Lorem Ipsum (Del lado de acá – 3)

 

 

3.

Recordó a aquella mujer, que debía ser aún más joven de lo que parecía bajo el cansancio, sus piernas como bastoncillos frágiles formando una silueta sin esmero, sin gracia, hecha de hartazgo y desgaste. Figurita Schielle narrada por Cadícamo y fotografiada por Gita Lenz. Ciro aspiró el humo del opio, como si estuviese absorbiendo un alma, o un perdón, y a la vez que dejaba la pipa a su lado, comenzó a olvidarse de la muchacha y de sí

Estaba en el salón. De sus cuatro lados, uno estaba ocupada por un ventanal que da a un balcón y a la avenida. Las otras tres paredes estaban ocupadas por grávidas bibliotecas, excepto en los tres huecos cedidos a las puertas que conducían a un pasillo, al comedor y al rellano del quinto piso.

Todo quedó en silencio. En su interior. Donde Ciro medía la trayectoria que hacían en el aire las palabras que se habían pronunciadas tantas veces en ese salón (siempre las mismas, alterado su distribución un vocablo a la vez, como si se estuviera tanteando una contraseña), mientras se iban deshaciendo como esa nieve que no llega a caer al suelo.

Además, observaba (el gesto cada vez más descompuesto, derretido) cómo los instantes se iban descomponiendo en una precipitación truncada, cayendo a ninguna parte, para acumularse en ningún lado. Igual que las palabras; que es lo mismo que decir, que él. Y volvía a cargar la larga pipa de madera con incrustaciones de marfil – como si este adorno le diera un atisbo de dignidad al acto de aceptar una derrota momentánea, a caer en la batalla empuñando una espada sin filo e incompleta; ardides sabidos de antemano para indultarse.

Aún escasamente de este lado de la milonga, puso el concierto número tres de Brandemburgo y se tumbó sobre el sofá. El opio lo fue dejando en un letargo de ruinas, retazos de imágenes, sonidos en sordina: adagios. Templo marrón sobre fondo de un naranja sombrío, sucio; marcha de figuras sin forma ni concierto – yendo y viniendo para ocupar el espacio de manera dinámica -, que enseguida de pronto se hace patente que se trata de átomos empeñados en impecables colisiones: informes bolas brownianas que envuelven a la prostituta en una lluvia de insultos de frío y rencor, de esquina eterna que se pretende pasajera, porque ya se sabe, todo tiene un final, nada es perpetuo; ni siquiera estas baldosas inmensas por las que hay que caminar, cuidando de no pisar las líneas para no caer fuera de los bordes de la circunstancia, porque si no, luego habría que crearse otra, y entonces sería primero el paso y luego la baldosa, pero eso no puede ser, basta mirar el templo y cómo está construido para comprender que se hizo de abajo hacia arriba: cuestión de cimientos, de sustentación, ¿no te parece? – participa a la muchacha Schielle que vio en la acera -, tan pequeña, tan manchada de la vida; y quién no es de la vida… Y, por cierto, ¿cómo te llamas? Yo me llamaba Ciro hace un instante, ahora soy una duda. Qué astucia, madre mía; ni aquí me libro de mí. ¿Y si fueras una moneda que gira en el aire decidiendo suertes? Aunque ahora no quiero suertes ni promesas; sólo contemplar el templo, y a sus súbditos elevándolo cada día un poco más, con esos bloques de caliza blanca como la piel de sus piernas. Oh, no, sujétame, ahí viene el silencio, no es tan único como debe ser el de la muerte, pero tiene trazas inequívocas de final, de abatimiento perentorio, pero no veas cómo se parece; cómo todo va perdiendo prestigio, como este mismo desvarío, como todo lo que he dicho alguna vez; lo solemne se descubre ridículo, entonces uno se encuentra sin esas seguridades ornamentales, sólo con dudas-certezas de mercadillo, como esa vieja que está todos los días en el banco y no se decide a cobrar la pensión: tal vez no sepa si la muerta es ella y la pensión ya la cobró el marido, y por no abochornarse queda en ese limbo de indecisión como de opio.

Ciro transpiraba, pero no se movía, la actividad tenía lugar por dentro y no contagiaba a su cuerpo evidente – esa marea que va y viene, barre y deja, mezcla lo barrido y lo dejado. Nada más. Transportado más allá de sí mismo dentro de sí mismo. Un ojo se fue abriendo tal cual una mano que sale de golpe del suelo; el apéndice de alguien que fue enterrado antes de tiempo (negligencia o perversidad, lo mismo da). Siguió el otro ojo, sin tanta pereza, claramente acostumbrado a seguir el despertar (o la desesperación) del otro.

Cada vez temía más las sombras que le ayudaba a fabricar la pipa que le había traído Blasco de un viaje por Indonesia o alguno de esos países. Pero no era, en realidad, miedo a esos siniestros efectos secundarios. Ni a la muerte – con la que ya creía había hecho más o menos las paces. Era un pavor cada vez mayor a morir solo. ¿Cuánto pasaría hasta que alguien lo echara en falta? No tenía hijos, hermanos, primos; sólo amigos que ni siquiera veía a diario y que daban por hecho sus acostumbradas ausencias. Pensaba que esa era una muerte aún más rotunda, si cabía el término. Siniestra. Pero no ninguna instancia a la que uno pueda acudir para interponer un recurso contra ese desventajoso pacto que no suscribió.

La mañana prescindía de sus lamentaciones y le arrojaba una claridad que golpeaba sus neurona o lo que fuera que a esa altura pensara por él.

 

© Marcelo Wio

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