Palabras, frágiles velos de palabras

Era lo único que nos iba quedando – si es que uno puede reclamar posesión sobre tales terrenos -. Las palabras ya fraudulentas, que contaban un pasado a la medida del olvido. Eso. Y la casona. Nosotros, como prisioneros de ese pasado tan prestigioso, tan improbable, y tan creíble. Pasado que nos eximía de presentes.

Eso, y la abuela presidiendo el recuerdo. Cuando ella… Dios no quiera. Desbandada, deserción forzada. Porque ella es el aglutinante: como un centro que mantiene las gravedades apropiadas para cada miembro.

***

Protegida por los recuerdos, la mayoría un aglomerado indiferenciado de intenciones, afectos leves y los restos de su inquina ya menguada, Teresa Valle de Santiago, encabezaba la mesa larga y maciza en la que, cada noche, se juntaban los adultos que quedaban de la estirpe, a remedar una época difusa. La abuela Teresa había concluído, sin saberlo, que lo mejor ante la nueva memoria que se iba construyendo a pesar de todos, era lograr que no se pudiera precisar ningún hecho reciente – tomó como fecha el año del señor de 1933 -, mezclándolos con los prejuicios perennes, con las memorias dudosas que conservaba la abuela y con un olvido meticuloso: la familia, obediente, reproducía la vida familar anterior a 1933. Lo hacía, claro está, inexactamente. La realidad se limitaba así a porciones, trozos, como los que se divisan por una ventana, una puerta entreabierta: exterior, sin participar ni modificar la escenificación del pasado – sus charlas, sus prestigios imantados a la propiedad y al apellido, al lujo sin vulgaridad de su palacete, de sus vestimentas – raído, disminuído por creer que con un apellido bastaba para manejarse entre hacendados, financistas y sequías.

Reproducía, la familia, un ambiente de palabras. Una recitación. Una memoria que ya comenzaba a contener más incertidumbres que seguridades. Por eso, ellos mismos, cada vez más, tuvieron que ir añadiendo fabricaciones del momento. Lo que equivale a decir que comenzaron a relatar. Historias. Como una manera de conjurar manchas de las que nadie hablaba, pero de las que todos estaban al tanto, porque estaban en cada instante que habitaban.

Todo aquello no era otra cosa que una ceremonia destinada a saturar el ambiente de palabras de manera que no quedara un hueco por el que pudieran colarse aquellas que, forzosamente, se habrían referido, a su historia, a su mácula, a ellos mismos…

***

Finalizadas esas comidas dominicales, los adultos nos retirábamos al salón – un inmenso testigo de la ruina de familiar, con sus muebles avejentados, sus cuadros como escurridos, sus alfombras harto transitadas -. Recuerdo siempre la gran chimenea encendida, las llamas bajas, la madera crepitando.

Cada uno de nosotros, en un orden aleatorio – pero que por ventura no repetía nunca orador antes de haber concluído la ronda -, hacía como de oficiante, y comenzaba a narrar una historia que a veces contenía una verdad familiar enmascarada, que en ocasiones contenía un sentido, un significado, no siempre evidentes. Y a veces esas narraciones no tenían más verdad que el preciso ayuntamiento de las palabras sostenidas por el capricho o el afán de escapar de ese momento que llevaba durando desde los 1930.

Eran crónicas, en definitiva, que hacían imposible saber qué era cierto y qué una invención – puesto que terminaban por ser intercambiables; como mordaces palíndromos -; pero que de alguna manera constituían un extraño, y a veces perverso, bucle autorreferencial: la familia contándose su propia historia a través de un cúmulo de incertidumbres que mentían una insidiosa seguridad – que era la que nos prevenía de alejarnos de tal práctica, la que nos retenía en aquellos territorios -.
Cada uno separaba la paja del grano según los ánimos, las conveniencias o el tedio. Cada uno obtenía su propia representación.

A fin de cuentas, la realidad la vemos siempre como a través de una persiana que sólo permite ver porciones de la misma (muchas veces, las adecuadas a nuestros fines o conveniencias); las otras, debemos inferirlas de lo entrevisto.

