“Es un evento que nunca termina. Nosotros somos como esos frutos que los árboles arrojan al albur de la continuidad. Los hongos mismos no son más que procesos que pretenden persistir”, Viktor Kotlar Tinumo
Después diría que estaba tarareando Carnaval de Sao Vicente. Que Pefredo esperaba, como siempre, una novia. Que el mate era una justificación para ocupar ese trozo de vereda, para estar juntos sin la obligación de decir algo, sin que lo gestos significaran otra cosa que “está frío” o “lavado”.
Y daría también a entender que él siempre había estado aguardando aquel, llamémoslo descubrimiento – él lo llamó de otra manera, pero esa forma inicial del relato se quedó olvidada en alguna de las versiones que se refirieron posteriormente. Que había intuido, añadiría, que debía mediar un cierto desprestigio del observador, que sólo así lo observado se manifiesta, seguro de que lo que se refiera de tal interacción será descreído. Era astuto: atacaba de antemano la descalificación convirtiéndola en fórmula de legitimación.
Entonces, Claustro Alfil diría que hay que llegar al punto de no saber quién, qué, es ese “yo” que pronunciamos como tarjeta de presentación: ese límite estricto que conocemos tan superficial, inexacta, indisciplinadamente. No es la imagen de los espejos, que nos hemos acostumbrado a creer como cabal, ese “uno mismo” que se desvanece inexorablemente en la otredad, en los otros. “Esa… sombra fluida entre unos y otros… develados, de pronto, apenas como elementos nodales; eso es lo que vi”, diría a la concurrencia de miradas y murmullos de asombro y desconfianza.
“Pasa todo el tiempo. En cuanto hay dos fulanos, se hace visible. Ni hablar en una tribuna o en un carnaval. Como trazos delicados. Unos más tenues, otros casi tan gruesos como cables de alta tensión, como el brazo de un peso pesado”.
Así dijo aquella primera vez en el café Con Aires. En esa esquina como proa encallada que es el cruce de avenida Los Maestrazgos y con la calle Esquilitolé.
En cuanto dijo aquello, la concurrencia hizo un paneo recatado a su alrededor, como si se buscara hilos obvios, injerencias ajenas en forma de mangueras ladronas, violaciones de la intimidad, esa… promiscuidad de vaya a saber qué porquerías pasan de uno a otros según el loco este. Muy loco, pero bien que todos se fueron de ahí creyendo que algo de cierto tenía que haber. Qué eran, si no, ciertos romances largos, amistades que le empecinaban la fidelidad a las traiciones y a las intersecciones de afinidades vacías. ¿Y acaso no dicen que los locos y alguno más, etcétera, etcétera?
Los que creían o querían creer – al punto de asegurar que advertían el cablerío entre sujeto y sujeto -, dirían que ya de chico podía verse en Claustro una mirada que buscaba más allá de lo inmediato, en los espacios en los que para el resto no había más que aire, sillón, señora con compra y pañuelo marrón, distancia y tiempo.
Al día siguiente cada cual andaba ya añadiendo detalles propios: bien porque no se acordaba bien, o no había entendido, lo que había contado Claustro; o porque aunque la obra sea ajena, si uno la repite, se ve tentado a meterle una pincelada que pueda reconocer más adelante, cuando la historia regrese por boca de otra persona.
Salvo esas conversaciones que iban esparciendo los dichos de Claustro a quienes no habían estado la noche anterior en el Con Aires, la disposición de la vida era casi la que había sido el día anterior. Claustro y Pefredo sentados en las sillas de mimbre en la vereda. Y de tanto en tanto, alguien se acercaba e interrogaba: “Pero, Claustro, en definitiva, ¿qué viste?”. Siempre hay alguien que exige la traducción de lo abstracto en un léxico más de andar por casa; como diciendo, con los gestos y esa mansedumbre como de perro que busca un trozo de algo o una caricia, que no tengo nada en contra de las metáforas ni contra su forma de narrar, don Alfil, pero es que, si todo son tules levísimos, casi, casi transparentes, no hay forma de que se perciban; y tampoco es que estemos aquí para comprar telas, ¿no le parece?
Ese día – entonces Claustro, más telúrico que nunca, con una confianza como de conventillo -, me habían estado picado más que nunca los hongos de los pies. Especialmente, la colonia sita entre el dedo pequeño derecho, el de darse contra la mesa de luz, y el dedo siguiente. Siempre he padecido de pie de atleta. Desde purrete: la feroz alianza de esas medias gruesas que usábamos para jugar el fútbol y los botines brutales que retenían la humedad malévola que creaba un microambiente inescrutable. Y desde entonces, va y viene – al menos, aquello que manifiesta, sin previsibilidad, su señal más notoria para el huésped.
