El enviado

Llegaba envuelto en un halo de fatalidad, tristeza y sumisión; enviado por el gobierno a fiscalizar la renovación de las tejas de madera de los techos. Cada año arribaba provocando esa sensación de irreversibilidad angustiante en los habitantes del pueblo. Cada año estaban obligados a cambiar las tejas de madera, afectadas por una enfermedad – al poco de colocarlas, se comienzan a resquebrajar, primero; y a deshacer, después, como si fuesen de cartón – que ciertos expertos a sueldo del gobierno habían decretado originada por la humedad espesa que puebla aquellos territorios inhóspitos, casi un divertículo en un extremo del mapa.

La realidad era bien otra; era la madera, los árboles, los que estaban enfermos: un hongo que reblandecía por dentro las celulosas. No era complicado detectar las zonas infectadas: árboles vencidos, como derretidas sus copas sobre sí mismas; menguados de follaje, descoloridas sus cortezas (un marrón grisáceo) – los lugareños les adjudicaban el cansancio de la edad y estaban convencidos de que la madera era como cualquier otra; al punto aque al momento de talarlos, estaba como siempre: firme, dura -. Pero los expertos no se habían llegado hacia esas montañas, y habían dictaminado que el síntoma era la enfermedad: algo, por lo demás, muy habitual en dependencias oficiales.

Llegaba, pues, el enviado. Con el auxilio de una escalera se subía a los tejados donde hacía mediciones y otros esperpentos que fingian un sentido responsable. Siempre encontraba algún defecto, algún incumplimiento a la normativa que sólo él conocía, y que devenía en una sanción onerosa. Demasiado para las economías de aquellas gentes: artesanal, atada a un tiempo pretérito que permanecía; suficiente, por otra parte, para esa realidad. El enviado, entonces, proponía un arreglo que presentaba como conveniente para las partes: él pagaría la multa – siempre hallaba un intersticio, un trampa para reducirla un tanto – al llegar a la ciudad, y a cambio, el penalizado, le cedía un trozo de tierra, apenas una tajadita de nada. Siempre era de nada. Y siempre adyacente a un trozo de nada que ya había obtenido con anterioridad por esa misma vía. De nada en nada, el enviado se había hecho ya con una porción considerable de aquella región. En breve, columbraba, comenzaría a arrendar las tierras a sus antiguos propietarios. Nada como una buena burocracia aderezada de ineficacias, negligencias e ignoracinas, pensaba. Nada como un paraje remoto, como aquél, que no interesaba a las pretensiones de nadie más.

Se iba siempre envuelto en el mismo halo. Halo que no le pertenecía, claro. Era la materialización de los ánimos del pueblo, y quedaba instalado días y días sobre el caserío, hasta que las rutinas se imponían sobre la memoria. Siempre se iba de aquella manera. Siempre menos la última – “siempre” es una realidad que evade a la humanidad -. Siempre había sido cuidadoso de ir aprehendiendo trozos pequeños, nunca repitiendo sucesivamente en una misma propiedad; siempre había tenido la precaución de no arrinconar a ninguno de los propietarios. Pero llevaba tanto tiempo haciéndolo. Tanto tiempo, y cada vez veía más cerca la consecución de su proyecto, de su rapiña, que se tornó descuidado. Incluso, en las últimas tres visitas, había mostrado una prepotencia innecesaria. De esta guisa, no se percató de que era el tercer año consecutivo que mordía de la propiedad de Ernestino. Y que esa mordida era la última que se le podía dar a su propiedad.

Se iba siempre seguido por los rencores silenciosos y abnegados de los habitantes. Sin darse girarse. Contaba con esa mansedumbre que despreciaba (siempre en silencio, inmutable – excepto por las muestras de arrogancia recientes -), con esa renuncia que juzgaba atávica. Aquella vez tampoco se giró. Pero lo que sintió – o, más bien, presintió – , no fue el sometimiento callado y quieto, sino los pasos de Ernestino, livianos y ágiles a pesar de la edad pesada. La piedra no le dio tiempo a interiorizar y razonar el evento. Tendría que haber maliciado, siquiera espoleado por sus propias intenciones, que aquellos rencores iban, como propio su propósito, creciendo paulatinamente, condensándose, con el auxilio de la humedad, en una determinación inexorable; en un grumo que iba adquiriendo la forma de una represalia única, rotunda, definitiva. Para ello hubiese precisado, como mínimo, la morigeración de su desprecio.

Cayó envuelto en una indiferencia sin malicia: antes aún de que todo el cuerpo se hubiese apoyado en el suelo, el pueblo entero había comenzado a olvidarlo. Lo recordaron lo suficiente para darle sepultura sin marca en medio del bosque, lejos de miradas y preguntas que nunca llegarían, porque nadie lo echó de menos en ningún lugar. Es lo que tiene la burocracia: termina por olvidarse de sus ejecutores marginales.

© Marcelo Wio

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