Una vieja transacción

Dos demonios caminan por la Gran Vía a las cinco y tantas de la mañana de un martes de invierno. Buscan almas; o, más bien, incautos que caigan en el engaño de creer en una permuta ventajosa, de creer que el alma es una invención de los ociosos y los predicadores.

Se les acerca, y aborda, un joven con pinta de estudiante dispuesto a ofrecer su alma a cambio de una gloria filosófica.

Traete cuatro amigos más, y hay trato, dice uno de los demonios mecánicamente, como un funcionario cansado de rellenar los mismos formularios a los que nadie les prestará atención.

El joven los mira con divertida intriga.

Las almas ya no son lo que eran, justifica el otro demonio, mientras se saca una mugre de debajo de la uña del índice derecho. E ir a tentar – continúa – por los pueblos, donde aún las hay como las de antes, es imposible; cuestan una barbaridad, y siempre andan rondando los demonios anticuarios que hacen que los precios se disparen aún más, hasta favores que ni dios podría realizar.

Comprendo. Pero estos amigos también querrán algo, aunque los convenza de que sus deseos sean…, cómo decirlo, menores, a mís pretenciones. Lo que implicará que, a su vez, traigan más amigos, y así sucesivamente, tendiendo a menos infinito. Para entonces, ya tendrá mi alma de manera gratuita – le aseguro que no soy material de paraísos -.

¿Ve lo que le decía? – un demonio dirigiéndose al otro -. El comercio de las almas ha devenido como una partida de canicas. Y ni eso: al menos, las canicas implican un compromiso serio.

Esto se ha transformado en un viva la pepa, en un todo a un Euro – con un valor real de 0,005 por unidad, como mucho… -, el otro demonio.

¿Qué sentido tiene, ya, nuestra existencia?

Acaso – interviene el joven -, para hacerle un favor a almas descarriadas como la mía, a cambio de seguir interpretando una ilusión. A fin de cuentas, computaré como una victoria del Averno.

Creo que el infierno hace mucho que ganó… Por goleada. Venga, un alma a cambio de una gloria.

No se arrepentirá.

No está permitido tal comportamiento en nuestra sede central…

Claro…

Los demonios siguen camino hacia Plaza de España. El joven enfila hacia las entrañas de Malasaña. Una llovizna tenue comienza a caer con ánimos de composición pictórica innecesaria.

© Marcelo Wio

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