Una curiosidad sobre la memoria

Pueblo sometido. A una voluntad que no es ejercida por nadie en concreto. Como obedeciendo un destino de penitencia. O de resignación.

Pueblo de las muchas miradas. Sus ojos y sus ventanas rumorean sin parar; para marcar el el tránsito de un instante a otro: tiempo que sirve para anclarlos a la propia historia, a las cicatrices de las horas. Tiempo que delimita deseo y porvenir.

Miradas que miraban a uno sólo. De pie. En la plaza. Uno que los une: entre ellos, entre los suyos de cada cual, y a cada cual con cada cual – y alguna vez, involutariamente, amasa reuniones de dos que no debían -.

Allí, de pie siempre, en un costado de la plaza. Arrimado a la puerta de la botica. Mirando siempre el busto de alguien que debió haber sido relevante en algún momento: una cara que el artista pretendió noble, pero que le salió con un aire de inutilidad como de domingo a las dos de la tarde.

Allí, pues. Hilario compulsa los momentos. Los ve pasar; observa minuciosamente sus peculiaridades, y decide cuál memorizar – según un protocolo que sólo él conoce, y un método reservado que es implacable -. A todos y cada uno de los que han sido antes que él, a los que son durante él. A todos en la cabeza. Como vivos. Discurriendo. No es una memoria, meramente. Es un universo. El universo que nunca se separa de su creador; antes bien, es su pensamiento. Algún heresiarca dijo, detrás de una ventana anónima, que ni dios soportaría tales circunstancias.

Uno puede ir a la plaza. Acercársele a Hilario. Y pedirle que recuerde cosas que uno ya olvidó – o que cree haber olvidado, porque Hilario también ve… No, lee las memorias de uno, siempre y cuando sean recientes (no más viejas de tres días; entonces se deshacen) -; recuerda parentescos que se remontan al día en que alguien decidió que la tierra andaba muy sola sin voces que la nombraran, que la describieran.

Hilario decía, entonces. Pero con una cierta vaguedad al hablar, como si siempre se arrepintiera de decir lo que estaba diciendo – como si dudara que la memoria absoluta sirviese a su interlocutor, o si las memorias de los hombres, con sus hurtos y añadidos, eran más apropiadas -. Uno, a fin de cuentas, no sabe lo que está pidiendo cuando quiere la verdad, cuando quiere que le muestren a uno mismo en tal o cual trance de la vida, no como uno lo recuerda, sino tal y como fue.

Baltasar. El de los Femenías; familia de posesiones vastas y perpetuas. Baltasar se le arrimó una tarde en que el calor se caía, de pesado que estaba, tan cargado de isobaras y hectopascales. Se le acercó, con una cordialidad que no era suya: adulación vulgar. De la de toda la vida. De la que todos ven venir. E Hilario, por más limitado que anduviese en ciertos compartimentos de la vida, la olió incluso antes de que Baltasar apareciera en la plaza: un olor como a pies, como a encierro y pies, como a húmedo encierro y pies. De un marrón horrendo. De esos que no existen en la naturaleza. De una mortecina estridencia.

Se acercó. Baltasar. Zalamero. Hilario, cómo anda, compadre. Baltasar, néctar purulento, interesado, voz de señora mayor. No ando ni dejo de andar, siempre aquí, recorriendo vidas. Hilario. Voz de decir sin adherencias. Quería pedirle unas memorizaciones que seguro que tiene por ahí archivadas. Baltasar, como quien va a un registro oficial a pedir catastros o solvencias. Bueno, a eso iba. Unas memorias de los Zapata. De unas tierras que vienen diciendo que son suyas, pero que malicio que no lo son; que son más bien de nadie. Nuevamente, Baltasar, la saliva ácida desborando levemente el receptáculo de sus palabras y masticaciones. Tono cómplice-oficial. ¿Sabe el que le estoy mentando, Hilario? El terrenito ese que está al final del pueblo, donde el riacho vira de golpe, como asustado, y enfila para el oeste, tan bien como iba yendo hacia el sur.

Fue la primera vez. No la primera que alguno de los Femenías venía buscando trampas, olvidos, firmas que no habían sido, titularidades que no se habían asentado. Hilario siempre había referido la memoria fielmente. Como lo hacía invariablemente con todo aquel que fuera a pedir su memoria. Pero esta vez, se frenó – estaban los hechos ante esa mirada interna que tenía y que a veces se hacía insoportable – y cabiló como hombre. Por primera vez. Calculando consecuencias. Daños, perjuicios. Ganancias. Fue la primera vez que Hilario no dijo el recuerdo. Fue la primera vez que creó una memoria apócrifa. Para salvar a los Zapata de una pérdida. Para impedirle a los Femenías otra ganancia.

No bien dijo la falsificación, de su cabeza se fueron los cartapacios de remembranzas. Todo. Ido. Descompresión.

El gesto le cambió. A Hilario. Que abandonó, por primera vez, su puesto en la plaza polvorienta – Balatasar aún de pie, con el el engaño apretado en su mano derecha; la mano el bolsillo de su pantalón -. Lo abandonó y no volvió nunca más. Comenzó a caminar inseguro de sus piernas, largo tiempo convertidas en columnas, postes de sostén. Enseguida compuso una confianza de pasos más ligeros y decididos.

Lo vieron caminar hacia la entrada del pueblo – para Hilario, en ese momento, era, evidentemente, la salida -. Lo vieron perderse por el camino. Es decir, dejaron de verlo en el camino.

Hilario no regresó más. Como dicho ha sido. En el camino se iba acordando de sus propios recuerdos. Frágiles reminiscencias, al principio. Rostros, nombres, lugares, circunstancias, a los pocos kilómetros de andadura.

***

Pueblo sometido. A una voluntad que no es ejercida por nadie en concreto. Como obedeciendo un destino de penitencia. Pueblo sometido a una memoria inflexible. Abrían ahora las ventanas con recelo, apenas resquicio. Elevaban levemente la voz para inquirir. Para constatar si todos habían visto lo mismo. A Hilario. Marcharse. Perderse en el recodo del camino. Para constatar que tenían una voz, y no ese vapor de palabras y temores que habían exhalado usualmente.

Pueblo que ahora se veía liberado. O algo parecido. Y abría de par en par las ventanas, por donde ya no importaba que se escapara alguna evocación inconveniente, los restos de una acción o escena estimada perjudicial. Lo que había sido murmullo, ya no lo era. Charlas. Torpes al principio. Palabras encontrándose con palabras. Golpeándose con los rebordes de las cosas. Revoloteo de decires. Conociéndose las voces.

Y poco a poco fueron saliendo. Ellas. Ellos. A los portales. A mirarse unos a otros, a ponerle rostros a los nombres nombrados o intuidos tantas veces. Y la plaza concurriéndose. Como nunca – acaso en algún tiempo remoto, pero Hilario se fue, y no es posible consultarle -. Como esos desiertos a los que le brotan vidas luego de un chaparrón. Y a sus soportales creciéndoles charlas y charlitas. Todas inventando. Sin freno. Fiesta de narraciones. De memorias que no eran de nadie y que, igualmente, los anclaban tan divinamente en el tiempo. Tiempo que enreda deseo y porvenir y pasado (variable).

 

© Marcelo Wio

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