XXX (Una noche larga)

Las sombras de la ciudad se deserizaron hacia el Este, obedientes a la costumbre, hasta esfumarse, imperceptibles, abracadabra, sin que el público presente notara el momento exacto de la desaparición (y por ende, truco alguno – muy vulgar por lo demás: amontonamiento de edificios y oblicuidades lumínicas -); ni, abracadabra, el momento exacto de la aparición al día siguiente. De sombra a sombra, y nadie se asombra; tal es el efecto de la costumbre de olvidarse de ver, de apreciar. De sombra a sombra, el que no se escondió se embroma.
Y Hugo en el balcón. Mirando para no mirar. El humo del cigarrillo como detenido – ¿o era el tiempo? -.

Úrsula en el salón. De pie. Los brazos cruzados sobre el pecho; o acaso tendidos a los costados. Lo que más le preocupaba en ese momento no era la colocación de los brazos, sino la de las palabras, la posición de los significantes exactos en las frases que exteriorizaran sus cavilaciones. Con los brazos cruzados sobre el pecho, o a los costados, Úrsula se dirigió, por fin, al balcón. El humo del cigarrillo – o el tiempo – se agitó levemente.

Hugo hablaba. Parlamentaba como si hubiese alguien allí, además de él y el dolor y la ciudad siempre sin rostro. Así se pasaba gran parte del día. La otra, parecía escuchar la voz de la ausencia a la que le hablaba.

-Úrsula me utiliza como una difusa sustitución (una entidad subliminal, si querés) de su voluntad: como una forma de maquillar una carencia que acarrea desde su infancia remota. Por eso indefectiblmente (y obligadamente) extrae de sus mangas al mariscal – que, caigo en la cuenta, no puede ser otro que su padre; o al menos, la imagen paterna -, para contraponerlo al hecho de ser-esposa-madre: y yo vengo a ser una especie de credencial, un título que le permite ejercer la condición de adulta y ubicarse en una situación aceptable ante unos ciertos procedimientos que no termino de entender. Todo se remonta a Trieste y a una despedida sin protocolos ni afectos, a una duda que tiene demasiado de certeza para obviarla sin más. Y es que su madre, vulnerable, escapando de horrores que la perseguían por unas determinadas pautas raciales, religiosas, políticas, estaba a merced de hombrecitos como el mariscal: los trueques desiguales desde siempre involucraron los errores de los ciclos lunares y las formaciones de placentas indeseables.

– Úrsula no te utiliza. Úrsula no puede utilizar a nadie. Apenas puede, Úrsula, utilizar las horas del día para algo más que no sea sostenerse – dijo Úrsula, casi un susurro. Y era la primera vez que Úrsula intervenía en aquel diálogo con nadie que Hugo practicaba (o padecía) en el balcón.

 

© Marcelo Wio

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