X (Una noche larga)

Tus pasitos de algodón mojado, retumbando contra la noche caliente y húmeda, golpeteando el parqué oscurecido y algo cascado. Siempre los espero, aunque haga mucho que no vienen a mi encuentro, como si estuviésemos desacompasados. Ahora me esperan quietos sobre el sillón, o juntitos en el balcón o donde sea que te encuentres a mi llegada.

Alden abrió la puerta del departamento; una penumbra inhóspita dejaba intuir el ordenamiento de pasillos y paredes y estanterías con libros y adornos y más libros. Llamó a June mientras dejaba su juego de llaves sobre la mesa que estaba al costado de la puerta de entrada. La respuesta de su voz le llegó lejana, algo apagada. Alden entró al salón y la vio en el balcón, sentada en una de las dos sillas reclinables, bebiendo una copa de vino, la botella casi vacía.
Se acercó con sigilo, casi tímido, como si se tratara de una desconocida; le dio un beso en la frente, que ella devolvió con un apretón tierno en su antebrazo derecho.

– Bring some more wine, would you? – pidió June.

Alden fue a la cocina, pensando en que no quería alterar la disposición de entendidos, sobreentendidos, meta-entendidos y subentendidos que componían su matrimonio. Sabía que si le decía, o le insinuaba lo que había ido creciendo dentro de él, como un musgo resbaladizo y tupido, todo se iría irremediablemente al mismísimo carajo. Llevó la botella, y una copa para él. Se sentó frente a June y se miraron largamente, evitando las palabras. A lo lejos se veían los relámpagos de una tormenta que se acercaba resuelta; eran como várices inyectadas con alguna sustancia fluorescente. Se imaginó que Hugo, en ese mismo momento, debía estar cubriendo las distancias insalvables con Úrsula. ¿Podía ser una casualidad la similitud de circunstancias? Acaso fuese una suerte de hipocondría afectiva, amorosa; o alguna pelotudez por el estilo.

© Marcelo Wio

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