Vocabŭlum

The most merciful thing in the world, I think, is the inability of the human mind to correlate all its contents. We live on a placid island of ignorance in the midst of black seas of infinity, and it was not meant that we should voyage far.” H. P. Lovecraft, The Call of Cthulhu

 

Las noches se confundían con el día: sus horas mezclaban sus desesperaciones, sus confabulaciones. ¿Hacía cuánto no dormía? No podía recordar. Por no recordar, no sabía si alguna vez había dormido. Por temor, no llevó registro del insomnio que le había impreso un rostro que terminó por ser el suyo. No eran preocupaciones – las que tenía no habrían merecido más de una o dos noches en vela al mes; y ni eso -. No eran, tampoco, fisiologías convulsas. Nada de ello lo retenía en esa vigilia continuada. El sueño le llegaba, como a todo el mundo: esa como marea o bruma lenta que se mete por vaya saber dónde para gobernar la inconsciencia y sublevarla contra la preeminencia de la voluntad. Llegaba, pues, la somnolencia. Pero entonces, a pesar suyo, una resistencia que se negaba a entregar su potestad, su privilegio: una idea para un relato; nada, dos o tres líneas, dos párrafos a lo sumo, el resumen de un brote, que escribía apurado, con caligrafía apaisada por la prisa por no olvidar ese germen que de pronto surgía contra el sueño que tardaba, entonces, en regresar a presentar sus credenciales, su embestida. Y cuando lo hacía, otra idea – que en ese estado liminal, se le manifestaba travestida con los atavíos de la brillantez – , otra anotación obligada. Y el sueño que se difería.

No hace mucho, cuando falleció, un sobrino (profesor de Filología Persa), que heredó la casa de la Rua dos Douradores, encontró estantes y cajones y baúles llenos de hojas manuscritas de lo que, le pareció en un primer momento, un largo relato circular. Mas, luego de dedicarle más atención, resultaron ser bosquejos de una misma idea que variaba levemente de un trozo de papel a otro, tan sutilmente, que eran la misma versión de un horror que no se nombraba: un rostro, una palabra que, se advertía, luchaba por no mencionar – pero que alguna obligación lo forzaba a insinuar (cada alusión parecía ser la cronología de una derrota que terminaría por escribir la palabra) -; un tiempo que no parecía obedecer a las leyes de los calendarios que los hombres se han dado a sí mismos (mero ordenamiento). El sobrino encontró el que, bien conjeturó, fue la última anotación (idea) de su tío. Una única palabra terrible: sin significado para los conocimientos que poseía – que nadie pudiera poseer -. Una palabra que le hurtó esa primera noche el sueño. Y la siguiente. Y a la tercera, cuando ya lo vencía el peso de su biología deshecha, entonces una idea: un rostro, una palabra que él conocía (tan sólo su grafía) pero que se negaba a reconocer, a registrar; y un tiempo que aún no había comenzado a andar pero ya avanzaba. Anotó – a su pesar (en su momento, mientras revisaba esas heredadas hojas desquiciadas, pensó que el tío podía haberse negado a esa escritura necia, haberla interrumpido; qué equivocado estaba) – la “idea” (la palabra y sus disfraces), luchando contra ese término irreconocible pero que transmitía un significado inasible y atroz. Estaba irremediablemente atrapado en un ardid inconcebible, excepcional, incognoscible, para perpetuar esa palabra: mantenerla entre la humanidad, pero sin revelarla. Ya, se figuró, llegaría el momento en que la palabra – acaso el método que oculta; que sea – invadiría cada vida para realizar las reformas, los diseños, que siguiesen de su pronunciación, de su presumible dominio de los seres.

 

© Marcelo Wio

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