XXVIII (Una noche larga)

Alden, racimo de celos, te odio. Así de clarito. Y, encima, en voz alta. Una señora mayor la miró y le sonrió unos labios que decían tenés razón muchacha, son todos iguales. A June le hubiera gustado decirle que no, que Alden no era igual al resto, pero que se había caído en el pozo-Buenos Aires, en la quietud de las nochecitas de vino y palabras inofensivamente dañinas; pero para qué le iba explicar todo a esa señora que seguía sonriéndole tan descaradamente. Vieja de mierda, pensó, por fin, June, harta de esa condescendencia entrometida que ejercen algunos humanos a cuento de nada, porque nadie les pidió un carajo, pero ahí están, con el gesto en el disparador, listo para descargarlo. Pensó que había gente así en todo el mundo, cuya única misión era elaborar el gesto de circunstancia para la intromisión urbana; profesionales salidos no se sabía bien de dónde que siempre estaban bien ubicados para hacer su labor inútil. Se bajó del metro con los restos de esa fantasía desprendiéndose de su cabellera pelirroja y con otra naciéndole desde las raíces. Pero ésta tenía poco de fantasía y más de hecho consumado, como si estuviese mirando hacia atrás, hacia el momento en que tomó la determinación. Así de poderosa y esquiva fue la decisión de volver a Inglaterra. Casi pudo oler la salita que sus padres tienen antes de acceder al salón: madera, tierra mojada (que su padre entra a diario de contrabando en la suela de sus botas de goma verdes que usa concienzudamente para todos sus paseos desde hace cincuenta y tantos años, oh darling, si vas a hablar del tiempo, habla con precisión, qué es eso de “y tantos” y el aroma del Earl Grey con una pizca de limón), pelo de perro labrador, también mojado; un leve olor a algo huidizo oque relaciona con algún pudding y el otoño. Y si tenía la facultad de anticiparse tanto, cómo no iba a poder hacerlo un poco menos: al instante en que ella se enfrenta a Alden y le comunica su indeclinable renuncia al matrimonio, al menos en las condiciones contractuales presentes. A lo que él, en primera instancia, no sabrá qué responder, para enseguida hacer un anecdotario, un listado de felicidades conjuntas: lo lindo y tupido que hacían el amor; la primera vez que ella se le acercó y él le dijo su nombre, algo tartamudo, con la impresión de estar memorizándolo en esa primera pronunciación – “because it was that way, actually, I was born that very day”, que a esta altura suena de lo más cursi (porque siempre lo fue, pero entonces, en esos momentos, todo suena como conviene a los impulsos). Y luego vendrán unas interposiciones de último momento, como para frenar o postergar indefinidamente el trámite de despedidas; y la conversación resbalaría de la mesa, pesada, fofa, y andaría aún un rato entre los ritmos del aburrimiento de los dos pares de zapatos como un perro dando vueltas para echarse a dormir.

 

***

 

