Reconversión

No lo tomó por sorpresa. Los rumores. Las estadísticas a nivel local, provincial y nacional. Los números de la bolsa de valores de Nepal. El ambiente de incomodidad y darwinismo chabacano y mal interpretado, donde el más apto no suele ser el más idóneo, sino el que practica la obsecuencia de manera más persistente, más abyecta. Así pues, cuando le comunicaron su despido (por reducción de personal; explicación que le importó más bien poco, y que no lo consoló nada), ya hacía un par de días que su mente había dejado de trabajar para la empresa. La indemnización no estuvo tan mal como había calculado dos noches antes, observando desde su salón la esquina vacía, iluminada de algo parecido a una leve tristeza alegre, naranja, por la farola. También había había pensado en cuánto cobraría de paro. Pensaba, en realidad, cuánto tiempo podría estar sin trabajar. O si debía ponerse a buscar inmediatamente lo que terciase. Concluyó que tenía como medio año sin preocuparse; medio año cotejar ofertas laborales. P

De ello hacen ya dos semanas. En ese tiempo, se ha asombrado descubriendo como por primera vez ,su piso breve pero cómodo, como un lugar de hecho agradable. Antes, pues era un lugar donde comer algo rápido, donde dormir; a lo sumo, donde ver el fútbol el fin de semana. Un buen lugar para estar los días de lluvia y fresco, sin lugar a dudas. Pero ahora, resultaba otra cosa. Un lugar que lo retenía. Con cariño, sin exigencias. Sutilmente. Pero lo retenía en días de dormir sin despertador, de tomar el café en el salón, leyendo. De encargar algo para comer. De leer un rato más y caer rendido en una siesta ilimitada, sin vergüenzas. Días lánguidos, vaporosos y amenos de despertarse de la cabeceadita de media tarde, sólo para ver alguna serie – había decidido conservar el cable dos meses más; luego lo daría de baja, si no había conseguido nada -, pedir comida para la cena; acaso, incluso, ir a comprarla, si total son dos calles. Luego una película, un partido de fútbol. Finalmente, a la cama, a leer otro poco. Y así los días. Uno. Largo. Narcotizante. Sin saber que lo ameno sólo es la trampa para conducirlo a uno hacia interioridades siempre, siempre, estremecedoras.

Se entretenía, de tanto en tanto, descubriendo el origen y significado ruidos vecinales. Iba conociendo poco a poco el edificio. Su respiración percutida. Sus desperezamientos como de metal y cáscara de huevo. La vecina de arriba llegaba tarde, y apenas si le ofrecía un sonido que descifrar (el de la puerta; apertura y cierre); parecía llegar y, sin solución de continuidad, meterse en la cama. Hacía mucho que no se cruzaba con ella. Había habido un tiempo en que habían intimado – al punto de darse cada uno las llaves en caso de que se las olvidasen y demás contingencias -, pero no sabía si su apresuramiento o qué, había enfriado todo hasta el punto de dejar de verse de un día para el otro. Iba y venía, ahora. Debían ser unas chanclas, con lo que redoblaba un ritmo de despreocupación y lo convertía en un allegro moderato.

La actividad de inspecciones y descubrimientos auditivos dio paso a la actividad en las redes sociales; algo en lo que nunca había caído. Ya que no salgo, se dijo, chismeo por aquí. Pensó en instalarse con su ordenador portátil en la mesa que tenía en su habitación. Pero optó por el salón. El televisor encendido – en cualquier cadena – para sentirse acompañado. O no, no era eso; para sentir el apartamento más relleno de presencias además de la suya. El montón nos evita enfrentarnos con nosotros mismos. Así pues, de frente hacia el sofá (a su derecha) y el televisor (izquierda), una mesita baja () en medio, y la ventana que iba del piso al techo y que daba la esquina, que de día carecía de todo encanto. El día, en las ciudades, está muy despretigiados. Acaso porque muestra las escasas dignidades de sus edificios y sus gentes, como si hubiesen perdido una partida con el destino. En fin, a su lado (izquierdo) tenía un ficus – planta solitaria, que alguien le había regalado para darle un carácter más acogedor al piso o algo por el estilo; hay que desconfiar de los regalos que precisan una explicación – al que regaba sin darse cuenta, como si tuviese un mecanismo automático que le permitía ocupar la mente en otras cosas (no siempre más productivas o interesantes; más bien casi nunca, realmente). La adpatación a esta sociedad de artilugios e ingenios diseñados para resolver aspectos de la vida, mientras crean unas necesidades nuevas, para las que no estamos preparados, exige, cada vez más, de tales habilidades de automatización o de disociación (de esto último, había ejemplos abundantes que se ponían en evidencia en la cena de navidad).