Ese día – Claustro urgido por las miradas que exigían una caligrafía menos divergente en el relato – sentí algo que, si bien había percibido con anterioridad, cuando el picor interdigital distal… – miradas; sonrisa de Pefredo -, entre los dedos de los pies, nunca había asociado a nada más allá de la molestia asociada. No era, pues, una sensación. No sé aún cómo denominarlo; pero era la noción de que tenía que, digamos, entrecerrar los ojos, enfocarlos en mi pie, digamos, enfungado. Debo decir que no era una tarea sencilla, porque cada vez que veía el territorio enrojecido, me aguijoneaba que lo llevaba el demonio. Y no me podía rascar, porque, de alguna manera, también sabía que debía dejar tranquilo al cultivo.
Con tal predisposición anímico-sensorial, me senté junto al amigo Pefredo a tomar los mates matinales. Dejé que la mirada derivara hacia los lugares de siempre, las calles harto conocidas, las veredas memorizadas inconscientemente, los jacarandá inconmovibles. Y entonces, vi de forma fehaciente lo que había vislumbrado. Algo así como cuando un niño que ha visto a dos quererse un poco en una cama o un baldío, sin entender en lo más mínimo qué presenció – una lucha extraña, un deporte desconocido, ni idea -: todo como detrás de un nubarrón de desconocimiento y destiempo; unos años, o ni siquiera, unos meses después, comprende aquella escena, y la ve de pronto, en la memoria, sin la humareda esa de la inocencia y la ignorancia. Algo así fue lo que me sucedió aquel día: divisé sin lo que fuera que se interpusiera entre lo observado y la recta identificación. Pero sin ingrediente lujurioso, advierto. No vayan a entender cualquier cosa.
Entre las personas iban y venían – prosiguió – caminando, en coche, en colectivo; las que estaban en las ventanas o balcones; entre todos ellos y Pefredo y yo, unos como hilos se extendían, sin impedir en nada el discurrir – cedían ante el paso de alguien, y volvían a unirse las partes una vez había transcurrido; o, incluso, se desvinculaban de esa persona unas veces transitoriamente, otras de manera más persistente. Y lo supe como nunca había sabido cosa alguna con anterioridad, es decir, con una certeza que sentí como un calor súbito y un golpe desde los órganos hacia la superficie de mi cuerpo: eran hifas fúngicas que conectaba a los seres, ajenos, entre sí. Albas, casi difuminadas, a la manera de tutús, vinculaban lo que hasta hacía un momento parecía separado.
Matorrales de experiencias entrelazadas en un mismo amasijo de verdades, fabricaciones, hipérboles de tardecita y cuentos de alargarle la complicidad a la noche; eso se me figuró enseguida. Y, como quien está descubriendo un regalo nuevo, una dádiva, miré mi cuerpo: de los brazos, del pecho por entre la camisa, de los pies enchancletados, una buena cantidad de hifas o micelios o lo que fuere, me unía con Pefredo. Había otras que iban hasta la esquina y entraban en el almacén de Elena, cruzaban la calle hasta la ferretería, entraban en el segundo piso del edificio de la otra esquina y, monumental alegría, me entreveraba con los árboles de Esquelitolé y con alguno de Los Maestrazgos a mi derecha. De esto soy parte, me dije. O lo dije a media voz, porque Pefredo me dijo: Hablá más alto, hace el favor – Pefredo asintió. Sí, soy este lugar, estas personas – y unas hifas siguieron unos metros a una mujer que pasó frente a nosotros, pareció conferenciar con las que llevaba ella, pero al parecer no hubo acuerdo fúngico, porque volvieron inmediatamente sin siquiera llegar a tocarse.
Ni así levanta usted – dijo Pefredo. Su única aportación.
***
Quién es cada cual, si esos lazos que los hongos patrocinan, si las sustancias que trafican por eso tubos ínfimos…, etcétera. ¿Qué harán esas sustancias en nosotros, con nosotros? ¿Quiénes, o qué, somos cuando ejercen su alquimia? ¿Y si sólo somos, apenas, elementos de esa red de… existencia? – durante las noches de calor, revolviéndose Claustro en la cama y en las hifas insensibles.
