La astucia de la mediocridad

A falta de habilidad para el razonamiento, para la reflexión, Menesteroso Alférez había cultivado una aceptable picardía que le servía para sobrevivir. Su rostro mordisqueado por la viruela, que le daba a la cara un aspecto de felpudo, invitaba a practicar confianzas condescendientes, con lo que sus astucias se veían incrementadas: porque los incautos, por lástima, justamente, por una subestimación por portación de fealdad mansa, bajaban la guardia.
Por eso lo engatusó. Por eso y porque la hora tardía se confabuló con el conjunto para que creyera las contradicciones acolchadas con que Menesteroso lo iba rodeando, como si guiara a un ejército precario que sabe que tiene una única oportunidad para completar el cerco alrededor de su enemigo y ganar la guerra sin combatir ni una sola batalla.

Lo encantó y lo provocó con buenos augurios bien disimulados, con lecturas de indicios favorables para el destino del crédulo interesado; albures y designios aduladores y zalameros; un asedio de promesas y esperanzas vagas, imprecisas, sibilinas – que incorporaban una amenaza velada subyacente: si el engatusado no aceptaba, se arriesgaba, no se embarcaba en la propuestainvitación, pendía sobre él la certeza de una desgracia infalible, casi absoluta y definitiva –, que lo condujeron al consentimiento, a la aquiescencia sin discernimiento, sin duda analítica.
Lo cautivó con una estampida de palabras que se atropellaban unas a otras mezclando sus significados y borroneando sus implicancias, con una ginebra peleona y el auxilio de la penumbra y ese ambiente de leonera, de lupanar mediocre que pretendía coquetear con lo ilícito, y que de alguna extraña manera facilitaba inclinarse a creer en revanchas indulgentes.

Menesteroso sabía que la congregación de embustes conduce a que el concepto termine por preceder a la idea: elemento que compone la configuración de toda sugestión, de todo fraude. La idea es el entendimiento que no puede permitir – es, en definitiva, una suerte de anticipación: un adelantarse al desenlace o desenlaces posibles. Hay que desterrar, pues, la idea; suplantarla por un remedo, por una falsificación: el deseo – la obcecación a que acepten de antemano el ardid, el engaño.

Así lo condujo, como siempre lo hacía, a creer que al aceptar también quedaba dispensado de responsabilidades colaterales. El hombre firmó, luego de la tercera o cuarta copa, los pagarés sin saber muy bien qué firmaba, por qué los firmaba y quién era aquel amasijo de rasgos que hablaba; pero sí sabía que había allí un triunfo o un desquite o lo que sea que piensan los estafados en el instante mismo de caer en la trampa que es su éxito iluso, inexistente.
Menesteroso salió del local con los pagarés en el bolsillo interno de su saco. Se repitió, como cada vez, que es lícito menoscabar la voluntad (o confundirla) de aquellos que están predispuestos a ser embaucados. Un consuelo leve para una moral flexible.

© Marcelo Wio

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