Un rincón del tiempo

El tiempo se dobla. Hay esquinas de la existencia en que esas deformaciones se dan con una asiduidad tal, que lo inhabitual termina siendo el tiempo educado de los relojes y las ciudades (tic tac de peatones). En estos casos, el tiempo termina por estirarse: goma de segundos y minutos en la que oscilan pequeños seres y sus pequeñas anécdotas (alguien dijo alguna vez que el tiempo es el chicle de Dios, al que se le han adherido pequeñas motas de polvo).

En una de esas esquinas, caserío entre un mar verdoso y una montaña asalvajada de espesuras indescifrables. Caserío balanceándose sobre una franja de arena y tiempo elongado. La Chilinga Marcia y la Furcia Lalita desansan los cuerpos en el bar de Eusebio (rejunte de tablas negligentes con aire de paredes, techo, y terraza sobre la arena blancuzca), frente a unas cervezas sudorosas. Lalita fuma un cigarrillo raquítico, de tabaco tenaz y picoso. Marcia mira hacia su derecha: las mujeres remendando las redes de pesca. Probablemente las mismas (sin contar los segmentos reemplazados) que utilizaron los primeros en pescar en ese rincón ninguneado por los mapas.

Marcia y Lalita, la Chilinga y la Furcia, ejercen la encomiable labor de despejar los cuerpos masculinos de los diablitos que de tanto en tanto emponzoñan a los hombres: pequeñas miserias trocadas en perversiones que, aunque leves, enchastran el hogar constituído con olores de azufre y almizcle. Son las propias concubinas, novias, madres, las que derivan a los poseídos a la choza de la Chilinga y la Furcia, en uno de los extremos de la playa (una bahía de algo menos de un kilómetro, custodiada, a cada lado, por el abrazo recio de rocas acantiladas, de la montaña que se eleva por detrás). Los encaminan sin vergüenza; como sin vergüenza ni desprecio saludan a la Chilinga y la Furcia, que reciben un trato parecido al de los curas en los pueblos muy creyentes. A fin de cuentas, ellas se involucran en cuerpo y alma en los exorcismos y lavados de mugres anímicas de los hombres de ese olvido de tierra en el borde de la tierra: donde los hombres tienen que andar compuestos de cuerpo y alma para salir a pescar, para reparar casas, para juntar madera para el fuego, para persistir aquel rejunte de humanidades. La Chilinga y la Furcia son como sacerdotisas de una religión sin nombre, sin doctrinas, sin pecados, sin deberes: una religión como dios manda: urdida de pragmatismos, de inmediateces, de presente y corporeidad.

La Chilinga Marcia desprende la mirada del entramado de piolines de las redes y la devuelve región mínima del bar: mesas chuecas y vacías; Eusebio espantando moscas y mosquitos con el repasador desteñido. El tiempo distendiéndose como en un desperezamiento largo. Desmadeja, pues, la mirada, y la recupera para observar a la Furcia Lalita, que anda remontando la suya entre los dos acantilados a los costados de la bahía, que son como los restos de las torres inexactas de un juego de ajedrez en el que el resto de las piezas ya ha sido sacrificado, y en el que las piezas del contrincante han caído, haciendo imposible conocer el resultado de la partida: derrota larga. De la misma manera en que la Furcia no puede conocer el resultado de la partida que intuye que está jugando contra el tiempo, que es lo mismo que decir contra sí misma; acaso también contra la erosión insistente de vaivén del mar.

Callan las dos. No hay mucho que decir, la verdad, que no haya sido dicho ya. Y andar repitiendo, por el mero hecho de rellenar silencios con ruiditos como masilla, no es necesario; ya han superado esas incomodidades. En realidad, ya nadie en el caserío siente necesidad de decir más que lo imprescindible. ¿Qué necesidad hay de decir algo que ya fue dicho? Y todo ha sido dicho. Cada palabra ya ha sido combinada con las otras en todas las frases posibles. Las emociones de hoy son las de ayer y las de mañana, y la particularidad de sentir una en particular en un momento dado, no asciende a un hecho digno de ser verbalizado.

Por fin, Lalita se pone de pie. Tal vez mañana, dice; mirando hacia el horizonte que no es promesa de nada ni olvido alguno: simple inmensidad para la limitación visual achaparrada en la playa. Pero por allí mismo, Lalita estima más factible que acontezca lo que sea que anda esperándole a la vida. Las montañas con esa frondosidad hipertrofiada y sus pendientes ladinas, no parecen trayecto propicio para nada (al menos, nada bueno). No recuerda, Lalita (ni seguramente nadie allí), por dónde llegaron los que se instalaron allí por vez primera. Todos suponen que por mar. Que un naufragio, con toda probabilidad. Eusebio, en cambio, conjertura una huída: de lo que fuese; de otra manera, por qué encajonarse entre acantilados y montaña.

Tal vez mañana, responde Marcia; sin saber a qué responde y, a la vez, sabiéndolo muy bien. También para ella, tal vez mañana. Y para las mujeres que han terminado los remiendos en las redes y para los hombres que ya las suben a las barcas enclenques. Para todos, tal vez mañana. Para alguno, ya no habrá mañana. Pero así son las cosas. Marcia se pone de pie y va montándose sobre las huellas que deja Lalita en la arena aún caliente – que antes de llegar a la choza al otro extemo de la playa, ya estará fresca, atardecida, y habrá que buscar calideces enterrando levemente los pasos. En unas horas, cuando los hombres vuelvan, algunos irán a visitarlas para que le saquen esas cosquillas de ahí mismito, ahí donde los diablitos se ensañan con sus uñas finas y arteras. Y ellas, con sus procedimientos, alejarán posesiones; aunque sólo por un tiempo, porque los demonios aprenden y vuelven más persistentes, resistentes. Pero Marcia y Lalita también aprenden – y más de una novia o esposa o amante, también. Y ahí andan, luchando con (o contra) el mar, la montaña, la arena y los demonios cojoneros; mecidos sobre el tiempo elástico, como una hamaca entre dos acantilados.

© Marcelo Wio

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