Crónica de un silencio

La mirada manchada de una biografía llena de malicias, espesada de las imposibilidades novedosas del cuerpo. La observa, recostado en uno de esos sillones ideados para posturas siniestras o tristes, tapizados con un ensañado mal gusto: abalorios de la noche que cuenta sus clientes.

Llegó tan nuevita, intocada, que parecía pedir una ofensa, dijo Álvarez, el que trabajaba detrás de la barra del Luz Roja. Algún resto de escrúpulo o de recelo legal hizo que agregara que él jamás hubiese hecho aquello. Que lo de parecer pedir ofensa es un decir, puro mentar frases hechas. Cosas de las putas, aclaró. Ellas tienen sus formar verbales para contarse, para narrarse. Y eso suelen decir de las nuevas. De todas. Pero sobre todo de las que llegan de los pueblos, como si allí hubiese algo que conservara o bien una inocencia real, o un algo que en la ciudad, ya embarrada de sí misma, parezca tal cosa.

Detrás de ese velo de embrutecimiento e impotencia que le iba fabricando el whisky – que le servían de una botella con una ya gastada etiqueta renombrada, pero que provenía de un garrafón que se iba llenando como por arte de magia -, la escrutaba. Sentada en el taburete. Asiéndose a la barra, más que apoyándose en ella. Última posibilidad de salvación. Las piernas blancuzcas ofrecidas por ese vestido corto, ajustado, brillante y vulgar. Emputecida. Pero no del todo. Porque sus ojos no estaban cansados ni abnegados ni enturbiados. No estaban ni allí. Miraban, aún, las rutinas sencillas y seguras que había practicado. Los pechos, que los brazos luchaban por encajar, con disimulo inexperto, en el escote breve, se escurrían una y otra vez para diseñar un valle que ella nunca había sentido. Y él, detrás de aquel velo, deseándola con el deseo malsano incrementado por la flaccidez y los prestigios que todos iban olvidando – el primero, él mismo -. Reputaciones que no eran más que el miedo que imponía. Nada más.

Un tipo, comentó mucho después, amparado por la lápida que cubría cualquier represalia – por más inverosímil que a esa altura pudiera parecer -, Venancio, el único vecino del Luz Roja (local amparado por solares baldíos, que se iban encadenando hasta conformar un kilómetro o así entre su ubicación y la última construcción de la ciudad, a excepción de la casita que había enfrente, como un puesto de avanzada o una burla). Un tipo, comentó Venancio, con una breve cultura, sin remilgos morales y un exceso de sí – confianza lo llaman a esto último, los que de una u otra manera terminan festejándole a otros las impunidades, las desvergüenzas y las crueldades -. Así era Evaristo Cardanno. Le aseguro que podía sentir el temblor de las putas, hasta de las más curtidas, cada vez que llegaba Cardanno: cruzaba la calle, el seísmo de pavores, y me sacudía las piernas. Llegó Cardanno, decía yo. A nadie. Porque siempre he vivido solo. Al principio, siempre de viaje: presentándome siempre exiliado o aumentando honras y mitos inexistentes o levemente ciertos. Quien viaja, creía entonces, hace mucho, evita el esfuerzo de la razón (bien podría decirse, de lecturas adecuadas), pero pretende sus beneficios. Pero a usted no le importa mi biografía – que por otro lado, bien puede ser la de otro -. Usted viene aquí para que le refiera lo que sucedió esa noche. Lo que puedo contarle es lo que a mí me contaron quienes lo presenciaron. Desde aquí sólo vi llegar – lo sentí; ya sabe, el temblor – a Cardanno. Al rato; no sé cuánto en escalas de reloj, una chilladera. Y esos dos balazos secos, tremendamente escuetos. Como debe ser un punto final. Y un par de chicas que salieron por la puerta delantera – las vi, ya andaba yo asomado a la ventana -; y por detrás (allí había otra puerta), intuí otras figuras corriendo. Una de ellas, estoy seguro, el tipo que decía atender la barra, pero que manejaba el puterío. Esos tipos, que todos creen que son todos iguales en sus idiosincrasias y sus carencias, no lo son. Cada cual tiene su versión del desprecio. Los he visto a montones. Ninguno igual a otro. Ninguno continuación de otro – ni en esas sagas de tratantes que remontan generaciones -. Ni siquiera se parecen levemente. Había algo en la insistencia de Venancio en estas afirmaciones que hacía pensar que él mismo había sido uno de esos, de ellos. O que, cuanto menos, había trabajado estrechamente con más de uno. Un chulo. No, un matón. Dos balazos; no dos detonaciones. Balazos que fueron como deben ser los puntos finales. Quien dispara de veras, no esas mariconerías de los afectados emocionalmente, de los cagados que dan en su desesperación con un bufoso; quien aprieta un gatillo sabiendo lo que hace, lo hace para matar. Lo dijo una vez un comisario, mirando a un marido sentado en un sillón, en calzoncillos, camiseta de un blanco amarillento sin mangas, ante su esposa, tendida como un islote truculento en medio de su sangre grumosa. Ni una lágrima, el tipo. Sólo esa falsificación del arrepentimiento que produce percatarse de la consecuencia carcelaria y las figuraciones e imaginaciones (que siempre se quedan cortas, según el mismo comisario) que comienzan a actuar enseguida. Unos mierdas estos. El mismo comisario. A estos sucesos habría que venir con cura que dé extremaunción, y evitarse papeleos y juicios y todas esas zarandangas. Estos tipos no sirven para nada. Se lo digo yo. El comisario. Y sabía lo que decía. Años después, cuando al parecer tocaba un poco de dictadura en la historia, ese comisario ascendió escalafones a fuerza de ejecutar unas “justicias” rápidas y silenciosamente ejemplificadoras.

