Callarse

Callarse la boca, de tanto en tanto. Sí. Y callarse también las intenciones. Y esos gestos que se salen de la piel y dicen más que el gluten de palabras que tan mal cae. Callarse los ojos, para ver sin las máculas esas que flotan entre los significados. Callarse bien callado. Sin suspiros ni chasquidos ni esas respiraciones hiperbólicas: palabras que dicen yo, aquí. Callarse el ego de una vez por todas. Esa incomodidad que es voz y prepotencia y es un escozor en la pituitaria y en las glándulas del orgullo y que es presencia cuando sólo basta una ausencia medida: presencia para sí. Sin más. Porque no hace falta. Porque uno sabe que uno. Y no precisa de otros para que uno sea. Uno. Callar las respuestas que nadie nos ha pedido – ni nosotros mismos. Callar la voz que somos y que pregona doctrinas y adjetivos y jurisprudencias ad hoc. Callarse. De una puta vez callarse. Porque tanta palabra es ruido, y el ruido no dice: impide: conocer. Callarse porque ya va siendo hora, y hay niños en la sala, y no es cosa de andar infectádoles la voluntad desde tan temprano. Callarse. Porque toca. Porque decir por decir es congregar unos ciertos silencios donde las palabras van a morir: sus conceptos. Callarse. Callarse un segundo. Para escuchar de veras y no hacer de cuenta que, y utilizar al potencial emisor para decir lo que ya teníamos tan pensado: la estupidez de turno: la astucia social. Callarse. Para que nuevas palabras puedan copular. Para que surja lenguaje. No este grumo indolente con el que nos decimos silencios aislamientos obcecaciones. Callarse para descontaminar el ambiente, para darle un respiro a la capa de ozono y la paciencia. Callarse porque no siempre hay que expresare. No verbalmente. A veces hay que manifestarse estando sin voz. Estando para otro. Callarse porque no siempre tenemos los vocablos que rellenarán el espacio que media entre una intención, una representación y una voluntad de interiorizar una aportación. Callarse un poco porque, cuando realmente haya algo que decir, nadie distinguirá esa urgencia, esa relevancia, de las necedades que se han acumulado entre el sonido y la sintaxis. Callarse. Sin más. Para darle tiempo al silencio a que amase alguna franqueza.

© Marcelo Wio

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*