Pasaba, pues, las tardes sentado, recorriendo biografías evidentemente fraudulentas de ex compañeros, conocidos, conocidos de conocidos, familiares lejanos y cercanos. Sentado al lado del ficus. La planta había crecido de lo lindo en estas últimas semanas. Se la veía vigorosa, con ánimos de seguir escalando espacio. Brillantes las hojas, como si alguien entrara mientras dormía, y las abrillantara. Le había empezado a hablar, a la planta, sin darse cuenta; cuando se percatón, pensó que lo hacía sobre todo porque sus conversaciones se habían limitado al pedido por teléfono o a las sintéticas conversaciones de cortesía en una casa de comidas. ¿Cuántas palabras diría por día? En voz alta, claro, las otras, las que uno mantiene consigo no cuentan. Esas, a veces, restan.

Como fuere, fue por ello que una mañana – a los dos o tres meses de llevar esa vida de eremita de salón; suerte de Óblomov ibérico – notó al ficus extraño. Le había echado agua – ya no era un automatismo, ya no era necesario -, incluso algo de compost natural. Y, aún así, había algo en él que delataba un decaimiento. Eso era. Las hojas no estaban firmes, tensas, como antes. Coincidó esto con su hartazgo de las redes sociales, que le quitaban el tiempo – algo así como un mes o más; ¿hacía cuánto no miraba un calendario? – para los libros y las series, y a cambio no ofrecían más que pequeñas dosis de exhibicionismo y ostentación fraudulentas. Coincidió también con una sensación extraña en él. Algo indefinible que le recorría el cuerpo, pero que mayormente se asentaba en el pecho. O no, eran más bien pequeñas opresiones como de estar siendo recorrido por un escarabajo que cada tanto parecía ganar peso o perderlo, por su presión inconstante. Creyó escuchar un eco de pasos que provenía de su interior. Qué digo, por dios. Era la vecina del piso superior. Vaya alivio. Desde hacía días pasaba más tiempo en la casa. Otra en el paro, conjeturó. Ese día lo dedicó a mirar televisión. Y a olvidarse de comer. En realidad, no se olvidó. No al mediodía, al menos. Pero no tenía el cuerpo como para masticaciones y digestiones. O no lo necesitaba. No supo decir cuál era el motivo de la inapetencia. Tampoco le interesaba mucho: quien poco se mueve, poco consume. A la noche sí se olvidó.

Al día siguiente algo lo impusló a abrir el ordenador y a ponerse a escribir. Describía sus sensaciones, novedosas, que le eran esquivas a la hora de trascribir las impresiones en palabras. Escribía cosas que eran como grumos que creía o había creído alguna vez que habían sido anhelos suyos, pero habían resultado ser los de otra persona, o de otro momento. Escribía sobre la oficina. Conjerturaba qué estarían haciendo fulano, mengano y Zutana (así era el nombre de la recepcionista; los otros dos eran, efectivamente, alusiones a cualquiera – si no recordaba mal, había habido también una Silvia Perengano, en contaduría). Escribía, y a medida que lo hacía, esa sensación se hacía más evidente. No, esa no era la palabra exacta. Más manifiesta.. Tampoco. Más insistente. Insistencia sin señal, sin una leve aclaración. De tanto en tanto, le ofrecía una mirada al ficus, que indudablemente estaba alicaído, como si se le hubieran comenzado a licuar las hojas y las ramas más distales. Le echó agua. Palpó las hojas con afán de conocimiento, de salvación, pero sólo las encontró reblandecidas, sin lustre. Al medio día encendió el televisor, se echo en el sofá, y ahí mismo amaneció al días siguiente.

Lo primero que hizo, sin levantarse aún del sofá, fue examinar el ficus. Las ramas que salían del tronco principal estaban apenas vencidas, en arco, como comenzando a arrodillarse. Miró hacia la ventana. El cielo blanco desangelado. El día trascurrió entre horas de lectura y televisión. Algún alimento breve, de lata de conserva. A media tarde comenzó a sentir el cuello extramadamente contracturado. Apenas si podía moverlo hacia los lados. Le dolían las articulaciones. Sentía una especie de flujo y reflujo recorriéndole las extremidades. Estaré incubando una gripe, pensó, más que nada para tranquilizarse, porque ninguna de las gripes previas habían obrado así en sus etapas iniciales. Cogió una manta y se tiró en el sofá a ver una película. Cualquiera. Preferiblemente mala, clase B, de tornados o terremotos. Algo que lo distrajera. A saber si lo distrajo o no, pero sí se terminó por dormir (lo cual no siempre es alivio para el que maquina, sino el peor ecenario para las ideaciones perpetradas y recogidas durante el día, durante la vida).

