Secuelas de la estiptiquez de tía Esmerilada

El caserón de la calle Apolodoro al 1357, donde vivíamos un rejunte (muy numeroso) variopinto de humanidades que denominábamos familia (los elementos del conjunto definidos tácitamente en tanto y en cuanto como habitantes de dicha topografía), llevaba revolucionado más de una semana. La tía Esmerilada – de una edad que rozaba la eternidad – llevaba más de ese tiempo sin “ir de cuerpo”, como había dictaminado lo evidente el médico (el Dr. Ptolomeo Fernández, que había atendido a los miembros de la familia-conjunto desde tiempos remotos). Todos nos interrogábamos con la mirada, como quien espera un nuevo alumbramiento, evitando las palabras, como si éstas fuesen a romper el fino equilibrio entre el deseo (la necesidad, en el caso de la tía Esmerilada) y el suceso deseado. Vez tras vez el interrogador recibía un gesto negativo, acompañado con una bajada de la mirada que parecía huir de los vaticinios ominosos, a modo de respuesta.

Los ritmos circadianos andaban todos alterados, y era común encontrarse a familiares en los pasillos y zonas comunes espantando insomnios entre humaredas de cigarrillos y espirales contra los mosquitos – lo que daba al ambiente un aire de limbo, de irrealidad. De hecho, algunos miembros de la familia comenzaron a practicar una fe que se apoyaba en la llegada de un “mesías” (es decir, de que la tía “fuese de cuerpo”) como tabla salvadora para el porvenir del caserón y sus ocupantes. Creencia escatológica que fue derivando en un culto al inodoro, que, paradójicamente, prevenía a la tía Esmerilada de cualquier incursión expedicionaria al baño – lo cual, evidentemente, alimentaba (por vías de la postergación del hecho, de la “venida”) el dogma.

Mientras tanto, las mujeres de más edad convergían en los fogones de la cocina para barruntar mejunjes de yuyos y yerbas que ayudaran al tránsito de lo atascado. Los hombres, en tanto, realizaban cábalas numéricas (17, la desgracia; 91, excusado; 92, médico; 73, hospital) vislumbrando provechos del infortunio. El abuelo (no sé por qué lo llamábamos así, si nunca había tenido descendencia, siendo, pues, su definición una imposibilidad biológica) Garibaldi Ortigoza era el encargado de ir a jugarle unos pesos a la combinación de números diaria que surgía del conciliábulo de los timberos.

Poco a poco, todos fueron olvidándose del estreñimiento de la tía Esmerilada, tan vueltos sobre los caminos abiertos por, precisamente, su estiptiquez. La fe de los escatológicos fue mutando (a saber por qué derroteros) hasta convertirse en un fanatismo por el Fútbol Club Ahumadores de Salmones. Los timberos buscaron otros mensajes, otras señas numéricas en las que depositar su seguridad ganadora (que ya acumulaba pérdidas irrisorias).
Un día me a la tía crucé un pasillo y rompí el recato para preguntarle sin mayores circunloquios y eufemismos si había podido “ir de cuerpo”.

Vos siempre fuiste medio rarito con tus fijaciones… – fue todo lo que respondió, meneando la cabeza lamida de años.
La respuesta me inclina a conjeturar que sí, que “fue de cuerpo”. La duda que ha empezado a construir sus sañas, es si alguna vez hubo constipación o no; o si todo no fue más que un rumor interesado de los “creyentes” o los “timberos” para justificar sus fines (sus medios, más bien).

© Marcelo Wio

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