Material para semblanza

Lo aplaudieron porque era el hijo del General Ibánez. Y por ese mismo motivo no se burlaron de los amaneramientos del niño – niño que ya tenía quince años -. Falto de imaginación y autonomía – siempre deambulado dentro del distrito restringido de la sombra del padre – y coraje, nunca supo de su inclinación por los hombres, de su femenina predisposición ante la vida. Siempre andaba como confabulando, preparando el instante siguiente, para que no hubieran sorpresas, sin darse cuenta de que la vida iba ocurriendo sin él. Y él ocurría en los hilos trazados por los designios del padre: pero siempre un paso detrás, siempre en el contorno de la desilusión, de la imposibilidad de ser más de lo que era.

Margarito Ibáñez se llamaba. La madre triunfó en la disputa nominal con el General: ese nombre que terminó siendo más que él; su personalidad, su delimitación, esa suerte de entidad que nos precede. Pero, vete a reir del nombre. Ni los niños – bien aprendidos estaban que las burlas imbéciles las pagaban los padres después, incrementadas, al General en el cuartel -. Así, no tuvo siquiera que fabricarse una astucia defensiva o lanzada: la vida (el aura larga y regidora del padre, la batuta corta y efectiva de la madre) iba decidiendo por él, y siempre de manera razonablemente favorable.

Lo aplaudieron, sí. Pero se permitieron un silencio leve pero manifiesto, conspicuo diría, cuando terminó de cantar y bailar “Brilla cuchillo de fino ácero”. Un silencio opinado. Un silencio impunible. No duró más de tres o cuatro segundos, pero el efecto de ese asentimiento colectivo mudo, en el que todos saben qué está suceciendo, hizo del silencio una efímera y triunfal eternidad que no alcanzó a deshacerse con los aplausos, porque éstos estaban manchados de mutismo, de desavenencia holgada. Y no era nada en contra del chico; que a fin de cuentas no tenía malicia ni prepotencias de generalito; y probablemente las mofas, de haberlas habido, se hubisen agotado muy pronto, apabulladas por una compasión nunca exteriorizada, pero bien presente. Era fastidio de pueblo contra la circunstancia – porque ni era contra el padre ni contra la madre, que nunca dijeron o hicieron más de lo que se espera de un general y una generala -.

Lo aplaudieron y fue como si el ridículo que había heccho Margarito en ese escenario improvisado – el cambio de voz abriéndose paso en ese preciso momento, un cuerpo incapaz de armonizar el movimiento de brazos y piernas -, se hubiese agrandado, caricaturizándolo a él mismo, pero también al pueblo: espejo sin inputaciones ni indultos. Sólo un espejo en el que de pronto se vieron todos hacia delante: pura incertidumbre, puro empañamiento. Todo y nada. Porque eso es el futuro, aunque se lo llene de voluntades y promesas y proyecciones y deseos. El futuro es todas las posibilidades y es ninguna, porque aún no ocurrió. Y en cuanto ocurre, ya no es; y delante otra vez ese esmerilado sobre el que se dibujaban certezas fatuas, aspiraciones que son revanchas contra el presente, determinaciones viciadas de origen de indeterminación.

Se percataron de ello en cuanto comenzaron a aplaudir. Y si en un principio comenzaron a fingir aprobación, por el general, siguieron luego con el palmoteo por la incapacidad de realizar otra acción, amasados como estaban siendo amasados por el estupor. Margarito esperaba el aplauso, porque sabía que que lo harían por el padre – no era tonto, el chico -, pero no había imaginado aquel acogimiento. Amagaba bajarse del entablado, pero la continuaciónn palmatoria lo frenaba en seco. Se emocionaba. Gesticulaba abrazos que contenían a todos y cada uno de los presentes y de los que no se habían podido acercar a la celebración del día del pueblo.

***

Lo aplaudieron porque aún subsistía la figura del General Ibánez.; aunque ya diluida, pura leyenda, mito inflado. El General ya no era el mismo que había masacrado a los insurrectos de Benitez y que había vuelto como si hubiese salido unos días a cazar codornices. Sólo por la resaca de ese temor, de ese prestigio, no se burlaron del maricón del hijo. ¿Y sabe por qué más lo aplaudieron? Porque el pobre crío no tenía la culpa de tener los padres que tenía. Uno, puro material para busto o estatua con caballo incluído; puro coraje, pura machería de bigote renegrido. Y la otra, que siempre quiso tener una niña, pero le salió un varoncito; un varoncito defintivo, porque en el parto, con la placenta, se le fue esa parte de la feminidad que sustenta preñeces. Contaba la partera que a las pocas horas del nacimiento del crío, la madre gritó: Me arrastró las posibilidades, me hurtó parte del cuerpo, malnacido, hijo de las culpas del padre asesino y prostibulario. Por eso, dicen, le puso el nombre que le puso: para poder soportarlo, situado en un marco mujeril, apartado de la figura de varón que pasa siempre quitándole a la mujer.

