Nueva creencia

La brujería es un resabio de otros días, menos provisionales, menos profanos. Días en que hombres y dioses se confundían en el trueque de voliciones y adjudicaciones; días en los que Emilia Castro Benavidez hubiese arbitrado indultos y súplicas.

Apenas dos mañanas después de proscribir las idolatrías a unas divinidades industriosamente transformadas en erratas de la fe, en confusiones del discernimiento, Emilia fue señalada por su intransigencia a la nueva certidumbre y enclaustrada en un sótano transpirado de desechos percolados.

Ni su figura pasada, gastando el camino entre su casa y el mercado; ni sus sonrisas predispuestas, que se desprendían de las palabras que siempre se encadenaban en una delicadeza, en un consuelo; nada de eso se recapituló en un proceso en el que cualquier perdón estaba excluido de antemano. Hay culpabilidades necesarias. Sentencias imperiosas.

En nombre de la dignidad, cualquier abyección se hace viable, aconsejable y encomiable. La absolución representaría una excepción que refutaría los valores del nuevo convencimiento. Formalizar un nuevo dogma implica ofrecer castigos arquetípicos, sanciones ejemplares. Un nuevo precepto se erige a partir de infractores escogidos.

Emilia contaba los días amontonando briznas de paja en un rincón de esa infamia subterránea. Un montón húmedo de días esperando su condena comburente. Su encierro contradecía el motivo de la sentencia: si era una nigromántica, ninguna prisión podría mantener confinado su podere, su voluntad de evadirse de sus carceleros. Pero la fe y la razón no van de la mano. La fe requiere el acatamiento, sin comprobación, de su canon.
Emilia camina lo que ella ha calculado que, por el cansancio conocido, son tres kilómetros. Seis pasos hacia el norte, seis hacia el sur cada vez. Camina sin paisaje, sin espejo para sus sonrisas, sin eco para las palabras que rumia como si masticara una piedad o una absolución para perdonar un hecho que aún no ha tenido lugar, pero que pronto, muy pronto, lo tendrá.

Las pequeñas palabras de Emilia, que recitan viejas recetas de guisos y potajes variados, llevan detrás otras, no dichas, que dicen “la fe es tautológica, y esta tautología se alimenta de cuerpos extraños que mutilan intenciones y posibilidades de mostrar el implacable funcionamiento de sus engranajes”. Eso dice el reverso de la vocecita de Emilia compungiéndose contra la humedad de las paredes chorreadas de verdín y silencio.

Los areopagitas recientes ya decidieron la imprecación que mancillará su cuerpecito encogido por el verbo de los años. Las miradas aburridas concurrirían a la plaza a rellenar su tedio con el destino innoble, inmerecido, de Emilia; miradas babeadas de aquiescencia mansa, de necedad aceptada; embrutecidos por la brutalidad.

La tarde se revistió de procelosa solemnidad para agasajar la obra de los sicofantes. Emilia caminó con la dignidad de siempre hacia el rejunte de ramas resecas e infamias aglomeradas en montón. Suspiró un suspiro involuntario como una grieta trazada en el carácter (o tal vez no tanto, sino simplemente en el ánimo circunstancial, transitorio, puntual) de los ignominiosos congregados.

Impugnado con su silencio tupido el discernimiento en el gesto de aprobación del magistrado jefe, Emilia se ubicó entre el ramaje esperando el espanto de la combustión y la inmolación. El humo cargado de horror ascenderá a contentar a los dioses de la nueva superstición. Palabritas que, subiendo, le van contando recetas a nadie. Palabritas de Emilia Castro Benavidez, viuda de Galindo Ochoa.

© Marcelo Wio

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