En un santiamén

Ay, Miranda, si no fuera tan torpe con las palabras, tan atragantado de inseguridades, la de cosas que le diría; o, más bien, cómo se las diría, porque ahora mismo podría decirle muchas cosas, pero se verían rebajadas al rango inexorable de la ordinariez. Y no es culpa mía. O al menos, no enteramente. No tuve más educación que la de primero, segundo y tercer grado inferiores. Después tuve que empezar a arrimar el hombro, como se suele decir. Y sin ese sostén que es la educación, los intereses viraron para el lado de las facilidades que ofrece la vida: la timba, el fóbal, los coches, las mujeres (como concepto sexual; como objetos, como se dice ahora); hecho que me alejó de posibilidades más intelectuales. Un perro bobo que se muerde la cola, que dicen. Así que imagínese, con las condiciones apropiadas, lo que este entusiasmo temblón que tengo por usté, me permitiría decirle. Pero si abro la boca ahora, en lugar de seducirla, la repelería: otro besugo alzado con pretensiones de lujurias y si te he visto no me acuerdo. Y nada más alejado de la realidad: ante usted, soy carne de reincidencia, querida Miranda; afecto esclavo. Pero en este momento sólo se me ocurre relatarle su rostro – admirado, admiración, exaltando su belleza -, que, claro está, usted tiene bien visto, puesto que nada mejor que un espejo para constatar los propios rasgos. ¿Lo ve? Si ni siquiera puedo ni comenzar a alabar sus virtudes físicas, cómo pretender, pues, hacerlo con las espirituales, que se corresponden como un guante con su externalidad – ¿se dice así? -. Si tan sólo pudiera transmitirle toda esta masa de sentimientos que siento por usté… no sé… como por ósmosis o telepáticamente; acaso así usted me vería con otros ojos, y no como ese precipicio insinuado por un pantalón que, por más que lo ajuste, siempre que me agacho a arreglar cañerías, cede y deja en evidencia el surco de una inferioridad (no física, sino social). De manera que usted le habla mi apariencia y le dice groserías. Y las pienso, querida Miranda. Como las piensa el director de un banco, no se vaya a creer. Los hombres conservamos una animalidad que ni bibliotecas ni universidades morigeran. Decía, amada Miranda, que pienso, o imagino, alguna que otra sicalipsis – me aprendí la palabrita ayer, ¿a que está muy bien? – con más de alguna clienta. Si usted viera a algunas, cómo lo atienden a uno, como si uno fuese de piedra, un eunuco de esos, un asexuado o vaya a saber que otras especies privadas de deseo o, más bien, de las posibilidades de su satisfacción. Pero mire hacia dónde voy desbarrancando, Miranda. ¿No vé lo que le decía? No sirvo para manifestar razones. Porque al fin y al cabo todo en esta vida es sólo una cuestión de poder decirlas – de cómo elaborar el arguemento favorable, digo -: todos las tenemos como idea, como ideal o lo que sea que habita nuestros interiorismos más recónditos.

 

Bueno, señora Miranda, esto ya está. Una era una junta de goma, nada serio. Se van resecando y terminan por rajarse, y ahí empiezan a perder agua. Bueno. Son 35 pesos. Tenga usted un buen día también.

 

 

© Marcelo Wio

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