 

Cardanno intentó acomodarse en el sillón. Pero no pudo vencer una inercia que ya se le había metido en el cuerpo. Con la voz rescatada del pasado de órdenes y soberbias, aplazando el presente, dijo: Otro whisky, y esa pibita nueva. La pibita y el whisky al mismo nivel. Como debe ser – así enseñó a sus hijos, señaló una mujer que limpiaba en su casa, y que evidentemente no quiso dar el nombre: sí, el viejo está muerto; pero los hijos bien vivitos -. Caniche, ven, parecía exigir, mandar. Pero el caniche que estaba llamando Cardanno no iba a recibir dos o tres caricias torpes, burocráticas.

 

Para qué quiere saber. Para remover lo que acaso no ni siquiera fue. ¿Y si soñar fuese la única forma de encontrar un sentido a vida? Una forma enterrada en incertidumbres nebulosas, significados conjeturados y símbolos equívocos: forma inútil, irrealizable, incomprensible, imposible: residuo de divinidad. Lo que le estoy diciendo, sin decírselo, porque tenía ganas de decir este parlamento que alguna vez, en mi cabeza, sonó inteligente, es que la realidad cambia; es decir, existe temporalmente. Lo que se aceptó como un hecho en su momento, bien pudo haber sido una mera interpretación, una conclusión apresurada de los sentidos, de las necesidades y los prejuicios. Hay hechos, claro. Pero a su alrededor, hay mucha mitología, y el hecho queda enterrado; o, incluso, cambiado por otro, u olvidado. Recordar, recordar; invocar el pasado. Eso no existe. Es la excusa para crear memoria; es decir, para urdir coartadas y justificaciones que allanen el presente (la parte que le interese del mismo), puro caldo de atenuaciones, eximiciones o contemporizaciones: alivios para la ética. No joda. Qué interés particular puede tener usted en venir, todo este tiempo después, a hurgar donde ya no queda ni cicatriz. Viva una vida larga. Sana. Escriba de cosas más amenas. Cosas que no joden a quien no tienen que joder. ¿Se lo tengo que decir más claro? Sabe usted, porque no es tonto, que ciertos conocimientos son únicos, no por lo relevantes, sino porque una vez se sabe aquello que se pretende aprehender, uno no puede andar dando vueltas por el mundo. Menos con ese afán suyo por escribir sobre tales nociones. Y aún así, lo veo dudar. Lo que busca no es aprendizaje, es la horrorosa simetría de la estupidez (tozudez, llamémosla, tampoco lo pretendo insultar): como un espejo, se refleja; pero a diferencia de éstos, el resultado no es idéntico, sino levemente distinto: una muerte nunca es igual a otra; se lo digo que he visto varias. Los estertores, los quejidos, el dolor, eso son solo las articulaciones histriónicas; la muerte es otra cosa, está en los ojos del que sabe que ya no hay salvación. Usted insiste en repetir esa simetría antes de tiempo. Tiene mucho por delante. Es más, y esto no con ánimo de soborno – no es preciso, creo que devolverle lo que es suyo, es suficiente -, sino porque me cae bien. Porque he leído sus artículos. Y usted está desaprovechado en ese diario, tan de provincias. Tengo contactos, usted debe saberlo y, sino, conjeturarlo con mucho acierto. Un diario en la ciudad; no en esta, que se define así, pero no deja de ser un pueblo alargado. No, en la ciudad. El Soberano; o La Crónica. Una columna semanal. Los domingos. Y a quién carajo le importa una pibita sin nombre. Dígame usted. Y no una pibita cualquiera, de familia bien, sin mácula en su legajo, sino una putita de mierda. ¿importa porque era más joven que las otras, putas viejas? ¿Importa porque su muerte impidió el desarrollo nacional? No me joda. Haga periodismo en serio, diciendo lo que es relevante. A quién carajo le importa un bledo que a un viejo, senil y borracho, se le escapara un tiro, una noche, en un puterío perdido donde dios perdió el poncho. No sea pelotudo. Lo mejor que puede sacar de todo esto, es un puesto en uno de esos diarios. O en otro. En el que quiera.

