Un acuerdo equívoco

Ladislao Trellez llegó a Villa General Retirada una tarde de otoño en que las presiones y las corrientes atmosféricas habían confluido para mermar la moral del pueblo – con un descenso disciplinado y despiadado de las temperaturas, que la confabulación meteorológica acompañó de unas lluvias tupidas como para tallar en la memoria del pueblo aquel día de 1937. Avanzó abrazando su macuto y abrazándose a sí mismo, como formando un proa contra el oleaje de aguacero y viento, y las miradas que hubieren. Encorvado, con paso firme pero lento, lo vieron surcar la calle principal – en ese momento un territorio incierto de barro y trampa –, Herraiz, el almacenero, y Troncoso, un malandrín ameno. Fueron ellos los primeros en divisar el ingreso de Ladislao Trellez en Villa General Retirada. Por esas cosas de la vida, que a veces parece buscar una cierta coherencia narrativa – y por esa pretensión de circularidad que guardan ciertas crónicas -, serían también ellos los que lo verían por última vez, haciendo el camino inverso, sin lluvia, pero con el mismo ensimismamiento.

Lo que Herraiz y Troncoso conjeturaron entonces fue que Trellez acarreaba una verdad y una recriminación; que muchas veces terminan por confundirse en una revancha, o en una trampa.

***

Fue un susurro – aunque había empezado mucho antes, evidentemente, y vaya saber el tono en que se produjo aquella causa primera – en el bar Los Orientales. Danilo Fagna, dicen, estaba bebiendo un café. Sentado, solo, ante la mesa del fondo del bar. Trellez, aseguran, se le acercó, pero no llegó a sentarse, sino que se quedó de pie, a su lado; se inclinó levemente, y le susurró unas palabras. Las susurró, porque fue evidente para los que presenciaron la escena, que Fagna hizo un esfuerzo por escuchar. Y una vez que hubo decodificado el sentido, su rostro ensayó un gesto descompuesto: una mezcla de inicio de inevitabilidad y de horror… El rictus de quien, en el fondo, venía esperando esas palabras – aunque deseando su incumplimiento -, o unas muy similares, que implicaran los temores que ahora dejaba traslucir su ánimo.

Fuera, el viento soplaba con esa rutina fatigada de rascar la costra de las cosas para dejar al descubierto la misma esencia reiterada. Adentro, dos o tres habituales se percataron de esa escena leve y breve – Trellez salió del bar a los trece minutos y siete segundos de haber entrado, según Vasconcellos, el mozo, quien poseía el don de la exactitud y la maldición de poseerlo en un lugar donde el tiempo se había confundido con el polvo. Cuando Trellez salió, ya no llovía. Y, tal como lo había hecho cuando llegó al pueblo, no miró a su alrededor y desanduvo el camino que lo había conducido allí – los que lo vieron, no supieron que Trellez quería evitar buscar entre los olvidos y las ausencias a alguien que lo despidiese. Lo vieron abandonar el pueblo, como ya se adelantara, Herraiz y Troncoso, que en ese momento pensaron que el forastero había equivocado el rumbo y ahora rectificaba en busca de coordenadas, si no correctas, sí, al menos, más favorables.

Fagna se levantó poco después de que se marchara Trellez. Dejó unas monedas sobre la mesa y, sin saludar ni mirar a nadie (“rehuyó su mirada”, dijo alguien), salió del bar. Fue la última vez que alguien del pueblo lo vio con vida.

En cuanto Fagna se hubo ido – y no por el mero hecho de salir del bar, sino por lo que implicaba el conglomerado: la visita, el susurro manifiesto que le alabeó el gesto y el ánimo y lo impulsó a movilizarse -, comenzó el conciliábulo de conjeturas: el chismerío, que le dicen; aunque entre ellos lo maquillaron (como siempre hacían) de una preocupación honorable por un paisano. Como un sistema de defensa precario y ordinario, no hacían otra cosa que enorgullecerse de sus defectos (así, al machismo añejo que practicaban lo denominaban costumbre) y limitaciones, como si fuesen unas virtudes singulares, exclusivas, excelsas; de esas que sólo pueden sobrevivir en los pueblos, alejadas de los amontonamientos de humanidad.

