Una de tantas

Luyego, a 13 de julio de 193…

 

 

Querido Fermín

Todo está igual desde que te marchaste. O desde que regresaste. Porque habrá incógnitas, trances y obligaciones que te habrán cambiado al punto de reintegrarte al momento de tu partida, como en una noria. Pero mira las cosas que digo. Así y todo, nada está igual. He parido en tu ausencia (tenía idea de que te iban a dar un permiso). He aprendido labores que no me correspondían. He dejado de ser quien creía que era. Las mujeres de por aquí dicen que somos más macho que hembra, a esta altura. Y vosotros, en el frente, más niños que hombres. Pero aún así empuñáis muerte. Con la saña del crío, dijo Angelina. Pero sin la esperanza de salir vivos, porque aquellos, enfrente, no son los mochuelos indefensos a los que martirizábais. Calle, Angelina, mujer; deje de mentar sombras, la de la panadería, Emilia. Y qué quieres que pronuncie, si es todo lo que hay. Así todos los días, junto a la fuente, que a veces parece que vamos a buscar sangre, en vez de agua y algún decir más ameno, que las horas desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Que esto es un sin parar. Y todo para que esa tierra rocosa dé puñaditos de ilusión. Pero eso no se come.

Las manos se me han puesto como de leño. Hay veces, mientras me estoy aseando, en que me vuelvo de repente para ver de quién son esas manos ultrajantes e insolentes que tan de pronto me frotan como si fuese de su propiedad o me tuviera en arriendo. Son las mías, ¿te lo puedes creer? Es que aún no las reconozco o no las quiero reconocer.
El rapaz crece. Junto a otros como él. Los cuida la hija de la Emilia, la más chica. Ni doce años tiene la niña, y la vieras cómo dispone, cómo asume mañas de muchacha mayor. Dos veces al día, la Gervasia, que tuvo una niña, y que si de normal ya tenía los pechos que tenía, imagínate lugo de parir; pues así es que alimenta a los que están en edad de pecho. El hijo nuestro, que se llama Fermín, como tú y los varones primogénitos de tu familia, está aprendiendo modos que parecen de manada. Pero descuida, ya se irá domesticando cuando pueda llevarlo al campo.

He visto a tus padres. No te voy a mentir, eran pura preocupación. A tu padre no lo reconoces. Pobres. Porque, no sé si te habrán llegado noticias, tu hermano el menor ha sido reclutado. Quince años, nada más, ¿a ti te parece?… No lo verás, porque lo envían al sur, donde parece que todo está controlado. Algún que otro rojo, dice la radio, pero poca cosa más; desinflados andan. Así que, gracias a Dios, no estará en medio de la refriega. ¿Cómo hemos llegado a odiarnos tanto? Pero si nos cruzábamos todos los días yendo para uno u otro lado, que aquí son pocos los lados de provecho a los que ir. Y cada día, buenos días tenga usted, buenas tardes, buenas noches. Y día sí y día también, cómo están los suyos, que he visto a su hijo el mayor y casi no lo reconozco. No nos vamos a reconocer, Fermín. Ni eso ni confianza habrá. No durante un buen tiempo. Angelina dice que por lo menos, durante ese tiempo, será el nuestro un país de mujeres, al menos hasta que los críos crezcan e impongan sus modos de varón. Exagera. Siempre exagera. Y sabes por qué, porque así constriñe la esperanza a regiones donde las posibles decepciones son leves. Esto me lo dijo el cura, no te vayas a creer que tengo yo tiempo de andar pensando. Que el mes pasado casi lo matan los nuestros, por cobijar rojos en la iglesia. Dí que al frente de la patrulla iba Hermino, ¿te acuerdas, el de la Concepción y de Iginio?. Que de crío, de tanta iglesia, si no se convertía en ángel, se convertia en cirio. Pues ese. El cura tenía cobijados a los Turiezo Álvarez y a los Pérez Álvarez, que no han visto un rojo ni en pintura. Pero si es que nadie sabe bien qué es un rojo. Lo más que se sabe es que andan a las pestes con la Iglesia. En fin.

Poco más. Las palabras que no te diré ahora, porque el papel le da a todo como una rúbrica de adiós, y no, esas sombras aquí no. Así pues, esas palabras, te las guardo para la vuelta. Intactas, sin tiempo. Espero tener manos más de mujer.

 

Con amor, tuya,

Dominga

 

P.d.: No te olvides de sobrevivir.

 

 

© Marcelo Wio

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