De plastilina

 

Entró corriendoempujada envuelta en bufanda y viento. Me chocó levemente y se disculpó diciendo “perdón, perdón, caballero, es que ando sobre el ímpetu del clima arremolinado y de la salvación reciente; verá, puedo afirmar que le debo mucho al viento, que me rescató de un destino de besos en la frente y paseos por las afueras de París los domingos, al volarle el sombrero al hombre aquel, no, ya no se alcanza a ver, con tanta fortuna, que lo hizo en dirección opuesta a la de mi avance difícil – cómo son las cosas,  fíjese que hasta ese momento iba yo maldiciendo el aire aquel y las isobaras que lo parieron. Una pobre (qué otro adjetivo puedo ofrecerle) muchacha, incapaz de contener el reflejo solidario, detuvo la trayectoria del sombrero y, con ese gesto de nada, también un destino que era el mío. Comprenderá, pues, mi estado de excitación, y la consecuente desatención que me llevó a colisionar tan levemente, por cierto, con usted.

Le dije que entendía. Y, con esa astucia que a veces me asalta, también le dije que acaso aquel que creía dejar detrás no era su destino, sino una herramienta del mismo para depositarla ante él. E hice un gesto con la mano diestra frente a mí, en un breve movimiento de arriba abajo, que pretendía identificar o postular a mi persona como ese destino inevitable.

No lo creo. Pero celebro que haya leído Las Mil y Una Noches. Y se rescató con la involuntaria complicidad del tumulto. Guardé la mano derecha, que había quedado flotando a la altura del esternón, en el bolsillo del pantalón y volví a amasar la bolita de plastilina que es el destino.

 

© Marcelo Wio

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