***

Toda exageracion precisa una autenticidad en la que fraguarse. Eso me dijo mi padre una vez. Desechaba yo no sé qué cuestiones o argumentos, de pleno, cuando me me soltó aquella frase que seguramente la había leído en algún lugar. Escucha rntre toda la marabunta de embustes, siempre hay una certeza. No podemos partir desde la propia mentira. Tenemos que anclarnos en algo para emprender ese viaje, o lo que sea. No se puede engatuzar sin verosimilitud. Y esta yace en un punto de una letra, de un escrúpulo, de una necesidad. Precisamos ese punto, ese centro, para expandirnos. Yo lo comprendí tarde. En esta vida hay que engañar. Y el que lo hace mejor, es que sabe qué verdad utilizar, cómo erigir su estructura embustera desde ese amarre – que, además, debe quedar bien oculto: descubrirlo es disolver la fabulación -. Ese fue el único consejo que recibí de mi padre. Una tarde. En el salón de la casona. Él observaba un cuadro – el busto de un antepasado, pintado oscuramente -. Parecía querer decir un reproche. Pero el cuadro no valía. Lleno de polvo el marco en la parte superior o inferior, como si los componentes de las pinturas utilizadas fuesen migrando lentamente a los polos.

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Faustino Conde. ¿Les dice algo ese nombre? No, seguramente, no. ¿Y Leopoldo Valdivia? Ese sí. Ese es un nombre que se explica a sí mismo, que explica el trazado de las vidas de una época. Leopoldo Valdivia llegó al pueblo solo; venía de vaya a saber dónde – alguna vez alguien mencionó el nombre de una ciudad del norte, pero poco más; y ya sabe, esos decires son poco fiables: en un pueblo, todos quieren saber más que el resto -. Llegó con su humanidad y nada más. Al menos, nadie le vio macuto o alforja. Por un simple hecho. Nadie lo vio llegar. O no recuerda haberlo visto, sobresaliendo como una figura extraña al paisaje habitual de rostros. Fue apareciendo en el horizonte diario de cada uno sin llamar la atención, casi convenciendo a todos de que él siempre había estado allí: parte de la retícula de calles y casas e idiosincracias; parte cotidiana de los decires sin trascendencia, esa cuota diaria de palabras sin relieve, de sonidos sin estridencia; de hablar por hablar, porque no se sabe piar – se sabe remedar el sonido, pero no los significados – : rudimentos repetitivos sin mayores consecuencias que el relleno de instantes.

Me sigue resultando extraño que nadie lo haya notado. Era un pueblo volcado sobre sí, que se decía a sí mismo las mismas cantinelas. Cómo es posible que un rostro nuevo, que una personalidad nueva – y vaya si la tenía -, no hayan llamado la atención.

En fin. El poco pasado que contó alguna vez, porque algo tenía que decir, no podía ir oyendo siempre, dejando palabras inmediatas, puede ser verdad o una mera distracción (no soy quién para evaluar la veracidad de un pasado inaccesible). Imposible saberlo a esta altura: aquellos que acaso podrían haberlo confirmarlo o desmentirlo, hace tiempo fallecieron. Algunos que lo trataron algo más, referían que siempre contaba las mismas dos o tres evasivas, que no variaba nunca, como si hubiese memorizado un texto o un armazón. Igualmente, llega un monento en que las fabricaciones, de tanto repetirlas, y de ser incapaces de constatarlas, terminan siendo ciertas. Poco, pues, sobre él: que venía de Villanueva, que había tenido y que lo había perdido entre sequías y malas manos al fondo de un café. Que se marchó porque ya no le quedaba más que el recuerdo de lo que había sido, recriminándolo. Así pues, podía seguir siendo allí, no quedaba nada que lo vinculase con esas gentes más que aquello que ya no era. No es una historia descabellada si se la toma aislada de todo contexto. Pero si se la une a su llegada casi a hurtadillas, su incorporación paulatina, anónima, como si fuera haciéndose con una posición inexpugnable, y lo que ocurrió después; entonces la duda respecto de esas referencias esquemáticas crece mucho.