Sabían que Fagna había vivido una larga temporada en Prosperidad, un pueblo a unos doscientos kilómetros de Villa General Retirada, que venía porfiándole los números a la realidad y se hacía llamar ciudad. Aunque, para los fines prácticos, bien podía considerarse como tal: tenía todo aquello que uno le supone a las ciudades; especialmente los vicios y ciertas manías. Así pues, columbraron deudas de todo tipo: económicas y morales. ¿Qué otra cosa podía ser? El tipo aquel podía venir sólo del pasado para recordar algo. Y uno no se toma esas molestias para susurrar dos o tres sentencias amenas y marcharse así como vino, si no es para cobrar o recordar un débito. Máxime, con el semblante que pareció surgirle desde la memoria misma al propio Fagna una vez que le recordaron lo que fuere que había por invocar.

Sabían, en definitiva, lo necesario para elaborar la suspicacia. Que es lo mismo que decir que no sabían nada; que la mínima filtración de indicios no servía para nada que no fuese el concierto de malicias.

Decíamos que la salida de Fagna del bar fue la última vez que alguien del pueblo lo vio con vida. Esta sentencia es una exageración. Esa fue, para ser exactos, la última vez que alguien lo vio por allí. No hubo cadáver. Hubieron, eso sí, más suposiciones: que había acudido a un encuentro fatal con aquel hombre; que el hombre lo había emboscado de camino a casa y había ocultado el cadáver. Invariablemente, en cada imaginería Fagna terminaba muerto. Aficiones o debilidades de los pueblos, donde la muerte tiene una presencia que debe ser conjurada por medio sacrificios imaginarios, o mediante su pronunciación diaria.

***

Respiró el aire de cemento mojado y despedida que había dejado a su paso la tormenta breve pero eficaz. Aún persistía en la habitación el enramado de palabras que ellos habían desperdigado, un poco pollockianamente, intentando elaborar – sin éxito – los sarcófagos de significados que silenciaran los mutismos que tenían para callar pero que debían verbalizarse. Sin éxito, porque terminaron diciendo lo que no habrían querido pronunciar. Ahora Trellez aspiraba ese aire póstumo y fumaba, más que por un reflejo viciado, para que el humo figurara una presencia, insinuara una salida. Y, mientras miraba por la ventana del departamento, intentaba concentrarse en la voz de Bessie Smith, que la brisa hurtaba arrastrándola desde alguna otra ventana. Ya pensaría en Fagna cuando terminara el disco.
¿Cómo se habían combinado las circunstancias – que quería pensar independientes, sólo aparentemente relacionadas entre sí, pero desvinculadas: un mero consuelo de dignidad, adherida a una persistente irreversibilidad a la que un debe terminar por subordinarse – para que él formase parte de la trama que desembocaba en Fagna? ¿Cómo había terminado siendo parte de aquél encadenamiento de sucesos en los que debía exigirle a Fagna que cumpliera con su compromiso – una obligación adquirida por un Fagna que ya no existía, como tampoco existía el Trellez que había asumido esta responsabilidad?

¿Qué sentido tenía ahora todo aquello?

¿Cuarenta años habían transcurrido desde aquella noche?

“Siempre sobreviven esquirlas de verdad en todo engaño”, había dicho el hombre cuando Trellez formuló estas últimas dos preguntas.

-¿Dónde?, había contestado Trellez.

-El dónde es esquivo; el cómo es más evidente: todos estos años hemos obrado sin saber que nos empujaban las salpicaduras de… intencionalidad… de condicionalidad… de lo que sucedió aquella noche.

