La huida III

Estela nos abrió la puerta como si nos hubiera estado esperando. En la mesa, una pava con agua caliente, un mate humeante y unas medias lunas endurecidas. Yo fui al baño a mear y a enjuagarme la cara. Me vi envejecer de repente, en el recuerdo de una mañana que empezaba a ser, desesperada, en una vida que no era mía. Me vi dibujando en esos ojos ajenos, lejanos, llenos de playa gris y solitaria a mediados de julio. Esos ojos me empujaron de golpe por el calendario reticente. Vi callos, esperma viejo y rancio derramado sobre mil lunas fútiles, impersonales. Me quise saludar como si esa ola irrevocable no fuese yo; pero era tarde, la espuma cubría la arena, mis pies, mi pecho; me arrastraba en un regreso que no admitía postergaciones y yo me dejaba ir sabiendo de la inutilidad de semejante lucha, y que hay cosas que así están escritas. Así lo había visto en los ojos de Estela, que me sacaba unas ganas y me enseñaba otras: una compañía silenciosa, sin preguntas ni horarios, un cuerpo para que la cama no creciera tanto. Tal vez el espejo sólo pepertaba la revancha de vaya a saber qué ofensa.
Comprendí que cualquier plan estaba condenado al fracaso. El que fuese. Pero no importaba, a esta altura estaba resignado a embarcarme en cualquier fiasco, en una idea estrafalaria (porque sin haberla escuchado, ya sabía que sería así) que se le había ocurrido a un tipo que apenas conocía; un intriga que se adueñaría de mi vida. Qué importaba. De un sopapo aceptaba ésa y todas las propuestas que había desechado; la aceptaba a Estela y el regalo de sus piernas, la huida de Stein; la mirada imbécil, de admiración, de Belleti. Aceptaba todo eso que era nada. Una nada que eran los sueños que ya habían pasado hace tiempo, esquivándonos con alevosía, con saña.
Cuando entré en el comedor, Stein ya le había hecho toda la introducción (que era breve y evidente) a Estela. Ella miraba, esperando mi llegada, esperando qué le dirían mis ojos. No sé qué le habrán dicho mis ojos, pero ella pareció segura al decir que contáramos con ella. Todos aceptábamos sin saber qué aceptábamos… No podía ser de otra manera.
– Por el momento, no estaría mal falsificar la noche – ésta, o cualquier otra, mientras sea bien oscura, llena de viento –, desterrar al día, sus luces de realidad y mentira. Lo podemos hacer en esta casita, siempre y cuando Estela, usted se comprometa a no recibir clientes, al menos por un tiempito. El tiempo necesario para hacer los ajustes del plan, el diseño de nuestra huida – expuso Stein.
Todos estuvimos de acuerdo. Eran las 8.16. El viento golpeaba en la ventana como un invitado que llega tarde y borracho y con ánimos de contienda. Unas primeras gotas zapatearon en el techo de cinc verdeado de musgos, de dejadez precisa, meticulosa. Belleti comenzó a cerrar ventanas, postigos. Estela iba detrás rellenando con papel de diario las rendijas.
– Nada de luz… – supervisaba Stein.
Parecía un grupo de colegiales, divertidos con cualquier actividad que impusiera roles y un cierto grado de seriedad. Yo tomaba mate y los miraba. ¿Por qué no podía caer en el embrujo aquél?
– Es importante conocer nuestros dolores – opinaba Estella, mientras presurosa tapaba el último indicio de mañana – como para delinear un plan que se amolde a cada una de nuestras necesidades.
Evidentemente, no había escuchado nada de lo que conversaban mientras se atareaban de un lado a otro.
Stein se entusiasmaba asintiendo con la cabeza como un niño que se siente orgulloso del éxito del juego que creó. Y era eso, un juego: el último que nos animábamos a comenzar, sin saber cómo terminaría y no queriendo saberlo (no importaba en absoluto cómo concluyera).
– Cada uno debería resumir su pena en unas breves palabras, como si contara una historia que no le interesa; la idea es no mezclar los sentimientos, contarlo como algo ajeno, como algo que leímos en algún lugar, para cuidar la integridad del plan, como para que no venga mal parido – se embaló Belleti, que sentía que era parte de ese grupo de cuatro; parte de algo.
Stein saltaba de alegría, asentía todo el tiempo. Estela trajo unos papeles y unos lápices de colores: “Para anotar todo lo que vaya surgiendo; en rojo lo que descartamos, en verde lo que aceptamos de Belleti, en azul lo mío, en amarillo lo de Stein; lo tuyo, Vázquez – todos, desde hacía un rato hablaban mirándome a mí, como si hubiese que asegurarse de mi convencimiento, como si me hubiesen erigido en ingeniero del proyecto, o en amenaza del mismo -, en negro”.
– Me parece bien – convine, seco, distante -, pero creo que deberíamos terminar esta reunión por hoy. Volver cada uno a sus vidas para meditar qué quiere cada uno que el color asignado diga. Por hoy me parece que hemos dado un paso muy grande: decidir emprender esta fuga no es poca cosa. Ahora estamos cansados, demasiado excitados, y ésta no es la mejor forma de trazar un plan, unas pautas a seguir.
La verdad, estaba cansado, un poco harto de la compañía de estos tres mosqueteros, y con ganas de sentarme a fumar un cigarrillo en mi estudio. Solo. Todos estuvieron de acuerdo, más que nada porque vieron que yo, con mis palabras, era por fin, de manera explícita, parte del plan. Hasta ese momento habían supuesto que mi silencio era un estar sin estar de acuerdo. Ahora estaban seguros. Precisamente por eso hablé, mecánicamente, para dar por concluida aquella reunión estrambótica.

© Marcelo Wio

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