La mañana parecía una copia de la anterior. Sofá. Él allí echado. El ficus decaído. La ventana mostrando un blanco enceguecedor de invierno. No se decidía a levantarse del sofá. No, no es que no se deciera, no podía. Una especie de temor. ¿De temor a qué? ¿Qué tonterías se me meten en la cabeza? Se sentó en el sofá, y esa pesadez vacía que tenía en el pecho bajó de pronto a los pies, como encharcándolos, enlodándolos. Reteniéndolos. Notó sus brazos como resecos. Lo mismo el pelo. Será la falta de comida, se dijo. La gripe esa. Y que hace dos o tres días que no me baño. Pero en el cuero cabelludo sintió unas protuberancias pequeñas, apenas perceptibles. Estuvo palpándolas un rato, deciendo si se las racaba o qué. A lo largo del día, que pasó tumbado en el sofá, oyéndose, sintiéndose, las piernas y los brazos fueron adquiriendo un tono amarronado, como de mesa de pino, de esas que venden por dos duros en cualquier mueblería cutre.
En la televisión un grupo de muchachos y muchachas, ya creciditos, y vestidos como si no hubiesen quedado más tallas que esas diminutas; ni más ropa que esa ridícula, discutían celos, amores, que no se entendía muy bien a cuento de qué. Y, sobre todo, a cuento de qué lo mostraban en televisión. Buscó el refugio de los canales de serie. A lo largo del día, se levantó sólo dos veces. Las dos para buscar agua. Sentía una sed desconocida. La primera vez, se llenó una botella de dos litros, y se la bebió en la cocina, todo el contenido de uno. La volvió a llenar, y se bebió media. La volvió a llenar y se la llevó para echarle agua al ficus, que ya parecía irremeiablemten caído en una batalla de la que él no se había enterado. La segunda vez que buscó agua, tomó cinco litros sin detenerse – tal sólo el tiempo mínimo entre llenado y llenado -. Estaba asutado. Se seguía agarrando a la explicación gripe. Había sentido un dolor agudo en las articulaciones de los codos al beber. Tuvo miedo de palparse la cabeza. De recurrir a un espejo. Los espejos, le había dicho su abuela, muestran lo que el inconsciente del observador quiere revelar. No confiaba en su inconsciente en esos momentos.

Cuando amaneció al día siguiente, sentía sus extremidades rígidas. Le costaba flexionarlas.Las protuberancias que en un principio había detectado en la cabeza, ahora estaban en todo el cuerpo, espantosamente evidentes, con forma de puntas de lanzas pequeñas, gordas. Dormir. Dormir para despertarse de eso que debía ser un sueño o un desvarío de la fiebre dela gripe. Eso y los sonidos nuevos de la vecina de arriba confundiéndome. A lo largo del día ese endurecimiento se fue haciendo casi definitivo. Apenas si podía mover la boca, los párpados. Miraba televisión. Sin parar. Dormir. Mañana se habrá pasado la fiebre, y ya esteré mejor. Eso. En la televisión había una señora leyendo (sobando) con unas manos avejentadas una bola de cristal vulgar; mientras tanto, hablaba con alguna telespectadora y, con voz cigarrera y flatulenta, le decía patrañas repetidas. En pleno 2014 los timadores tienen horas de oro en pantalla, las horas de los desesperados, de los que están deseando agarrarse a cualquier farsa. Acumulación de monstruosas corrupciones y engaños maquillados con hipocresía vulgares que la astucia comercial llama de otro modo (índice de audiencia; ingresos por publicidad), había dicho un filósofo o un pensador o algo por el estilo sobre la basura que vomitaba la televisión sobre las personas. Como si lo fantánstico existiera fuera de las páginas de los libros, de las imaginaciones afiebradas. Eso fue lo último que pensó antes de dormido. En ese momento, la parte superior del ficus tocó el suelo.

***

Llamó un vecino. Las cartas y las propagadas rebasaban su buzón y caían formando una pila conspicua, en forma de medio cono, sobre el piso del vestíbulo del edificio. No es que uno sea un metido, un cotilla o un exagerado, pero es que ni se lo ve. Y hay luz en su casa. Y el televisor está encendido. A todas horas. Vamos, que uno no quiere ser pájaro de mal agüero, pero algo extraño pasa ahí. Y esta es una comunidad de familias. Dos policías se presentaron. La vecina del piso de arriba – que efectivamente se había quedado sin empleo hacía unas semanas, y ahora estaba todo el día en su piso – les facilitó la llave. La puerta dejó salir un calor como de invernadero. Enseguida se impuso el olor encierro, a descuido, a caducidad. Todos los ambientes despejados. Ni rastro del muchacho. Se habrá ido. Pues sí. Pero dejar todo encendido… A saber qué lo reclamaba. O qué lo acosaba. Vete a saber. Los vecinos se agolpaban en el pasillo postulando causas. Otros, incluso ya andaban por las conclusiones. La chica del piso de arriba dijo que se llevaba los dos ficus a su casa – el que estaba junto a la mesa del salón, y el que estaba entre el sofá y la ventana -. Así, mientras vuelve y no, los riego, una pena dejarlos secarse con lo frondosos que están. Poco más tenía para hacer. Y unas plantas, en su piso desangelado, sin plantas, sin más adornos que unas láminas insulsas en las paredes, ayudaba al ánimo, que andaba con pretensión de desbarrancase. Llevaba dos meses en paro… No, mes y medio. O así. Y no encontraba trabajo. Y cada vez le costaba más salir de casa. Toda distracción era buena.

 

© Marcelo Wio

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