La vana ilusión VII

Julio estaba sentado en una mesa al fondo del café mal iluminado y solitario. Ella apareció con su rostro marcado de penas, el cuerpo como llevando un peso inmenso. Se acercó, él se se puso de pie y le corrió la silla. Se sentaron y estuvieron un rato sin decir palabra alguna, como si sobraran. Por fin habló Mariela: “Ya se lo dije a Rodrigo”.
Julio no dijo nada, sabía que a ella le estaba costando hablar y él no sabía qué decir en esas circunstancias. A fin de cuentas, recién se conocían y la situación… Vaya, era de lo más esperpéntica.
“Lloró como un niño al que le cuentan que los Reyes Magos son los padres …, y después me abrazó… Se fue con los chicos a un hotelito, mañana parten para Merlo, en San Luis… Me parecía que nos despedíamos para siempre”, contó, entrecortada. Julio le acariciaba la mano con suavidad, con cariño, con pena.
“¿Ahora qué?”, preguntó, de pronto, ella, como queriendo cortar aquella escena.
“No sé Mariela, soy primerizo en estos asuntos”, no quiso mentir Julio.
“No me tranquilizás mucho, Julio. Pero prefiero la verdad, no estamos para mentir corajes”, lamentó Mariela.
Decidieron, luego de meditar un rato, que lo mejor sería que al día siguiente Mariela respetara su rutina. En caso de que llevaran a quien le preparaban la trampa, Julio entraría en el departamento (Mariela le haría una seña). A partir de ahí, todo quedaría librado al azar. Un plan de lo más precario; por no decir inexistente. Además, convinieron en que ella dormiría en su casa, Julio se quedaría a hacerle compañía. Si el embaucado no aparecía al día siguiente; ya verían de ir trazando un plan más serio. Julio temía, de todas maneras, llegar a eso, porque implicaría hacerse cargo de “la voz” y su compinche – y tal vez un tercero -, y eso lo asustaba. Mucho.
Cansados y preocupados, se levantaron y salieron del bar. La noche estaba fría y húmeda. Caminaron hasta San Marín y tomaron un taxi. Ella vivía en Palermo. La casa parecía atacada por la desesperación: rastros de prisas, y el silencio súbito que sintió Mariela cuando entraron, y que a Julio le parecía habitual. Julio le preguntó si tenía algo para comer, tenía el estómago vacío y la úlcera no paraba de darle punzadas. Mariela lo condujo hasta la cocina. En un momento le preparó un sándwich.
“¿Querés un whisky?”, ofreció Mariela.
“Siempre quiero un whisky”, aceptó Julio.
Mariela fue a buscar una botella y volvió a la cocina. Puso la botella y dos vasos sobre la mesa. Era un whisky añejo, de bueno color, de aroma intenso. Julio no recordaba la última vez que había tomado un buen whisky (en realidad, había olvidado la última vez de muchas bondades, de algunas tristezas también, de esas que valen la pena).
Se lo tomó de un trago. Ella le sirvió otro, que Julio paladeó con detenimiento. “Es bueno”, dijo.
Ella no respondió y se sirvió otro vaso. Estaban en silencio, cada uno recorriendo a su manera las últimas horas, los últimos días. Por fin, Mariela rompió la veda de palabras: “Me voy a dormir; vos te podés acostar en el sofá”.
Julio se puso de pie, se sirvió otro whisky y la siguió hasta el salón, los hielos semiderretidos tintineando en el vaso.
“Me imagino que vas a poder dormir bien”, dijo ella, por decir algo, señalando el sofá.
“No te preocupes, no creo que el sofá afecte a mi sueño, otras limitaciones o fallas de fábrica, muy personales, se encargan de ello más efectivamente”, respondió Julio, y se sentó en el sofá, la cara cansada, el vaso de whisky en su mano derecha, apoyado sobre su rodilla. Se pasó la mano por la cara; la barba demasiado crecida le picaba. Ella lo miraba, de pie, apoyada contra el marco de la puerta que daba al pasillo que conducía a las habitaciones. No sabía qué era lo que atraía sus ojos a aquella figura fatigada y triste. Julio tenía un atractivo extraño con esa apariencia de desahuciado, de desprotección. Apariencia que era traducía casí perfectamente la realidad.
“Hasta mañana”, dijo Julio. Tomó de un trago el whisky que quedaba y se acostó en el sillón.
“Hasta mañana”, susurró Mariela. Apagó la luz y se fue a su dormitorio.
Mariela se acostó, pero no podía dejar de pensar en qué pasaría, en cómo terminaría todo. Su cabeza no paraba, corría hacía todos los finales posibles, pero no había respuesta.
Julio dormía profundamente. Hacía varios días que no dormía así. Tal vez el whisky, tal vez estar en un hogar, tal vez el cansancio, las horas acumuladas. Mariela se revolvía en su cama. Finalmente, se levantó. Sintió frío en sus piernas largas y firmes – el camisón apenas la cubría unos centímetros debajo de la entrepierna. Se sentía algo mareada, como borracha. Caminó hasta la puerta del salón donde Julio roncaba. Abrió la puerta lentamente. Había en la acción una extraña mezcla de gesto maternal y de clandestinidad adolescente. Lo vio a Julio dormir boca arriba. Se acercó sin dudarlo y se sentó a su lado. Julio abrió los ojos, un tanto desubicado, pero sin asustarse. Comprendió enseguida dónde estaba. Mariela acercó sus labios a los de Julio y le dio un beso seco, corto, casi burocrático. Él la dejó hacer. Otra vez arremetió Mariela, esta vez con más fuerza, remedando pasión, con las manos apretando el pecho y los hombros de Julio.
“Pará”, ordenó Julio.
Ella retrocedió sorprendida.
“Estás atravesando emociones que te llevan a hacer cosas que, creeme, no querés hacer”, explicó Julio, con voz pausada.
Ella seguía sin decir nada.
“Es lo que pasa cuando una circunstancia inusual, que genera pánico o un estrés profundo, atraviesa la vida de la gente: se actúa de manera inusual, las reacciones y los impulsos son inexplicables”, no sabía en qué revista había leído eso, o si se lo estaba inventando en el momento. Se incorporó y le acarició las manos, le corrió el pelo de la cara y le besó la frente.
“Entendeme, yo estoy rechazando la idea de esta suerte de limosna que me tira el destino, rechazo los reproches que te vas a hacer más adelante”, sonó paternal, protector Julio. Sabía que la vida disimula sus derrotas más conspicuas como victorias jugosas.
Mariela apoyó su rostro en el hombro de Julio, que se incorporó y le acarició la cabeza y, fnalmente, se puso de pie y, abrazándola, la llevó a la cama. Se quedó sentado a su lado hasta que ella se fue durmiendo; entonces fue orinar, hacía un buen rato que la vejiga daba alaridos. Se acostó, pero ya no se pudo volver a dormir. Decidió que se iría antes que ella: era mejor que él estuviese en el puesto de vigilancia antes de que llegaran el Capitán y el Puma.
Se levantó, escribió una nota, con letra irregular, temblorosa, y salió.

 

© Marcelo Wio

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