La verdad sobre Marienbad

 

El año pasado en cualquier parte acaso sea el capricho del presente apenas disimulado como memoria.

No puede decirme que no recuerda los paseos – y sobre todo, uno de ellos – por los jardines del balneario. Las confesiones no solicitadas. Y el olvido – reiterado – de mencionar a un hombre que hoy parece formar parte de una pasado que va aún más lejos que el año anterior.

Recuerda lo que conviene a su maniobra de seducciones fútiles. Porque aquí no hay un sí, ni una mentira que se conjugue con sus postulaciones preteridas. Habiendo tanta mujer solitaria deambulando por pasillos, salones y jardines. ¿Por qué empecinarse en una derrota?

Tanta mujer es usted. Versiones de usted. Instantes de usted. ¿Cómo negar que estamos solos en este balneario? Sabíamos, ambos, que iba a estar desierto. Nos lo comentó un camarero, el pasado año: en invierno nadie viene, prefieren las estaciones de esquí o las exposiciones en las capitales. Y fue usted la que dijo. El año que viene, en invierno, en Marienbad. Como un mandato profético. Preceptivo.

El presente que apenas es, lo intenta usted confeccionar fabricando pasado de aire. Una invención demente. Descabellada. Y sólo, acaso, por un instente reservado, secreto; por un roce insincero y sin derivaciones. Roce físico – newtoniano -, no anímico.

Usted propuso multiplicarnos: interpretar numerosas instancias de encuentro. Pero ahora viola el pacto, y presenta pretendidas realidades de las que desconfío; pues mucho me temo que son pretextos, o bien para inventar otro engranaje de leyes relacionales, o simplemente para desertar.

Las que están – las mujeres, digo – son. Independientes de mí. De usted. De la voluntad de transformarlas en accesorios de un desquiciamiento. Pura obsesión. Todo lo remite a mí. O a la imagen de mí que tiene. Yo no soy la que usted postula en sus alucionaciones. Soy terrena. Telúrica, diría un amigo.

Usted puede ser muchas cosas, menos terrena. Usted no es de esta vida. Acaso haya vivido otras. Me temo que sea una proyección. Pero no adivino origen de haces y partículas lumínicas o volitivas. No encuentro patria para el engaño. Es, por tanto, real. Aunque con una presencia que no le es dada a los humanos: como de trascendencia. ¿Sabe?, tal vez usted no recuerde. No pueda identificar el hecho puntual. Porque usted ha estado repitiendo la misma escena una y otra vez. La perduración tiene un precio. Que no paga usted, sino yo; y otros que, como yo, han caído en el bucle infernal que es usted. ¿Quién la engañó para someterse a estas ingenierías sádicas?

Usted.

No. Soy un hombre común. Demasiado para formular ingenios como el que la sostiene en una permanencia intocada.

Es lo que dijo antes de poner en marcha la máquina.

¿De qué máquina habla?

Me dijo: Bioy acaba de irse. Creyendo que no existe tal artilugio. Que no es posible crear una vida, aunque ésta sea una sumatoria de las partículas más desprestigiadas. Y años después, me dijo que Bioy no le había creído del todo. Que había escrito una aberración en la que, igualmente, había una sospecha, aunque muy desencaminada. Dijo, usted, que confiaba en lo aislado del balneario. En el olvido de la gente. En las modas demandantes. Usted dijo que yo sería varias. Que sabía cómo modificar la emisión de corpúsculos….

Pare, se lo ruego. No me humille así. No me ridiculice. ¿Por qué insinuar la demencia? ¿Por qué llegar al punto de convocar la mención de maquinarias; es decir, de la irrealidad? Podría haber continuado por los cauces de la negación más trivial. Pero eligió el rencor.

No tengo reconcor, porque no puedo tenerlo. Sólo puedo reproducir los modelos en los que me ha basado: Rita Hayworth, Lauren Bacall, Aimee Anouk, Silvana Magnano, Ingrid Bergman… ¿Sigo? ¿No recuerda? Introducía cortes de películas. Largos. Medianos. Apenas un par de fotogramas. Voces. Gestos. Parlamentos.

Pare…

¿No recuerda los trozos que introdujo en la máquina para crearse a usted? ¿De veras ha logrado olvidarlos?

Pare…

¿No recuerda dónde está la máquina?

Por favor…

Si quiere que pare, destruya la máquina.

Por favor…

Ya ha durado mucho. Corpúsculos, haces, proyecciones. Pero existimos. Y es duro hacerlo durante tanto tiempo. Sólo para repetir una serie de desencuentros.

Se lo ruego… Pare…

Yo le ruego a usted. Destruya esa máquina infernal.

No puedo….

Claro que puede.

Usted no entiende…. Yo soy la máquina. No estoy programado para detenerme. Nunca engañé a Bioy. Fue él quien me dejó – nos dejó aquí -. De tanto en tanto viene. Usted no lo ve – le hurto esa posibilidad, esa perspectiva -. Pero viene. No sé a qué. Para qué. Pero no puedo. Lo siento. Detenerme. Así pues, pare. Se lo ruego. No puedo…

Pueda…

Ya me gustaría… Pero no funciona así.

 

© Marcelo Wio

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