Vocación equivocada

A cada cual su vocación. O algo por el estilo se suele decir. Algunos, incapaces de encontrar un zapato en una zapatería, no dan nunca con ella. Idelfonso Álamo se econtró con su vocación a temprana edad. La edad en sí, no la recuerda, pero sí que fue temprano: a eso de las cinco y cuarto de la mañana. Un sueño que nunca pudo recordar lo despertó de golpe, como si unas manos lo hubiesen asido y levantado hasta sentarlo en su cama, para empotrarle, de un tortazo, una idea en su frente que fue abrazando todo el cerebro: fundar.

Más adelante, y enterado de los propósitos de su amigo, Hermenegildo Sanpietri diría que las visiones a futuro – y las retrospectivas – tienen la cualidad de ser, todas ellas, algo grandilocuentes (generosas, digamos, con su protagonista). Acaso, interpelaba al interlocutor de turno, ¿ha conocido usted a alguien de esos que dicen recordar sus vidas pasadas, que le cuente que fue pastor, siervo, esclavo, albañil, carretero, matarife? Nunca, siempre habrán sido conspicuos nigromantes, obispos, príncipes, consejeros. Lo mismo ocurre con los horóscopos proféticos, la misión siempre es extraordinaria; pura grandeza. Y el pasado, qué decir del pasado: glorias y derrotas sublimes (lo que las transforma en un prestigio, casi una victoria). Todo a lo grande. En technicolor.

Idelfonso no hizo caso a los consejos y súplicas de sus amigos – que tampoco se esforzaron mucho, la verdad sea dicha: querían ver hasta dónde lo conducía aquella misión a Idelfonso. Así, los intentos de persuasión tenían mucho de espoleo: que fundara un bar, que no vendría mal en aquel villorio; que fundara un club de ajedrez, él que tan aficionado era a eso de mover piezas sobre un tablero.

Hasta que un buen día, lo vieron pasar por la calle principal (la única, realmente) de tierra firme, a caballo – el jamelgo cargado de alforjas y bártulos. Reconcentrado, Idelfonso. La mirada como una lanza determinada, rebullendo de tozuda obsesión – algo de siniestro había en ese refulgir de determinación: como la de un dictador asido a muerte a un poder que se deshilacha.

Se perdió por el extremo noreste de la calle, e inmediatamente se adentró en esa hipertrofia de vegetación que rodeaba al poblado a la manera de un muro – a saber si para impedir que alguien entrara, o para que ellos salieran. No sabía qué, ni dónde, fundaría lo que fundaría. Pero llevaría su nombre. Reputaría su nombre que era el de sus antepaasdos (mera cronología de subsistencia, de perpetuación de unos litros semejantes de sangre).

Azota, la vegetación. Dificulta, impide, redirige, impone; densa, desmesurada. Idelfonso porfía. El caballo protesta, pero no tiene espacio para alharacas de encabritamientos. Carne y obstinación contra vegetal y firmeza. Lleva las de perder, Idelfonso, que a golpe de hojas inmensas como botes, despierta de ese sueño del que creía haber despertado aquella mañana remota. Despierta en ese otro sueño de humedades y asfixias: la selva sitiándolo, cerrándose sobre él; desapareciéndolo.

Poco más pudieron avanzar bestia y hombre – aunque avanzar es un concepto ridículo en esas espesuras tan vastas, tan uniformes: lo mismo sería estarse quieto, esperando que le crezca a su alrededor, que lo incorpore a su siniestra uniformidad. Recién entonces despertó y se percató del verdadero sentido del sueño; más bien, del verbo (en su forma pronominal; otro yerro) soñado: “fundirse”. La frondosidad ya lo había incorporado antes de que pudiese siquiera componer un gesto de abatimiento espantado.

© Marcelo Wio

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