La vana ilusión I

Julio Cortés se rascó la renegrida barba incipiente y miró a los costados desde el automóvil. Una fría llovizna otoñal caía sin pausa sobre Buenos Aires. Hacía tres horas que esperaba frente al departamento en el que estaba la mujer. Era lo que menos soportaba del trabajo: largas horas perdidas siguiendo, vigiliando. Llevaba muy mal lo de esperar; demasiado tiempo con uno mismo, y Julio no tenía ganas de pensar en sus propios asuntos – de hecho, era una de las razones por las que se había dejado arrastrar por un amigo a poner la agencia de detectives que les estaba dando más dolores de cabeza que otra cosa. Bajó del choche y se puso la gabardina. Necesitaba estirar las piernas y fumarse un cigarrillo. Se apoyó contra el auto y, fumando, dirigió su mirada a la ventana del departamento.
El edificio en el que estaba el departamento era viejo, desteñido; sus ventanas daban sobre la calle Moreno – que debido a la huelga del servicio de recogida de residuos, juntaba mugre y mal olor -. Julio lamentó haber salido del coche: el olor era insoportable, aumentado por acción de la lluvia que caía desde hacía tres días y formaba una especie de río purulento. Terminó el cigarrillo y lo tiró con desdén a la calle. Se quitó la gabardina y se metió en el coche. Encendió la radio – era la enésima vez que encendía la radio; seguramente recorrería todo el dial y, harto, la volvería a apagar -. “Rubén debería haber llegado ya”, pensó con bronca y en voz alta mientras miraba el reloj. Rubén Vattimo era su socio. Lo debía relevar. No era la primera vez que se retrasaba para tomar la posta en un seguimiento. Lo hacía siempre. “Hijo de puta”, masticó Julio. Miró el reloj nuevamente: eran las cinco de la tarde, pero ya parecían las nueve de la noche. Odiaba el otoño y el invierno, sus escasas horas de luz tímida, el frío húmedo de la ciudad, los rostros sombríos, marchitos; la sensación que le introducía en el cuerpo: de posibilidades estrechándose en una irreversibilidad trillada.
Un golpe en el cristal lo despertó. “Me asustaste, boludo”, dijo sobresaltado, mientras bajaba la ventanilla. Era Rubén.
“Perdoname, Julito, pero tenía una mina; y viste como es eso, cuando uno come día sí, día no, no puede desaprovechar un par de piernas”, largó Rubén. “No me hagás el cuento; si querés, contale esas milongas a los taxistas del bar ese en el que pierden el tiempo”, lo cortó Julio; y bajó del auto de su socio, pensando que siempre hablaban entre ellos como si interpretaran una película mala, como si necesitaran confidencias posibles. Mientras se acomodaba la gabardina, le relató los escasos movimientos de la mujer: todo se reducía a unos pocos reflejos en alguna de las ventanas que indicaban su movimiento dentro del departamento de tanto en tanto; alguna luz que se encendía, alguna que se apagaba. Nada más. Julio comenzó a caminar en dirección a la avenida 9 de Julio. “Saludá”, le dijo en tono jocoso Rubén. Julio sólo levantó el brazo izquierdo, sin dejar de darle la espalda y continuar alejándose. La lluvia comenzó a caer con mayor ímpetu. Los carteles luminosos se reflejaban en las calles mojadas, en los coches y en las miradas deeslucidas, haciendo un pastiche empalagoso. Una especie de redención flotaba en el ambiente, como si la lluvia estuviese lavando penas, conciencias. Pura abstracción que no alviaba a nadie. Julio caminó por la 9 de Julio en dirección hacia Corrientes. Había pensado en tomar un taxi, pero debía cuidar el dinero hasta tanto cobraran el trabajo que estaban realizando; además, no pasaba ningún taxi libre. Mientras avanzaba hacia el Obelisco y los carteles de neón aumentaban, y con ellos la estridencia de los reflejos y una suerte de bullicio, de alegría sobreactuada, de microclima, Julio se empezó a sentir deprimido. Una especie de mareo leve lo atacaba en tales circunstancias, como si habitase el comienzo de una borrachera de la que ya no podía volver. Pensó que lo mejor sería entrar en un cine, allí estaría abrigado del frío y la lluvia, de la intemperie espiritual en que se encontraba. Mientras caminaba por Corrientes hacia el río, iba buscando títulos en las carteleras de los cines: quería algo que lo distrajese.