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Le voy a dar mi opinión. Usted es libre de hacer con ella lo que quiera, o lo que pueda. Creo que en algún momento, Leopoldo canceló tajantemente los nódulos de su historia que lo marcaban, lo avergonzaban, lo imputaban; en fin, que lo conminaban a una marginalidad insoportable. Creo que hizo algo más que perder una fortuna. Creo que no huía de algo tan simple como ese contratiempo – visto lo visto, podría haber recuperado lo perdido, e incluso aumentarlo, en Villanueva -. No, él no podía escapar de algo tan corriente, tan inocuo. Pero es imposible conjeturar nada a partir de las mezquindades que ofrece, que además muy probablmente sean mentiras. Ahora, esa imagen que ofreció, y que luego alimentó y llegó a vivir, precisaba alguna porción de verdad para rellenar los huecos narrativos – porque, además, inevitablemente hay algo del propio pasado que debía enorgullecerlo, como a todos; o algo que se le quedara pegado – para que no se desbarajustara la coherencia interna del papel que se obligaba a interpretar.

Ya ve, sólo pueden contarse porciones de vida. Y en el caso de Leopoldo Valdivia – de Faustino Conde; no le diré cómo supe de ese nombre adosado a una persona que había conocido como otro – , aún hay una restricción mayor, sólo puede hacerse a partir de que se le hizo evidente a todo el pueblo, que estaba. Que se quedaba. Que no era un hombre corriente. Que había algo esquivo en él. Algo que hacía a la gente retroceder un paso, silenciar un rumor, sonreir más de la cuenta, hablando mal y pronto, poner prieto el culo. Hacía sentir a la gente como en deuda con él, inferior a él. Curiosamente, Leopoldo me contó una vez, que en el pueblo había sentido por primera vez que era parte de algo, que pertenecía a un lugar, a sus gentes, sin escalafón. Pero enseguida uno lo veía rubricando pretenciones que él debía ver como prestigios indispensables, como derechos inalienables. No sé quien fue que dijo en una charla de esas que, de tan iguales a tantas otras, no tiene ni fecha ni rostro, que Leopoldo Valdivia sólo creía en el reconocimiento como forma de autoridad, y en una pequeña piedra de un color verdoso que llevaba colgada al cuello por medio de un cordel de cuero renegrido.

Como sea, su pasado se evaporó en el camino tan sin nada que componga una sombra, tan expuesto a todo y a esa nada inmensa que lo abraza, entre Villanueva y Santa Ana. Y lo cierto es que poco importa su cronología, sus sombras, sus miedos, sus culpas e indignidades, anterior. Lo que sucedió, fue todo urdimbre del presente, de su presencia en el pueblo. De la mezcla indebida de Leopoldo y el pueblo. El hombre siempre está apareando lo que debe permanecer separado.

Inquirió por un galpón deteriorado que había a las afueras. Le dijeron que había sido de alguien, y que ese alguien ya no era y no había nadie que continuara su sangre. Allí se instaló. Nunca nadie supo a qué menesteres le dedicaba sus horas. Aquellas que no se dejaba ver. En tanto, el galpón fue tomando la forma y el aspecto de una casa. De algo más que una casa. De casona. De un ímpetu. Solemne y terrible. Al fondo del pueblo, como un templo o algo que podía devenir, en nada, en una abyección. A la par, prosperaba sin que nadie supiera, como ya le dije, la fuente del mismo.

***

¿Quién habla?

Un hombre.

Tú no eres hombre. Tienes voz de haber vivido más de lo que tu aspecto miente.

He vivido los plazos que han legislado para mí.

¿Quién crees que decreta? ¿Dios?

Acaso.

¿Eres infiel?

He sido infiel a todo cuanto he sido.

Eso es ser hereje. Quién eres tú para negar lo que eres: lo que alguien compuso. Lo que alguien promulgó.

¿Te arrepientes de algo?

¿Viene a abrogar?

