XXII o Silvia-Jalil-Lucas (Una noche larga)

¿Por qué? ¿Por qué el silencio? ¿Por qué ocultarlo? Qué importaban los cómoestástantotiempo, bueyes perdidos y demás fórmulas de relleno. Ella le diría, con un inicio de fastidio, que por una suerte de tradición familiar; que ella había decidido tenerlo, sola, que eran tan jóvenes y cómo iba ir él, con tantos sueños por deltante-detrás-y a ambos costados, con una criatura. Y él, cortando la retahíla de excusas: sos una boluda. Digo sos, en presente, porque sí, es cierto, éramos jóvenes, pero hace rato que dejamos de serlo, y debería haber habido una señal, algo, y no así, de pedo, con la pelotuda de Luciana de sopetón, apareciendo detrás de la misma pila de años que nos cayó encima a vos y a mí y a todos. No te voy a decir que me robaste nada porque hablar de hurtos cuando no se sabe…, pero, qué se yo, a modo de protesta, porque siento que debo reprocharte aunque sea leve e inútilmente, me quitaste la posibilidad de, etcétera, etcétera.
Ella llorará, porque la escena así lo requerirá, y él la cortará, porque a esta altura el lagrimeo está como muy devaluado y no viene muy a cuento, entonces ella le dará un número, un nombre y la promesa de poner al hijo al corriente, como para evitar soponcios o, lisa y llanamente, una mandada a la mismísima. Porque para Lucas no había padre. No es que creyera en inmaculadas concepciones ni mucho menos, sino que, a fuerza de tradición, los padres eran una mera posibilidad fáctica. Había, eso sí, en el principio de los tiempos, un José María Anchorena. Y eso era todo lo necesario, porque el tiempo se detenía allí.
Después del llamado de Jalil, Lucas darías las gracias a nadie en particular y acto seguido abriría la caja de recuerdos de la que sacaría dibujos de su niñez y ese tipo de trocitos de uno que suelen guardarse como constatación de cronologías. Inés lo miraría un tanto risueña, desde la cama, desnuda (lleno el cuerpo de juegos e inquietudes), como quien observa un ritual por primera vez y teme ofender a los practicantes. Tengo padre, le dirá Lucas, y ella, más risueña aún por ese final de liturgia, le dirá que todos lo tienen, que vaya descubrimiento. El mío apareció recién, dirá él, señalando el teléfono, disimulando lágrimas. Entonces ella le dirá que conoce su historia, y comprenderá y lo tomará del brazo y lo arrastrará a la cama, a su lado , y le lamerá las lágrimas (que ya no disimulará) y él corresponderá y así, como quien no quiera la cosa, pero muy queriendo, olvidados de sí y de las precauciones, no se enterarán de que él, Lucas, se estará convirtiendo en padre, a su vez, el mismo día en que se enteró de la existencia material, concreta, del suyo. Es lo que tiene la vida, que rueda y rueda aunque por momentos parezca estática: sólo son apariencias insignificantes, percepciones de pequeños seres obligados a rodar y rodar, a nacer y morir y en medio preguntarse por qué, cuando en realidad habría que hacer como Lucas y dar, simplemente, gracias, a la madre que nos parió, al padre que intervino en lo suyo, a nadie en particular, a todos, a todo. Y a las Irenes que lamen las lágrimas de esa manera tan liminar: del otro lado, un paraíso como no está contemplado en los cánones.

© Marcelo Wio

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