XXIII (Una noche larga)

La madre de Silvia se había apellidado Anchorena. Pero de eso hacía mucho tiempo. Tanto que se había olvidado que una vez había tenido ese apellido tan de calle, de busto y lustre. Su padre la había mandado a Rosario (“Ya es suficientemente horroroso que mi hija haya dejado entrar a un peoncito a la familia; que ella haya sido la grieta de esa dignidad que, te guste o no, es también la de la Patria – o quiénes te creés que la hicieron, los Gómez, los Pérez, los Tortonni o Spaghtetti -; para encima tolerar un morochito de mierda salido de las mismísimas profundidades del vientre de mi propia hija. Muy equivocados están todos si creen que voy a permitir semejante vergüenza instalándose entre nosotros”, no masculló don Hipólito Iturralde Anchorena, que ordenó con la mirada, simplemente, con el desprecio del silencio rotundo y pesado), con una tía abuela que tenía una vergüenza propia (más bien, era una vergüenza para la rancia familia) y pretérita, de la que nada sabemos y que hizo de ella, desterrada, una especie de guarda de pecados, errores, horrores y demás catastros de las manchas y manchitas de los Anchorena (con calle y todo).
Lucas había heredado el apellido su tía abuela (el apellido de los descastados, de los intocables, los impuros), que, a su vez, es invención de un amigote con muy poca imaginación que tenía la familia en el registro civil de Pergamino: Piérrez – suma de una ‘i’ y una ‘r’ a Pérez que lo hizo sentir muy sagaz; el leve consuelo de los pelotudos.

© Marcelo Wio

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