No diga tonterías. Vengo a charlar. A saber de qué te arrepientes. Por más infidelidades o prepotencias orgullosas, siempre hay algo que ni el hereje se atreve a negar, a continuar custodiando…

El amor.

¿Te arrepientes del amor?

No. De no haberlo tenido. Siempre me eludió. Pero siempre con elegancia, permitiéndome, como quien dice, rozarlo, palparlo apenas. Conocer su textura. Todo externalidad. Sí tuve muchos de esos sustitutos siempre tan disponibles, siempre tan iguales… ¿Pero quién no no tiene esos comercios?
Y mire, no soy lo que se dice un tipo fulero, sino más bien del montón. Además, dicen que la fortuna es muy casamentera. Pero nada. Debe ser un aura, algún conjuro obstinado, un mal de ojos, alguna porquería de esas en las que nadie cree pero que suceden más de lo que uno cree. Al punto de que he visto en la amazonía a una mujer enlodar de efluvio de íncubo a un joven; tendría que haber visto a semejante adefesio convocar mujeres que uno ni siquiera sueña para sí.

A veces he pensado que soy de una domesticidad insuficiente: pura promesa de melancolía, de algo anímico que va a escacear, pero que a mí me sobrará.

***

El tiempo no parecía tratarlo de la misma manera que al resto. Lo tocaba apenas, lo respetaba como a un semejante, o más bien, como a alguien levemente inferior: con una cierta inquietud, o inseguridad, lo honraba con un envejecimiento lento, a diferencia de la erosión idefectible y voraz con que trataba al resto. Si el amor lo esquivaba, como solía decir – creo que un poco para mostrarse más prójimo, más humano – el tiempo casi daba rodeos para desgastarlo prolijamente. Alguien decía que el tiempo se disfrazaba para comparecer ante él: de culpas, de insomnios que conformaban una única noche en vela ahuyentando váyase a saber qué horrores y desdichas, de esos que no hay voluntad reformuladora que los amanse. Más de una noche emergían gritos deseperados: gritos que nacían de sí mismos, que se multiplicaban en una voz de otra región, mucho más profunda que esta superficie que nos amontona de a puñados. A ver, nadie pensaba en infiernos o entrañas ladinas. No, tanto no, pero tenía, cómo decirlo, ciertos gustos – no sé si llamarlo así; acaso, inclinaciones, ciertas formas de proceder, de incidir en la vida -, que no eran del territorio de los hombres y mujeres. Quizás esto haya ido creciendo como idea, como figuración, por el hecho de que el día posterior a esas noches, iba a lo de Iginea a que le echara las cartas y le apañara unos mejunjes con los que, decían, se embadurnaba el cuero durante unos días. Iginia me confió una vez: “Se mide ante sí y ante quien nadie osaría, ni se merecería enfrentar”.

Yo tendría unos cinco o seis años cuando llegó. O cuando lo notamos. Él ya peinaba unos cincuenta bien llevados. En todo caso, nunca dijo su edad. Tampoco se la preguntaron. Y cuando se marchó, de la misma manera en que arribó – en silencio, como una sombra que iba creciendo (ahora, decreciendo) – un día no se lo vio más. De esto hará cosa de tres o cuatro años. Yo tenía ochenta y un años entonces. Así que él, si los cálculos andaban bien encaminados, debía tener unos ciento veinticinco. Edad inverosímil si las hay. Años antes la gente del pueblo había empezado a maliciar pactos suscritos en ceremonias heréticas. Y es que los que habían sido de su edad, iban claudicando al paso del tiempo naturalmente; y él persistía, con rastros sutiles de trascursos. Una de las exégesis más difundida era la que sostenía que era un enviado (o fugado) díscolo de alguno de los dos lugares (persignación), y que en esas noches de alaridos, acometidas y furias eran el resultado de sus desiguales reyertas, – lo que provocaba cierta admiración – con lo superior o lo inferior. Otra corriente de mistificación, más prosaica, lo explicaba como una amalgama de fantasmas y culpas.

Como fuere, y sin hacer nada en tal sentido, el pueblo terminó siendo como de uno solo: porque todos fueron siendo versiones apenas distintas, matizadas, de Leopoldo y sus demonios.

