Inocentes

Los mira resignado. Todos detrás de la pelota, todos envueltos en griterío. Sí, es sólo fútbol, pero qué lindo ganerle una vez, aunque sea, a los salesianos, piensa el padre Anselmo, maestro de gimnasia. Queda el consuelo jesuita de que la suya es la mejor escuela de la región en cuanto a logros académicos. Sí. Pero él, qué se le va a ser, preferiría ser la tercera, que no es poco mérito, y ganar algún campeonato suelto.
La cancha está a unos trescientos metros del edificio – una suerte de casa grande – del colegio, para no molestar al resto de los alumnos con los gritos de los que están en educación física. Es un rectángulo de tierra bien apisonada, con sus porterías de madera bien cuidadas, en medio de una meseta tacaña, acrecentada por el inicio del invierno.

Tanto criterio como tienen, piensa el padre Anselmo, para juntar dos o tres razones para componer un argumento, y tan poco como tienen para percibir una estrategia en la cancha. En eso estaba el padre, cuando uno de los chicos detuvo en seco su carrera alocada, como si se hubiese chocado con algo. Enseguida, la piernas, que todavía casi ni eran, perdieron fuelle, y se desplomó el resto de la ingeniería infantil como si recuperase, en realidad, una posición natural. El padre salió disparado.

El chico estaba quieto como una antigüedad recién desenterrada. El padre, en la desesperación, palpó sin ton ni son, buscando vitalidades o algo que hacer con su desesperación. Se giró, agachado como estaba, y ordenó, al primero que pescó su mirada, que fuera al colegio a avisar que llamaran al médico. El chico, con cara de espanto, no reaccionaba. Para ya, gritó el padre. El chico salió corriendo que lo llevaba el demonio – un aliado, después de todo, cuando las papas queman.

El padre seguía intentando constatar lo que veía y lo que su ignorancia le imposibilitaba: el chico parecía más de allí que de aquí. Y si aún aquí, entre que el otro niño llegara al colegio, llamaran al médico, y éste llegara; definitivamente de allí. Recién entonces se dio cuenta de que se trataba del niño que antes de comenzar la clase le había dicho que le dolía la cabeza. Lo que tú tienes, le había dicho, son demasiadas historias e historietas de aventuras, y le dio una colleja cariñosa. Anda, ve y juega un poco, que eso es lo que te hace falta. Y había pensado que si ejercieran una pizca de la imaginación que derrochaban en ficciones, en el fútbol, otro gallo cantaría. Ahora le parecía una burrada todo ello. El niño, a todo eso, tieso. El resto, en un silencio de corro como de velorio. No iban desencaminados, pensó, se lamentó el padre.

Y ahora, qué hacemos, preguntó un niño. En eso, el muertito, se incorporó de un respingo: Que la inocencia le valga, padre Anselmo, gritaron a coro todos, incluído el niño que había fingido una carrera al colegio, y que volvía al trote para incorporarse al asunto.

El padre Anselmo inició un gesto de furia que se quedó trunco en un rictus que le barrió la cara de izquiera a derecha y le dejó la boca torcida como en un asco sin atenuantes. Se agarró el pecho y cayó de espldas. El gesto más profundizado. Las manos más crispadas, buscando una esencia o un pecado que era preciso arrancar de cuajo. Los niños reían – habían temido una reacción furibunda, un castigo; pero ahora constaban que el padre emulaba su broma compenetrándose en el papel de manera impecable. El padre se atragantó de sí, practicó unos estertores o algo parecido, y quedó seco. Los niños festejaron la broma un rato más, hasta que uno entrevió una realidad y tocó al padre Anselmo y no había duda de que estaba muy frío – y que no era el frío del invierno que aún no era tan tremendo – y que no pestañaba y que nadie puede estar tanto tiempo sin pestañar y mirad, le acerco el dedo al ojo, se lo toco, nada. Entonces uno dijo que ni mú de la broma y el que había fingido una carrera hasta el colegio, corrió de veras.

© Marcelo Wio

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