-Más allá de una memoria de la que dudo, no conservo nada de aquella noche; difícilmente una adherencia minúscula, que ya se debe haber resecado y desprendido…

-Las excusas instrumentales no cancelan la inconveniencia de la realidad: Se recuerde o no, lo que fue, no puede ser cambiado (y no me señale lo que cualquier perejil llamaría contradicción: “si no se recuerda, cómo saber que pasó”; aquí hablamos de no querer recordar, que es bien distinto). Lo que fue, nos cambió, y sigue emitiendo su influjo sobre lo que somos. ¿Dónde?, preguntaba usted; pues en nosotros. ¿Qué sentido tiene?, desligarnos de ese eslabonamiento: ergo, cambiarnos. Es tarde, dirá usted. ¿Por qué? ¿Porque somos más hacia atrás que hacia adelante? No joda, Trellez. Si fuera tarde, realmente, entonces precisamente, qué mejor momento: el destino va a estar mirando para otro lado.

No lo había convencido, pero había inutilizado sus dudas (o las sus coartadas). Si no cambiaba nada, al menos era una pretexto para salir de allí, para modificar la rutina herrumbrada, quedara el tiempo que quedara por delante. Eso ya era una modificación, a fin de cuentas. Por eso cumplió con su parte del pacto. Sólo por eso. No porque creyera en reparaciones, en indemnizaciones que serían imposibles de certificar: una cuestión de cronología inaccesible.

***

Fagna no lo había reconocido cuando entró al bar. Ni cuando se le acercó. Ni cuando se marchó. Pero reconoció las palabras breves que se entreveraban en un mensaje imperecedero. Lo había creído – más bien, había querido creer – olvidado, enterrado como tantas otras costras de sucesos, de memoria.

Trellez estaba irreconocible, como esas estatuas medio orientales que la arena y el viento cariaron hasta convertirlas en una representación de algo incomprensible: el tiempo.

Pero no le importaba Trellez – lo odió levemente, con la convicción de que él no quería estar allí, y que si estaba, no era tanto para transmitir el acuerdo… ¿el desencadenante? ¿No había sido transmitido, acaso, aquella misma noche? No; Fagna, en cambio, pensó, como había pensado tantas veces, cómo se había convenido que él fuese… el último elemento o eslabón de la trama… ¿El ejecutor? Pero, ¿por qué ejecutor, acaso no había sido todo causado, iniciado aquella noche? Así, difícilmente él fuese artífice de nada; un a lo sumo, un mero facilitador para un desenlace. Poco más. Así pues, pensó, qué más daba. Menos a esta altura. Si hay consecuencias subsiguientes – hecho dudoso -, ya no las veré. Y al menos, me desentiendo fugazmente de esta cotidianeidad de permanencia.

***

El hombre salió del edificio, cruzó la calle y se giró para ver a Trellez, pensativo, fumando. ¿Quién ejercería la conclusión (habrían llegado a una división de tareas que exonerara reparos, remordimientos, dudas)? ¿Recordaría Trellez lo que había ocurrido aquella noche? ¿Si lo recordaba, se lo comunicaría? Si no lo recordaba, ¿lo recordaría Fagna – que se acercaba a Trellez, cabizbajo, por la otra acera? ¿Había sucedido realmente algo entre ellos – a ellos? ¿O era una memoria ajena que habían recogido por ahí – que habían incorporado por negligencia, por tedio? Nunca había llegado a comprender cómo les había nacido esa suerte de resentimiento y estímulo vago, abstracto: siempre había sido referido como “a lo sucedido aquella noche”. Acaso ellos pudieran aclararle, llegado el momento, a qué respondía ese desenlace tan temido, tan con aires de final de partida. Aunque, a esta altura, ¿tenía sentido conocer los motivos relegados de algo que todos los implicados esperaban culminar? ¿Acaso los hombres no se inventaban motivos, constantemente, para sus vehemencias, sus inercias? ¿Acaso no se especializaban en obsesiones, en entregas, ignorantes, al punto de claudicar la voluntad de explicación?

Él, más que ninguno, esperaba la resolución de aquello que había perdido sus razones en una niebla que probablemente disimulaba la ausencia de toda causa.

© Marcelo Wio

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