¿Para qué se deja ver ahora esa arquitectura de la que viví ignorante toda mi vida? ¿Qué beneficio espera obtener de esta manifestación?
Qué sentido tiene esa red, cuyo mantenimiento debe ser oneroso para los hongos – la energía que debe precisar toda esa comunicación, los entrelazamientos que se cortan para el paso de un individuo, y que vuelven a reconocerse en una reunión que se alarga tanto como los seres se separan; las sustancias que mantienen el comercio químico necesario para toda esa… ¿cómo llamarla?… infraestructura inteligente de… ¿qué?, ¿del ánimo, del capricho…?
De haberle comunicado sus disquisiciones nocturnas a Pefredo, este le habría dicho: Déjese de tanta metafísica, que lo que usted tiene son cataratas, hombre.
Elena, la almacenera, fue de las que más se enganchó con la novedad. Y como siempre tenía una audiencia más o menos cautiva, teorizaba entre fiambres, galletitas, jabón Federal, frutos secos y bacalao salado.
Los hongos se comunican entre sí datos sobre los sujetos. Esa fue la hipótesis que más tracción tuvo, que llegó incluso a la Facultad de Biología en la otra punta de la ciudad. Qué sé yo, digamos edad, salud (capacidad de soportar tal o cual carga de hongos; diferentes especies del bicherío ese), idiosincrasia, y, estoy segura, la movilidad de los fulanos: si se desplazan mucho, ofrecen una evidente variedad de climas y demás cosas, y claro, eso es bueno para variar del adene.
Según Elena, el servicio, digamos, que proporciona esta relación, deber ser tan sutil como el medio del que se vale el hongo para concederlo. Alguno que había pedido queso fresco y prepizzas dijo: “Yo me inclino por la idea de que nos brindan una información subliminal de los seres con los que nos relacionamos – los asiduos, los que nos cruzamos transitoriamente”. Pero nadie le prestó atención.
Elena, en cambio, prosiguió elaborando su conjetura: “Y, por supuesto, a aquellos sujetos que más se desplazan, les brindan una devota protección de sus sistemas inmunes y los dotan de una inconsciente tendencia a evitar peligros innecesarios. Les garanto que el personal aeronáutico y naviero deben contarse entre los más beneficiados en este sentido. También viajantes de comercio, choferes de camión y colectivos de larga distancia”.
Siguiendo esta hipótesis, prosiguió – toda académica con su delantal azul junto a una bondiola a la que Pefredo no le quitaba la mirada -, uno de esos hongos que joroban de lo lindo, pongamos, un Cándida con inquina, de esos que te desbaratan los chinchulines, es contactada por alguno de los hongos que lleva, por decir algo, un piloto de Aerolíneas Argentinas que hace la ruta Buenos Aires-Frankfurt, y ya que estamos, digamos que uno que le provoca el llamado pie de atleta, en honor a nuestro querido Claustro, que le dice a la Cándida en cuestión que ni se le ocurra, que busque a otro porque el fulano es un vehículo fabuloso: entonces, si la Cándida en cuestión reside, pongamos, en una señorita alemana de atractivo universal, el hongo interviene químicamente en la mujer, que de otra manera estaría más que dispuesta a entretenerse un rato con capitán alitas, para que lo rechace con una firmeza propia de ejército prusiano o de poste de la luz; a la vez que el pie de atleta, en consorcio con el resto de la flora fúngica del señor turbina, la convierte en poco atractiva a los ojos del aviador siempre dispuesto a un combate, haciéndole percibir o imaginar un sutil olor inequívoco de hospital y Riachuelo.
“No es descabellado pensar que ciertos hongos influyan en su huésped profesiones que involucren largos desplazamientos. De la misma forma, otros bien podrían anclar al fulano de turno al mismo barrio, las mismas cuadras escasas”, dijo el tipo de la prepizza y el queso fresco, que se había quedado junto a la puerta oyendo; y al que otra vez, ignoraron soberanamente.
*
Dos ayudantes de cátedra de la Facultad de Biología publicaron un artículo en ese sentido en la revista Nature. Aunque el suyo seguía el paradigma científico y mencionaba la comunicación entre organismos vegetales por medio de esta red de hifas fúngicas. Pero todos en el barrio supieron que era una forma de avanzar una teoría para la cual la mayoría no estaba ni muchos menos preparada. En cambio, disimulada en entre arbolitos, líquenes y yuyos variopintos, la cosa traía sin cuidado a casi todo el mundo.
© Marcelo Wio
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