La irreversible incertidumbre de ser. ¿Qué carajo hago en King’s Cross?

Reb Chaim: “La pregunta pertinente no es por qué existo, sino, qué significa que exista – para los demás, para mí”.

¿Qué soy? Auténticamente, sin las palabras que he leído, los conceptos oídos, los prejuicios incorporados, las ideas admirados. Sin todo eso, ¿qué soy? ¿Quién soy realmente? Sin la imagen que los demás se forman de mí y me devuelven como un frontón: un reflejo arisco.

¿Soy un falsario? ¿Soy el impulso inicial de una otredad?  ¿Soy ausencia? ¿Soy una no-presencia enfática: un grito, una sombra que baila con el reflejo de un reflejo? ¿Intuición, intención? ¿Seré, eventualmente, un pacto con la impostura?

Si sólo tienes preguntas, tal vez quiere decir que no buscas respuestas – había dicho Reb Hillel, antes de hacer mutis por una rendija de la realidad.

Respuesta tardía (a mí mismo): Preguntar es situarse, Reb, trazar el propio contorno…

Él me hubiese dicho (lo veo como si estuviera sucediendo en este preciso y precioso momento): Correcto. Pero entre pregunta y pregunta debe haber un tiempo, un silencio, el necesario para que la respuesta (si la hay) cuaje, se asiente, deseche posibles (subsecuentes) interrogantes inútiles. Si preguntas sin cesar, sólo recoges aire; nada, en definitiva, que se pueda asir, asimilar: no ocurres, sólo eres apariencia. (Y tal vez me hubiese dicho: No preguntes si temes la respuesta. Y también: No preguntes si tú ya te has formulado una respuesta. Tal vez).

Pero las respuestas (o sus simulacros) sólo me devuelven mi duda incrementada, mi esperanza enjuta.

De todas maneras, aunque me liberarse de todas las interpelaciones (que es liberarse del peso de las réplicas) como de lastres, hay un interrogante que sobreviviría: ¿quién soy? Pregunta-llaga sujetándome a los días y sus miserias, a los silencios y a los ecos, a la prestigiosa cohorte de palabras ingeniosas que mienten consuelos, alivios esporádicos que aumentan la desgracia.

mirar de pronto lo que soy

desprendido de lo que creo

ser

desnudo de disposiciones perentorias

desarmado de conjurados armazones

contra la finita eternidad

soy

negación de una negación: ente

sostenido

mediante un entramado de algoritmos

como una jurisprudencia inmutable

soy un trozo

de mí

de una totalidad intuida

inexplicable

soy, como tú,

leve, inconmovible, frágil

¿La pregunta correcta es una contraseña?

-¿Cuál es la prueba de mi existencia?

-Si necesitas tal prueba tal vez no existas, o, peor aún, tal vez no valga la pena tu existir. Por las dudas, yo me dejaría de pruebas, bébete un vaso de vino. Si raspa la garganta y calienta las venas, date por satisfecho. Pero no vayas a lo de Hillel a por el vino, siempre está bebiendo la última botella que le queda– recomendó Reb Sholem.

Obtuve dos certezas: nunca le preguntaría nada a Reb Sholem; hay respuestas que es conveniente no oír; y que Hillel no es amigo de compartir. Me fui por la Avenida Corrientes, la única certeza, de asfalto y cemento, de luces y rostros como los de cualquier lugar. Una llovizna fina, que apenas mojaba el suelo para darle un lustre falso, caía sin caer, como suspendiéndose, arrepintiéndose a mitad de camino, cansada de cumplir con su trayecto repetido, esperable.

Nit kain entfer iz oich an entfer.

Reb Kotlar: “La pregunta esencial es la que cualquiera puede plantear, pero que nadie puede responder”.

© Marcelo Wio

Vos vintsiker me fregt, iz als gezunter: Cuanto menos preguntes, más saludable.

Nit kain entfer iz oich an entfer: Ninguna respuesta es también una respuesta.

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