Una versión de la soledad

Una mano de nadie. De tantas que flotan dispuestas, predispuestas, solícitas: para encenderle el cigarrillo, abrirle una puerta. Una mano de nadie fue, precisamente, la que sostuvo un paraguas entre el taxi y la entrada del salón de fiestas. Mano de nadie, porque sólo algunas se continúan en un brazo que llega a un hombro que sostiene una identidad, un prestigio, una oportunidad. Sólo esas interpretan una posesión, por más ilusoria que ésta sea.

Las miradas, como si el plano se hubiese inclinado por el peso de su presencia, se resbalaron y agolparon sobre ella. Miradas de ellos. Miradas de ellas. Ambas, en el fondo – en el atavismo de retina e instinto -, idénticas: deseo inmanente, primordial, primitivo; anterior a la educación del impulso. Miradas de nadie, tan apretujadas como estaban en la ansiedad de atisbar. Incapaces de ir más allá de aquello para lo que han sido adiestradas para ver y ocultar: envidias, desprecios, admiraciones y el propio apetito saliendo por el lagrimal y descenciendo hasta el cuelo pecho vientre.

Las palabras, disciplinadas para servir al acercamiento, para excusar la prolongación de la mirada en una ocasión. Palabras de nadie. Tan salivadas por todos. Tan sin personalidad. Disfraces para relacionarse; embadurnados en ellas como si en Troya. Artificios que dejan evidencias de sus usuarios por todas partes; de sus intenciones. Charquitos de vergüenza. Palabras banales que van y vienen: trayecto cansado entre empeño y resistencia. Ruido de interpretaciones. Mumullo de codicias y alboroto de soberbias. Algarabía de prestigios sonando entre las copas de champán. Entre todo ello, una mano enciende el cigarrillo. Una mano que sólo tiene un encendedor. Una mano de nadie que intenta superar la instancia de la cosa para prolongarse en brazo, etcétera, e intentar su cuota de palabras y de convencimientos.

Y todo gira. Lentamente – como un mareo digno -. En una ansiedad despreocupada. No tanto por encontrar, sino como por ser buscado (acaso, hasta hallado, según las apetencias y las coveniencias). Coreografía feroz. De displicencias. Rechazos. De obsecuencias. Desazón. De escalafones e identidades superfluas.

La misma mano – todas la misma, todas de nadie – le sostiene la puerta de entrada (o salida, en este caso), y otra mano – la misma -, el paraguas, entre la puerta y el taxi.

Allí sentada, se quita los guantes y observa sus manos blancas, largas, finas; las uñas rojas. Unas manos – tan suyas, tan de nadie – terriblemente solas, que tal vez esa noche se dejen conducir por una flaqueza voluptuosa en su camino desde el lagrimal hacia el vientre.

© Marcelo Wio

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