XIII (Una noche larga)

Alden había empezado a pensar en June de una manera póstuma, desde un futuro que invariablemente la contenía en brazos de otro. Era un ejercicio de anticipación (o provocación) en el que Alden aparecía magnánimo, desinteresado, misteriosamente triunfal, acomodado en un éxito sin exigencias ni preguntas que imaginaba en cada trayecto que distase más de dos cuadras (las necesarias para armar el andamio de la ensoñación). Pero la realidad era bien distinta: no se explicaba por qué, pero cada vez que estaba por llegar a destino, June-con-otro se colaba al plano presente, una inmediatez que le revolvía todos los metabolismos. ¿Para qué cornos, entonces, toda esa escenificación mental? Reafirmación, distracción, divertimento (dudoso; incluso algo patológico). Mas, ningún rótulo se ajustaba a las posibles causas, a las explicaciones que amortiguaran la desazón que le entraba (durante el trayecto había estado sobre su epidermis, como un pullover o una bufanda creadas por su aburrimiento o lo que fuese en punto croché) cuando todo llevaba a un plano más terrenal, por decirlo de alguna manera, a un plano más real, inmediato.

Mientras se intentaba deshacer de la posible interpretación de unos hechos reiterados, Alden se sentó a esperar a Vitelli en la barra. No se imaginaba por qué lo habría citado sólo a él; bien sabía que no le caía bien o, que al menos, no era santo de su devoción. De todas maneras, no incurriría en anticipaciones que siempre terminaban por condicionarlo fuertemente. Tampoco tenía ganas de usar esos minutos que lo separaban de una charla o una confidencia o lo que fuere que lo había llevado allí, para llegar a comprender las analogías emperradas que parecían haberse colado en su vida de una manera fortuita e imprevista. Vitelli apareció por detrás y lo rescató – aunque sin saberlo – de sus divagaciones que, presintió con acierto, se dirigían a una cornisa a la que todavía no pretendía siquiera manifestarse.

Pidieron unas cervezas y se dirigieron a una mesa del fondo, lejos del ruido. Vitelli tomó un trago largo mientras Alden lo observaba algo intrigado.

– Mirá – dijo por fin Vitelli -, te habrás dado cuenta de que, por motivos que no tengo del todo claros, no tengo facilidad para hablar con vos, para tolerarte, sobre todo.

Alden pensó que Vitelli estaba allí siguiendo instrucciones de Hugo. Igualmente, agradeció la voluntad y la dosis de coraje de Vitelli de componer algo semejante a un pasadizo, un puente colgante.

– Creo que lo que pasa es que vos sos muy hiperbóreo, y a mí, un tipo extremadamente meridional, qué querés que te diga, me cuesta entender tus asuntos, mostrarme convencido, entusiasmado.

– Sí, creo que por ahí pueden venir los tiros. Por eso, tal vez, debamos jugar en terreno neutral, sin público y sin nosotros mismos. Tomarnos unas cervezas y dejar que salga lo que fortuna quiera. Una especie de catarsis.

– Por qué no. No soy amigo de las terapias, pero ésta me convence vaya a saber por qué, y supongo que ahí, en ese convencimiento, en esa fe, radica el éxito de la misma.

– Cuestión de predisposiciones.

Vitelli pidió dos chops de cerveza más y encendió su pipa. Alden encendió un cigarrillo rubio, se recostó en la silla y se dispuso a hablar, a dejar que las palabras surgieran sin intermediarios ni censores. Vitelli percibió en el gesto de Alden como una liberación, como si el otro se hubiese soltado una soga que llevaba enroscada en el cuerpo (en realidad, se obligó a pensar eso, porque siempre había pensado, y comentado con Epsteinji, que el problema de Alden se solucionaría sacándole el palo del culo). También él, Vitelli, se relajó, se mentalizó para no llenar de miguitas mohosas y de piedritas grises las palabras de Alden antes de que llegaran a su oído.

Siendo fiel al compromiso de liberar sus pensamientos y manifestarlos, empezó a contarle a Vitelli sus dolores recientes, esas dudas, fantasías y sadismos mentales que contenían a June-alejándose como tema único de partitura.

Vitelli sintió lástima. Y de allí nació la empatía que se había resistido, que lo había puesto en guardia e incómodo frente a Alden. Se sintió un tanto mezquino, como si ese acercamiento surgiera de una asimetría. Como si Alden le hubiese leído el pensamiento, le dijo: Hoy me tocó a mí. Digo, esta desnudez, esta absoluta declaración de intenciones.

– Y es suficiente por una jornada. Sumarle tragedias sería hacer de la obra un pastiche empalagoso.

Alden sonrió con sinceridad, y Vitelli sintió afecto, también sincero, por primera vez.

Nunca me va a hacer una confidencia igual, pensó Alden, porque era él el que necesitaba deshacerse de los prejuicios de receptor. Además, no creo que a un tipo como él estos dolores tan gastados, tan ordinarios, si se quiere, lo puedan asaltar alguna vez; vive tan en otro plano que es imposible que se deje engañar por las falsas zanahorias que la vida te enchufa cada dos por tres. Y yo, aunque no tengo temple ni valentía, no hago nada por silenciar mi angustia, sino que por el contario, la invoco a sabiendas de que no sabré qué hacer con ella, ni que no la podré, siquiera, controlar. Lo miró a Vitelli y le propuso salir del café, caminar un poco por Las Heras, aspirar el relente que ya se debía haber instalado por el lado del botánico y, de paso, anticiparle algo de lo del gusano que Hugo le había comentado muy por encima y que le había prometido sería expuesto extensamente en el próximo encuentro de la logia.

© Marcelo Wio

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