A esa altura, cuentan que no veía, que se limitaba a interpretar las impresiones visuales y sonoras, como si recibiese empellones sucintos de realidad en bruto, sin forma, todos los contornos mezclados. A esa altura dejó de salir de su casa. Y las noches terribles fueron siendo todas. Y el pueblo comenzó a ser un enchastre de instantes y voces y horas. Y había ciertas noches en las que parecía poder provocar una ira que, o bien le concediera alivio, o que le endosara una muerte cualquiera.

Por algún motivo un tío aprovechó mi pausa para tomar la palabra para continuar, por el pasado, una historia que apenas tenía alguna huella de anecdotario familiar

Lo conocí cuando se llamaba Faustino Conde. En Villabuena. No, la ciudad se llama así. Se habrá inventado él lo de Villanueva. Lo conocí en un café al que iba a perder. Era como si en cada evento de su vida arriesgase la partida cada vez que parecía haberla ganado. Le juro, no quería ganar. Había algo desesperado en el perder. No era un desafíio al azar, una prepotencia de aventurero sedentario. Había un impulso de perjudicarse, de provocar su desgracia. Era como si perjudicándose lograra un beneficio intangible, algo así como una absolución o, cuanto menos, una excepción transitoria, una atenuación del castigo, mortificación o lo que fuere aquello que lo tenía, sobre todo en los últimos tiempos en los que lo traté, agitado. Luego, cuando no volvió a aparecer por el café, ni lo encontré en el club de ajedrez donde también solíamos encontrarnos, comencé a preguntarse si ese algo que lo turbaba se refería a algo más o menos concreto, o si era parte de una existencia exagerada que se había inventado con fines de partida.

Otro tío intervino. Está contaminando la crónica del joven con olores a muertes nunca pagadas, a causas sin lustre, a consecuencias liminares, sin renombre. Busca una sinceridad simulada para armar un estado de ánimo para introducir alguno de sus rencores. Deje, pues, que continúe, si es que no le ha estropeado el ritmo.

Lo que contaba el tío Hermino es cierto. Pero interpretó mal el comportamiento de Faustino. Habían empezado a quererse, Faustino y una mujer.. Pero no lo sabían. Se enteraron cuando comenzaron a desquererse. Eso motivaba sus desprecios a sí mismo. No era derrota lo que buscaba, era denigración, envilecimiento.

No, aguarda, intervino mi abuela. Cuando empezó a llamar la atención con sus excentricidades, cuando empezó a preocupar al pueblo fue cuando supo, por intermedio de uno de los suyos, que aún quedaban en Villanueva – el podía irse, pero la obediente lealtad perduraba. En fin. Le llegaron con la noticia de que Leopoldo Valdivia venía al pueblo a verlo. Lepoldo, el que metió la intención entre la mujer que no sabía que amaba, y él. Leopoldo, al que se había prometido degradar aunque para ello tuviera que convertirse en él para destruirlo. La llegada del mensaje había acelerado el… proceso, se podría decir.

Esa mujer…

Esa mujer ya no está. Y no tenía culpa ni competencia en el asunto. No sabía de uno. Del otro, que la pretendía. El mensaje llegó tarde y mal. Leopoldo había muerto hacía años cuando el infeliz que le dio el mensaje llegó a Santa Ana. A saber cómo el mensaje transmutó en la cabeza del mensajero. Hay quienes dicen, por lo bajo, que el mensajero no entregó las palabras correctas. Que alguien lo utilizó, lo manipuló, al mozo. Dicen…

Que fue usted, abuela…

Pero qué tonerías dices.

Dicen que alguien quería acelerar todo aquel viejo conflicto. Que unas tierras que Faustino tenía cerca de Villanueva. Que otras en tal otro lugar.

***

Sus últimas noches en el pueblo intervenía en la vida de todos, con esas formas, esos sufrimientos. Me han referido que era difícil precisar en qué sentido se veía esa cotidianeidad general afectada, ni con qué consecuencias: Leopoldo obraba sin obrar, con sutilezas de ilusionista involuntario; y el pueblo se entregaba al engaño, sin saberlo, al unísono. Imposible observar el fenómeno cuando uno mismo, cuando todo el pueblo, es el fenómeno.