 

La mirada manchada de una biografía llena de malicias, espesada de las imposibilidades novedosas del cuerpo. La observa, recostado en uno de esos sillones ideados para posturas siniestras o tristes, tapizados con un ensañado mal gusto: abalorios de la noche que cuenta sus clientes.

La mirada manchada de una biografía llena de malicias, espesada de las imposibilidades novedosas del cuerpo. La observa, recostado en uno de esos sillones ideados para posturas siniestras o tristes, tapizados con un ensañado mal gusto: abalorios de la noche que cuenta sus clientes.

No puedo dejar de escribir este párrafo. Que imagino inicial. Pero no puedo ir más allá. Los dedos se me cuelan entre las teclas de la máquina de escribir, como si a partir de ahí se separaran unas de otras. El Soberano. O La Crónica. Dijo. Y lo dijo en serio. Tengo un número de teléfono. Sólo tengo que acercarme al bar de Benito y llamar. Y cambiar un silencio por una columna. Semanal. Los domingos. ¿Qué es un silencio mío? ¿A quién le incomodaría un silencio mío? ¿Y a quién le importará lo que calle, tanto tiempo después de que pasara? Y, ¿realmente pasó? ¿Qué credibilidad tiene el pobre Venancio? Álvarez desapareció ese día. No se lo volvió a ver en el pueblo. Ni a ninguna de las chicas. Venancio podría estar fabulando un poco de atención. Y no se lo reprocho. Allí, en medio de la nada, con unos recuerdos que no sabe si fueron y, de haberlo sido, no sabe si fueron suyos. No tengo tanto para callar. No he sabido más que de unas detonaciones (dos), una noche, en un burdel; que había una chica joven, que era nueva en esos comercios; que había un viejo que había sido caudillo y cuya estela aún acobardaba – y si no lo hacía su reputación, lo hacían los hijos, que, se decía (con mucho acierto), eran más bravos de lo que había sido Evaristo Cardanno -; que unos salieron por la puerta de delante, que otros por la que tenía por detrás el local (Luz Roja; la tristeza de lo evidente, con esa bombillita roja alumbrando sobre la puerta); y según Venancio, que la piba no salió. Pero era de noche, y hasta a mí me cuesta enfocar una forma en esa oscuridad multiplicada que hay en los arrabales de cualquier parte: ardides para la falsificar una realidad que nunca está a la altura. Y, sobre todo, ¿algún periodista puede presentar un expediente limpio? El que más, el que menos, siempre tuvo que agachar la cabeza. Y no se trata de claudicar, de acatar; sino de una elección vital. ¿Qué aportaría una historia como la mía, amarrada a los decires de un viejo que escuchó, que vio poco, y que supuso mucho? ¿El público se va a amotinar, a sitiar el Congreso y el Palacio de Justicia para exigir leyes y castigos para los tratantes de blancas, los caudillitos de pueblo, los mandones de ciudad? A quién quiero engañar. El lector quiere indignarse, sí, pero sólo un poco, y cada tanto; y sentir que con eso ya está, que ha cumplido. El Soberano o La Crónica. ¿Cuál de los dos? La Crónica es muy conservadora, no sé si mis ideas encajarían del todo ahí. Claro que, qué son las ideas, sino abstracciones que caben en cualquier lugar. Igualmente, creo que El Soberano. Tiene un algo más, cómo decirlo, de interés social. Al menos, en sus crónicas suele haber un tono más cercano, más sensible con el sentir general. Aunque La Crónica tiene una sección cultural más interesante; y tener una columna allí…

La mirada manchada de una biografía llena de malicias, espesada de las imposibilidades novedosas del cuerpo. La observa, recostado en uno de esos sillones ideados para posturas siniestras o tristes, tapizados con un ensañado mal gusto: abalorios de la noche que cuenta sus clientes.

No puedo parar. Y temo que lo siguiente sea un párrafo distinto, que lo continúe, que derive. Un conjunto de palabras que compongan un señalamiento irritado, cargado de una moral que, cada vez más, dudo que nadie posea (yo el primero). El Soberano o La Crónica, o aventurarme a componer una crónica que, bien lo sé, nadie va a leer. Nadie quiere leer esas historias. Nadie quiere pensar que a ellos. No. La indignación se produce cuando se sabe que a uno, eso, no.

 

© Marcelo Wio

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