La promesa

Publicado originalmente en Ni más ni menos

“Está nervioso”; “Qué quiere, es su debú”; “Cuando se acomode… madre mía la que va a armar”, fueron algunas de frases que se pronunciaron el 24 de abril de 1969 en la tribuna local de la cancha del club Voluntad de los Vencidos. El “quién” al que se referían los verbos de esas oraciones, es Arnaldo José Valentini, que debutó ese día, con 16 años, en la primera del club. Mostró habilidades y condiciones que lo hicieron acreedor del derecho de conjugarse en futuro cercano: erigiéndose en Promesa. Los goles que no hizo aquel día fueron, para los hinchas – que andaban urgidos de esperanzas -, pruebas de un augurio irrevocable, el peaje de lo que vendría. El mecanismo de este razonamiento escapa a cualquier análisis, lo que lo hace infalible.

Así se explica que Arnaldo José Valentini siga siendo una promesa doce años después de aquel debut. La perpetuación de dicha condición puede deberse a la ausencia de otra promesa que venga a relevarlo, a suplantar su papel casi hagiográfico. O, quizás, se deba a que hay promesas que, para ser cumplidas, necesitan de tiempos más prolongados (los humanos, breves y efímeros, somos prisioneros de la prontitud). La suya – promesa –, acaso, sea no marcar ni un solo gol en su carrera en primera división… Si es así, por ahora la está cumpliendo con tal ímpetu, que la sola idea de que buscara incumplirla, Es inverosímil. Todo en él, esa como aura que le ha crecido como si fuera un juanete o una seborrea, hace improbable su violación. Y lo más llamativo es que, objetivamente hablando, tiene todas las condiciones, todas las mañas típicas del nueve goleador. Pero, ya se sabe, las apariencias, a veces, engañan.

En todo este asunto, es de destacar el proceder, la actitud, de los defensores rivales: lo marcan como si fuera uno de esos jugadores a los que no se les puede regalar ni un centímetro porque si no te la embocan. El compañerismo, el respeto, el sarpullido de ternura de esos muchachones que al más pintado le arrancan la rodilla, es conmovedor.

 

© Marcelo Wio

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