Sí. Oí eso del silencio. Como una confabulación. Tonterías. Quedamos todos anonadados de aquella, de aquella… grotesca representación de un drama que era familiar, que no tenía nada de artístico. Aquella escenificación de un desprestigio, tan dolorosa, que nadie, absolutamente nadie, pudo sentir como una revancha colectiva. El crío, ahí arriba, ridículo, reparando acaso por primera vez, su ausencia de personalidad, de carácter. Pedacito triste esculpido entre broncas, despechos, predilecciones.

Todo lo he oído. Es pueblo chico. Las interpretaciones que vinieron después fueron afán de mistificación, de preparar el hecho para hacerlo charla de café. Nada más. Lo aplaudieron por una lástima que rebasó las rencillas, las pequeñas venganzas postergadas, las mezquindades, los desprecios. Nunca había visto una compasión semejante. Se lo juro por la Virgen. Como un cachetazo de empatía. El muchachito saludando, pobre, acaso creyendo que el aplauso era alabanza, incrementaba esa conmiseración que también se iba enchastrando de patetismo.

***

Lo aplaudieron porque correspondía. Por civismo. No fue por el General, que ya era más material de pasado ninguneado, que sujeto del presente. Lo aplaudieron, sabe por qué, porque era como darle cachetazos a la madre que lo había parido. Madre que no fue tal, sino alguien dedicada obsesivamente a estropear la existencia de su hijo. ¿Por qué? Porque esperaba hembrita y le salió machito. Porque poco después unas hemorragias delataron desbarajustes de las interioridades. Unos crecimientos anómalos obligaron a quitarle su sustrato. El chico, a todo esto, criado por una hermana suya, ya debía tener uno o dos años. Pero entonces empezó con que el niño, al nacer, había extirpado toda posibilidad de más descendencia. Exclusivo como el padre, dicen que dijo. Mandó a su hermana de regreso a su pueblo, y se encargó ella misma del hijo: un desquite contra su marido y contra ese rapaz. Lo aplaudieron, además, porque reconocieron su valentía, ese algo interior que lo empujaba a la subsitencia, a pesar de los ardides persistentes de su madre. Por eso. Le pueden contar cualquier otra milonga, pero fue por eso.

***

¿Quién le dijo eso? Pues no es así. No aplaudió nadie. Y cuando digo nadie, digo ni su padre ni su madre. Nadie. Un silencio que parecía perforar los tímpanos y desparramarse por el cuerpo como una descarga eléctrica que nos dejó a todos inmóviles. No fue malicia. No fue por joder al padre. No fue por nada de eso. El muchacho, allí de pie, luego de interpretar aquello. Esperpéntico. Provocó una de esas compasiones condescendientes que tienen un extraño componente de furia – cada uno con las suyas; que no tenían nada que ver con el mocito enclenque de pie en el escenario -. Esas piernitas largas, no las olvido más, como si hubiesen estado destinadas para salvar grandes distancias. Largas y delgadas – tanto que parecía que había nacido con algún músculo menos -. Nadie aplaudió porque hacerlo era mancillarlo: suponía alentarlo a representaciones ulteriores; es decir a humillarse cada vez más y más en ese escenario escuálido, hasta que ese encono que le mencioné antes, terminara por usurpar la preeminencia de la pena.
¿Su madre? ¿Qué quiere que le diga? Seguro que le han referido variaciones de una misma esencialidad. Esa mala pécora no hubiese aplaudido ni aunque su hijo se hubiese lucido. No es que lo odiara particularmente a él (era el que tenía más a mano, el más desvalido), como han dicho los fermentadores del rumor. Odiaba a todo el mundo; y ojo, a ella misma en primer lugar. Nunca le prestó atención al niño. El General tampoco, los hombres están para otras cosas, decía. Fue el servicio el que, como pudo, intentó barnizarlo con alguna educación.
Así pues, los éxitos posteriores en los teatros de las grandes ciudades, no nacieron de un aplauso que no existió y, mucho menos, del silencio rotundo que lo miró a los ojos con una lástima sin vehemencias; con mucho de adiós – en todo caso, su notoriedad fue a pesar de todo ello -. No, este pueblo no tuvo nada que ver con sus logros. Acaso la cocinera y la mucama que hicieron lo que pudieron para que el niño tuviera algo parecido al afecto. Pero nadie más. Ningua acción nacida aquí pudo ser siquiera causa mínima de que Mathis Isabey – nombre con el que lo conoce usted – sea uno de los tenores más requeridos. Ninguna. Se lo aseguro.
No escarbe donde no hay historia. Lo único que puede desenterrar es mucha tristeza y oprobio. Evítele sus años en este pueblo; no tienen nada que ver con su presente. A fin de cuentas, uno, muchas veces, deja de ser su pasado, joven.

 

© Marcelo Wio

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