El método de la mentira

“No hay misterio en el silencio absoluto, ni en la oscuridad sin resquicio, ni en la máscara. El misterio reside en el susurro vago, en la penumbra equívoca, en el rostro sin gesto”. Cándido Sáenz de Taboada, Elegía de la hora violenta

 

Decía Rudolff von Tarnung, en su profundo aunque algo pretencioso tratado– de lo que da elocuentemente cuenta el propio título – “Historia de la Verdad”, que en ciertas sociedades pretéritas la máscara se utilizaba para decir y decirse sinceramente: la franqueza era un bien universal, y los rostros, en tanto particulares, atomizaban la realidad y, por ende, desvirtuaban la verdad, invalidándola. De allí procede, sostenía, la tradición judicial de países como Francia e Inglaterra, de utilizar togas y pelucas: la justicia precisa de la integridad de sus oficiantes; anónimos y honrados; ritualizados.

Pero, lo que Von Tarnung proponía, tras largas páginas de ejemplos imposibles de verificar, era, en definitiva, la necesitad de ritualizar la verdad o el evento o circunstancia que la contuviera. Así, desde esta perspectiva, la ciencia no sería más que un gran rito, con sus abalorios formales, sus salmos normativos. De esta manera, las verdades trascendentales podrían “realizarse” sólo a través de actos ceremoniales, instancias en que el hombre se transformaría en un remedo de divinidad para corporeizar la verdad o, más bien, para reputar ciertos hechos como ciertos.

No es casual que en el pasaje central de su tesis, Von Tarnung utilizara una cita de Edward O’Larve – del que muchos académicos sostienen que, en realidad, es uno de los varios y convenientes heterónimos de Von Tarnung: actividad obligada, esa de multiplicarse, cuando no hay fuentes que respalden la hipótesis que se sostiene; obligada y paradójica, puesto que quien postula que la máscara es un intermediario necesario para la verdad, utiliza máscaras figuradas para el engaño -. Mas, volviendo a la mencionada frase, O’Larve decía que “la máscara no libera, no alivia ni redime. La máscara exige el esfuerzo casi divino de crear un ser que se ajuste a ella”: el hombre devenido creador. La “verdad”, así, no sería más que la excusa o el recurso para la deificación del hombre; para situarlo por encima de sí mismo, y de su ética y moral, con las evidentes consecuencias a que ello conduciría.

Tampoco es fortuita la aparición de este libro, que pretende encerrar toda verdad entre sus páginas, en estos tiempos. Algo de estas pretensiones de “verdad” y mitificación ya se pueden percibir en nuestro país: es una voluntad de entregarse al ritual, a los hombres dioses; devenir una nación de dioses mitológicos. En esta Berlín urbana aún no se quieren percatar de esos desplazamientos en los ánimos de la masa, pero ya ha empezado a suceder. Crece desde el sur, como una malhadada simiente.

La “Historia de la Verdad” es, pues, una historia de los métodos de la mentira para imponerse; para imponer a sus amos.

 

Nota del editor: Este breve artículo – no firmado – fue publicado en 1929 en la revista Der Kern der Zeit, editada en Berlín entre 1887 y 1934.

 

© Marcelo Wio

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