Leopoldo, en tanto, estaba saturado del trato consigo mismo, de todas las alquimias de idiosincracias para el uso público que había ensayado. A veces se le aparecía Faustino. Entonces unos terrores como de cien vidas. A esa altura ya desvariaba. Su confidente, a través del cual he sabido de esta circunstancia, aseguró en ese momento que ya sólo lo movía el temor; como un ser en un estadio primario. Que el único temor era el de la exclusión. No del pueblo, sino de un ordenamiento o instancias diferentes, insospechadas para quien tiene las ideas de punta roma.
Creo que, de alguna manera terminó por creerse intermediario. Lo que no pudo fue descifrar era entre qué. Creo que buscó la locura como medio para el olvido de una historia que no sabía si era suya o hurtada.

***

Sus últimas noches aceleró los rituales y los gualichos que practicaba en esa casa que cada vez más, volvía a parecerse a un galpón. Dicen que nombraba a un tal Faustino y que luego se insultaba en voces foráneas, nombrándose alto y claro: Leopoldo. Era como si ahí dentro, los últimos días, hubieran dos. La anteúltima noche, a todos, les pareció oír una voz de mujer. Suave. Lejana. Estuvieron seguros cuando la última velada la nombraron: Teresa Valle de Santiago. La nombraron para injuriarla, para conjurar catástrofes para ella y su familia; cataclismos para encerrarla, a ella y a su descendencia. Las dos voces. Casi el mismo tono, al final. Casi la misma voz.

***

Nadie entró en ese galpón. Nadie se atrevió. Días de silencio. Días sin nunguna señal de vida. Hasta llegó un mujer. Con aires de modales aún muy nuevos, aún un tanto vulgares. Llegó en un coche que se detuvo frente al galpón. Bajó sin mirar a nadie. Abrío una de las puertas de madera. Y entró. Salió al rato con unos papeles y la piedra verde atada al cordel negro. Sin más, se subió al coche, y el chofer arrancó. No supimos ni filiación ni nada. Una mujer. Joven. Recién surgida de la adolescencia. Hermosa. Pero sin pulimiento. Apenas limados los orígenes.

***

No hubo cadáver. Entraron varios. Sólo econtraron lo que el galpón había sido antes de la llegada de Leopoldo. No había nada. Maliciaron que la mujer lo hubiese enterrado allí mismo. Pero no había suelo removido, ni siquiera una pala a mano, ni elemento o trozo que pudiera servir a los propósitos de excavación y entierro. Y la mujer salió tan pulcra como entró – aunque el vestido estuviese pasado de moda y con signos de haber pertenecido a otras -.

***

Qué gusto de incluirme en tus inventos, y encima de esa manera tan ordinaria, tan mundana. Qué gusto, realmente…

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Antes de que se desbandaran a las habitaciones, al estudio, a la sala de snooker, Teresa Valle de Santiago tuvo aún tiempo de pensar: Qué gusto de andar rondándole a la verdad, de ir acercándose a ella. Qué gusto de explicar las cosas. Vaya a saber qué escrúpulo hay metido en medio del afán por recordar otro pasado y de postular otro presente.

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Teresa Valle de Santiago. Ante el espejo de cuerpo entero de su habitación. Disminuída. Cansada. Dice: Han empezado a quererse. Pero aún no lo saben. Se enterarán cuando comiencen a desquererse.

Siempre ha sido así. Para ella. Siempre lo ha sabido. Pero sin beneficio. Siempre ha caído en esa espiral que no conduce a ninguna parte. Lo único que tiene es pasado: esa ficción en la que inevitablemente intervienen elementos ajenos a nuestra voluntad que, por minúisculos que sean, terminan por alterarlo drásticamente. Por Gobernarlo. Ni las repeticiones alcanzan. Al cabo de unas cuantas, ya se colado un alelo foráneo.

 

© Marcelo Wio

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