Harto de caminar, de mojarse, de sentirse cada vez más y más deprimido, entró en un cine sin mirar qué daban. Compró una entrada y se dirigió al baño; necesitaba lavarse la cara, las manos llenas de nicotina; mear. Se lavó con desgano, mirándose alternativamente en el espejo, como si buscara algo en ese rostro, como si viese un parecido lejano con alguien que había conocido. Se secó las manos y se metió en la sala oscura. Una vez en el asiento, una tranquilidad extraña lo invadió, como si en el tiempo que medió entre el lavabo y su ingreso a la sala algo hubiese sucedido, algo insólito. Pensó, con una sonrisa cínica, en el teatro mágico del Lobo Estepario y se rió solo: “Ya me gustaría amí”. Dejó que sus ojos se cerraran hasta el comienzo de la película.
Se despertó desubicado. Tardó un rato en comprender que estaba en el cine. Se incorporó levemente para mirar a su alrededor. No había ningún espectador más. En la pantalla un Cary Grant envejecido caminaba por una habitación. Comprendió que se trataba de una de esas salas en que proyectan clásicos. Se acomodó en el asiento, algo desconcertado, como si no hubiese despertado del todo. Una voz cavernosa, pausada, lo sobresaltó: “No te des vuelta, Cortés”. Julio dio un respingo, e intuitivamente comenzó a girar la cabeza.
“Que no te des vuelta, mierda, que te quemo acá nomás”, repitió con mayor énfasis la voz.
“¿Qué pasa; quién sos?”, preguntó Julio, trastabillando las palabras.
“Hacés muchas preguntas vos. ¿Qué te hace pensar que estoy acá para responder? El que tiene el bufoso es el que hace las preguntas – le dijo la voz, y para enfatizar sus palabras le clavó el caño de la pistola en la nuca – , y acá el único bufoso es éste”.
“Está bien, preguntá tranquilo”, respondió Julio, más sereno, moviendo la cabeza un poco hacia delante para aliviar la presión del revolver. “Me parece que ya no hace falta que me sigas apuntando, ya sé que tenés un arma; y me imagino que vos sabés que yo no tengo una”.
“Bueno, bueno, acá las órdenes las doy yo”, respondió la voz. “¿Qué hacías, hoy, vigilando en la calle Moreno, a la altura del 1400?”
“Eso mismo: vigilar”, bromeó Julio. Recibió un golpe con la culata en la oreja derecha. Julio dio un grito y llevó su mano a la oreja, que chorreaba sangre.
“Me parece, perejil, que no entendiste bien cómo son las cosas”, le dio la voz, con una calma falsa. “Ahora te vuelvo a preguntar, Cortés, ¿qué mierda hacías hoy, y ayer, y anteayer, ahí?”
“Estoy siguiendo a una mina; el marido cree que le mete los cuernos”.
“Ahora nos entendemos mejor “, ironizó la voz.
Julio no entendía a qué venía tanto interés por un caso tan simple.
La voz siguió: “Decile al marido de la mina, a Rodrigo Melchor Palacios, que su mujer no le mete los cuernos, que se quede tranquilo; decile que la mina se junta con un grupo de amigas a leer Cumbres borrascosas”, le ordenó, cínica, satisfecha, la voz – nada como un imbécil ejerciendo alguna astucia, pensó Julio -.
“Ya entendí”, dijo Julio, humillado, con un dejo de bronca.
“Vos seguí mirando para adelante hasta que termine la película. Después te vas a tu casa y te limpiás la oreja, que es un asco; te tomás un whisky a mi salud y mañana cobrás tus honorarios y sanseacabó”, murmuró la voz.
Julio no respondió nada. Siguió mirando la pantalla, masticando un rencor frondoso, de esos que termian volviéndose contra uno. Cuando terminó la película salió de la sala. Se dirigió al baño y se lavó un poco la oreja.
En la calle prácticamente no había gente, había dejado de llover y un viento frío barría los restos del día, tipos y tipas y sus ánimos rodando como hojas o colillas empapadas. Julio caminó hacia Alem, con la idea de tomar un autobús hasta su departamento en Barracas. Tenía hambre. Entró en un bar y se pidió una porción de pizza y una cerveza. En el televisor, que estaba ubicado contra una de las paredes del local, apoyado sobre un armazón de hierro negro, estaban transmitiendo un partido de fútbol. Comió la pizza en un par de bocados. Una vez que terminó, sacó el paquete arrugado de Parisiennes y encendió uno. Tomó la cerveza en tragos cortos, degustándola como si se tratara de un buen vino – aunque, tal vez, sólo estuviera postergando un poco más salir al frío de veredas y viento y soledades.

 

 

© Marcelo Wio

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*