Lorem Ipsum (Del lado de acá – 3)

3.

Recordó a aquella mujer, que debía ser aún más joven de lo que parecía bajo el cansancio, sus piernas como bastoncillos frágiles formando una silueta sin esmero, sin gracia, hecha de hartazgo y desgaste. Figurita Schielle narrada por Cadícamo y fotografiada por Gita Lenz. Ciro aspiró el humo del opio, como si estuviese absorbiendo un alma, o un perdón, y a la vez que dejaba la pipa a su lado, comenzó a olvidarse de la muchacha y de sí

Estaba en el salón.

Todo estaba en silencio. Especialmente en su interior, donde Ciro medía la trayectoria que hacían en el aire las palabras que se habían pronunciado tantas veces en ese salón (siempre las mismas, en definitiva, apenas alterado su distribución, como si se estuviera tanteando una contraseña), mientras se iban deshaciendo como esa nieve que no llega a caer al suelo.

Además, observaba cómo los instantes se iban descomponiendo en una precipitación truncada, cayendo a ninguna parte, para acumularse en ningún lado. Igual que las palabras; que es lo mismo que decir que él. Y volvía a cargar la minuciosa pipa de madera con incrustaciones de marfil – como si este adorno le diera un atisbo de dignidad al acto de aceptar una derrota momentánea, a caer en la batallita empuñando una espada sin filo e incompleta; ardides sabidos de antemano para indultarse.

Aún escasamente de este lado de la milonga, puso el concierto número tres de Brandemburgo y se tumbó sobre el sofá. El opio lo fue dejando en un letargo de ruinas, retazos de imágenes, sonidos en sordina: adagios. Templo marrón sobre fondo naranja sombrío, sucio; marcha de figuras sin forma ni concierto – yendo y viniendo para ocupar el espacio de manera dinámica -, que enseguida se hace patente que son átomos empeñados en impecables colisiones: informes bolas brownianas que envuelven a la prostituta en una lluvia de insultos de frío y rencor, de esquina eterna que se pretende pasajera (hasta en ese estado los lugares comunes), porque ya se sabe, nada es perpetuo; ni siquiera estas baldosas inmensas por las que hay que caminar cuidando de no pisar las líneas para no caer fuera de la circunstancia, porque si no, luego habría que crearse otra y entonces sería primero el paso y luego la baldosa, pero eso no puede ser, basta mirar el templo y cómo está construido para comprender que se hizo de abajo hacia arriba: cuestión de cimientos, de sustentación, ¿no te parece? – participa a la muchacha Schielle -, tan pequeña, tan manchada de la vida como estás… Y, por cierto, ¿cómo te llamas? Yo hace un instante era; ahora soy una duda. Qué astucia, madre mía; ni aquí me libro de mí. ¿Y si fueras una moneda que gira en el aire decidiendo suertes? Aunque ahora no quiero suertes ni promesas; sólo contemplar el templo, y a sus súbditos elevándolo cada día un poco más, con esos bloques de caliza blanca como la piel de sus piernas. Oh, no, sujétame, ahí viene el silencio, no es tan único como debe ser el de la muerte, pero tiene trazas inequívocas de final, de abatimiento perentorio, no veas cómo se parece; todo va perdiendo prestigio o lustre, como este mismo desvarío, como todo lo que he dicho alguna vez; lo solemne se descubre ridículo, entonces uno se encuentra sin esas seguridades ornamentales, sólo con dudas-certezas de mercadillo, como esa vieja que está todos los días en el banco y no se decide a cobrar la pensión: tal vez no esté segura de si la muerta es ella y la pensión ya la cobró el marido, y por no abochornarse queda en ese limbo de indecisión como de opio.

Ciro transpiraba, pero no se movía a pesar de esa marea que va y viene, barre pero deja, y mezcla lo barrido y lo dejado. Nada más. Transportado más allá de sí mismo dentro de sí mismo. Un ojo se fue abriendo cual el apéndice de alguien que fue enterrado antes de tiempo (negligencia o perversidad, lo mismo da). Siguió el otro ojo, claramente acostumbrado a seguir el despertar (o la desesperación) del otro.

Cada vez temía más las sombras que le ayudaba a fabricar la pipa que le había traído Blasco de un viaje por Indonesia o alguno de esos países a los que se le supone lo que uno secretamente (o no tanto) teme de sí mismo. No era miedo a esos siniestros efectos secundarios. Ni a la muerte. Era un pavor cada vez mayor a morir solo. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que alguien lo echara en falta? No tenía hijos, hermanos, primos; sólo unos amigos a los que ni siquiera veía a diario y que daban por hecho sus acostumbradas ausencias. Pensaba que esa era una muerte aún más rotunda, si cabía el término. Siniestra.

La mañana prescindía de sus lamentaciones y le arrojaba una claridad endeble, como hecha a los apurones.

© Marcelo Wio

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