La filosofía de Teofrasto

Teofrasto Valdés discurría entre la convicción y la incertidumbre (y la consecuente indecisión): es decir, en un sillón orejero de piel estilo inglés, reticente a la acción. Ante el temor de caer hacia uno u otro (la veleidad del convencimiento o la consuetudinaria estupidez a la que conduce la duda sistemática), llegó a la conclusión de que lo mejor era, justamente, sumirse en una contemplativa abstención de determinaciones– y esta misma decisión (que era, contradictoriamente, una determinación; aunque, eso sí, sería la única, y el tiempo ya se encargaría de diluir sus efectos e influencias), convino, podía estar motivada tanto por la convicción como por la incertidumbre; como si ello tuviera alguna relevancia.

“Ernestina, haceme el favor de calentarme el agua para el mate”, pidió Teofrasto desde su trono de imperturbabilidad.

Nada como resolver postergar toda resolución, toda competencia, para cancelar – o disminuir sustancialmente – cualquier probabilidad de imputación. Ser sin ser del todo. Diferirlo todo a la posibilidad de una existencia subsiguiente que ya se hará cargo, llegado el caso, de actuar y, sobre todo, de rendir cuentas (quien no obra, lo hace, en definitiva, para no responsabilizarse de las consecuencias de sus acciones).

“Y unos bizcochitos de grasa, ya que estás”, añadió.

A fin de cuentas, eso de ser, tal y como se entiende en esta modernidad, pensaba, tiene muy poco de autenticidad, de ser-uno-mismo: existencias que no son su propio signo, su propio significado, sino la repetición de una imposición de la que ni siquiera se tiene conciencia.

Teofrasto encendió la radio. Desde las entrañas de una lata de tiempo y espacio, la voz de Vinicius de Moraes cantaba la tregua o trinchera que dice “hoy, que es el día del presente, el día es sábado”.

“Somos meros precursores, Ernestina. Pero a saber de qué carajo somos precedentes…”, desprendiéndose de una idea, Teofrasto.

“Yo no sé de qué seré una fundadora, Teo; pero vos, sos un perfeccionamiento, y un catalizador, para la exaltación y el florecimiento de la holgazanería”.

 

“Hoje é sábado, amanhã é domingo
A vida vem em ondas, como o mar
Os bondes andam em cima dos trilhos
E Nosso Senhor Jesus Cristo morreu na Cruz para nos salvar”.

 

“¿Salvarnos de qué, Ernestina? ¿De la convicción inalterable (y, por tanto, seguramente falaz) o de la incertidumbre paralizante, que nos aboca inexorablemente al error? ¿Y si no era una salvación, sino, más bien, una advertencia; y estamos condenados a vagar por las grietas de la confusión?”.

“Lo que es vos, Teo; no vas a tener problemas: deambulas más bien poco y, cuando lo hacés, es en pantuflas: históricamente, un calzado poco apto para la aventura y la perpetración de efectos, de consecuencias”.

“Eso, y además, hoje é sábado”, divertido, Teofrasto.

“Hoy es jueves, pero sí, para vos, como si fuera sábado, Teo”, Ernestina, sentada en un sillón frente a Teofrasto, bordando un mantelito.

© Marcelo Wio

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