La alarma del reloj atravesó su sueño como una estocada a las seis y media de la mañana – entrada en sien izquierda, salida sien derecha; desviación de dos milímetros; interesados ambos nervios ópticos y el lóbulo frontal. Alden siempre pensaba, como quien en el metro se agarra a una manija para evitar una caída segura, que los despertadores habían sido urdidos, con no poca saña, por un contubernio de empleadores solterones y relojeros resentidos – a estos últimos los suponía, además, militares o curas frustrados -. Se sentó precariamente en la cama, miró de reojo a June y se impuso la voluntad, o la obligación, de levantarse.
El parqué frío lo pinchó en la planta de los pies y no pudo evitar sentirse uno de esos tipos que caminan sobre brasas. Esa hora inhóspita y dolorosa del día lo impulsaba a surtirse de comparaciones estrafalarias para sentirse menos solo, menos condenado a los horarios y a la bendita embajada británica con sus exagerados acentos de Oxford, las nobles y educadas deslealtades, trampas e intrigas para acceder a una de las “embajadas calientes”; las promesas de un sábado de canasta y Primm y Gin and tonic. Todo siempre tan, ya no sólo en Inglaterra, sino en otro tiempo.
Cuando volvió del baño a la habitación, June lo miró fijo – Alden se sorprendió – y le dijo, anticipando cualquier intento de Alden de recurrir al pasado para evitar la determinación de June, y para cerrarle la puerta a esa forma del chantaje amoroso: No tiene ningún sentido recordar, es un mero usurpar el presente (con ánimos de postergación o cancelación o lo que quieras) con una idílica idea de algo que en su momento hasta pudo haber parecido intrascendente, insustancial.
– Sos injusta – replicó Alden.
– Tal vez.
– E hiriente.
– También.
– No sé por qué hacés esto.
– ¿Qué? – responder escueta, cortante, burocrática, se respondió mentalmente June.
– Borrarlo todo, desecharlo como un recuerdo cualquiera, ajeno. Reduciéndonos a un beso apurado, dado sin ganas, un poco llevados por el entusiasmo; a la insignificancia de cualquier momentito bastardo de esos que uno encara porque hay que hacerlo, sabiendo que no se recordará porque es el relleno obligado de horas y acciones entre dos efemérides personales, y la memoria lo ubicará a su antojo junto a tantísimos otros instantes semejantes.
– No te pongas trágico. Yo sólo te digo que ya no somos ese pasado. Es inevitable que así sea.
– Claro que somos “ese pasado”, como lo llamás, como algo que ni con un palito se toca. Somos ese pasado y otros: los pasados de antes de conocernos. Y somos este presente, que abarca las intenciones y las intuiciones futuras.
– Sí, ya lo sé. No quería decir eso. Me refería a que para vos sólo somos pasado: absoluto, estancado, siempre reconvirtiéndose según tus necesidades. Para vos somos presente únicamente respecto de un pasado: presente para la evocación, para la retrospectiva, para ajustarnos a unos lineamientos que son, precisamente, pretéritos.
– Sos muy injusta, June.
– Ya lo dijiste, Alden. Y también dijiste hiriente. Tal vez sea ambas, pero eso no me convierte en desleal con nuestra historia ni con nuestro presente. En cambio, lo que vos hacés, es practicar una de las formas más – iba a decir rastreras, pero cambió el adjetivo – obvias de la usura: deudas que me enchufás a mí aunque no esté muy claro que sean mías, aunque no haya fechas precisas, firmas, recibos, ni datos que confirmen su veracidad, su legalidad. Y, sobre todo, deudas sin descripción. Simplemente deudas. Palabra. Obligación de satisfacer, de reintegrar, de abonar lo que en un momento determinado se te ocurra.
Alden se levantó de la cama – se había sentado, dándole la espalda a June, por un puntillazo de vergüenza que había sentido mientras se acomodaba a su lado – y fue a la cocina. June escuchó correr el agua.
No voy a ceder, se dijo. Ella siempre había decidido aceptar, con algo parecido al alivio, creerse las mentiras oblicuas que tenían tanto de verdad que no podían pasar por otra cosa que no fuesen falsedades premeditadas que actuaban como banderitas blancas alzadas desesperadamente entre el desparramo de trincheras que se mezclaban y confundían unas con otras. Pero eso había sido antes. Estuvo a punto de decirle que ya no lo comprendía, porque incluso las palabras habían perdido sentido, como si hubiesen atravesado la frontera del absurdo (o de la insensatez) y ya no fuesen necesarias porque simplemente no quedaba nada que precisara de explicaciones, de razones: así, la comunicación era, ya, un hecho inútil. Pero no lo dijo. Porque era una puñalada innecesaria. Y ella quería dejar la escena del crimen bien limpita. Por eso, en su lugar, dijo: ¿Sabés qué pasa? Que temo que hayamos llegado a un punto de costumbre, de cierto desinterés apenas disimulado por gestos convenidos tácitamente en algún silencio pretérito. Y eso, precisamente, son tus celos: un disfraz, un manotazo al aire, buscando una mano salvadora: el pasado o esa idea-de-nosotros contra el presente que te duele por algún costado.
Él no contestó. Sabía que habían llegado al punto en que decir era adentrarse en figuras hiperbólicas, en histrionismos, en demoras de lo evidente.

 

© Marcelo Wio

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