XXXIV Finale (Una noche larga)

Úrsula se enroscó alrededor Hugo apenas él entró del balcón, sabiendo que se había despegado de la fuga estática y silenciosa. Como una película dolorosa se fue desplegando frente a Hugo la realidad: Marco tres días en el Hospital, Marco en el ataúd con un rostro que ya no era suyo, Marco en La Chacarita, Marco recuerdo; vacío todos los días, abismo entre vos, Úrsula, y yo, y dentro nuestro; dejando que otra vez ese “Señor Urrutia, lo llamamos de la comisaría…” se le metiera por el mismísimo tímpano por el que había dejado entrar las ideas que lo habían sustraído del dolor para arrojarlo a otra forma del padecimiento.
– Te necesito. Quiero que vos me necesites. Tengo demasiada ausencia para sumarle la tuya – susurró Úrsula.
Lloraron juntos un buen rato hasta que Úrsula, con los ojos enrojecidos, se fue a la cocina a poner unas milanesas en el horno. Hugo salió al balcón con la excusa de fumarse un cigarrillo. Pero lo que quería hacer era despedirse, o hacer una suerte de constatación. Oyó la voz de Jalil (lo que es un decir, porque él sabía que no la oía, sino que se permitía “oírla” un segundo más): Tu apostasía ursular no fue otra cosa que su contrario: un profundo acto de fe: la convocatoria de auxilios. Y llegó el séptimo de caballería y el Corto Maltés y Sandokán…
– No me joda con actitudes laberintoidales– respondió Hugo al vacío, cagándose de risa llorada, toda derretida, cayendo en picado a la avenida.
– No lo jodo, lo expongo, lo desnudo, lo termino de ayudar. Y me gusta lo de laberintoidal, se lo robo.
– Váyase a la mierda.
– Estoy bien acá, pero gracias por su consejo turístico, lo tendré en cuenta para alguna noche un poco herética y escatológica.
Fue lo último que le escuchó a uno de los ácratas del Conventillo. Úrsula lo llamaba desde el comedor para cenar. Hugo tiró el cigarrillo hacia la calle. Mientras la pequeña luminosidad caía, se dio cuenta de que ellos – Úrsula y él mismo – no eran otra cosa que una fantasía, el recurso del alguien más; y que sólo por eso había renunciado a su método, porque no se puede ser la huida de nadie estando, uno mismo, en plena fuga. Como fuere, habrían de seguir actuando hasta que el insomnio o lo que fuese cesara, hasta que ese alguien encontrara a su Úrsula, su valor.
Se dio cuenta, Hugo (quién más), de que no quedaba otra que ese alguien continuara así, sufriendo, o manteniéndose levemente a flote; porque si salía del bache, él mismo (y, claro está, Úrsula, y las posibilidades que por fin se le habían abierto para rearmar algunos pedacitos de vida para tirar los años que le quedaban a cuenta) se iría volando como la colilla que acababa de tirar; y él mismo callaría, como Jalil y el resto de los ácratas. Hay que hacer lo que sea posible para que ese alguien siga a la deriva. Vivo, por supuesto. Pero a la deriva. Tarea difícil si las hay. Y abyecta. Pero así es la vida. Todos luchando para sobrevivir. Aunque no se tenga muy en claro si uno es pura imaginación o si es de carne y hueso.

 

© Marcelo Wio

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