Todo tan sinsentido

Desaparece el río durante la noche. Ni rastro de la sonoridad como de aplauso perpetuo, de chapoteo protestón; comidos por los sauces y la oscuridad. Por ahí no se aventuraba nadie hasta esa noche de coincidencias desmesuradas. Ella no hubiese ido nunca por allí; menos a esa hora. ¿A hacer qué, entre esa humedad fría y renegrida? Cuando la luz se reincorporó al ciclo de las horas, la encontró Salvador, que salía a aprovechar día. Con sus cabras. Como si se le hubiese caído a alguien; la encontró. Como si la hubiesen arrojado con rencor; la vio.

En pueblo pequeño, todos se conocen. Es decir, todos terminan por ser sospechosos. Por eso Salvador meditó si dar parte – porque aquella ley tan extrapolable de que el primero que lo huele fue el que se lo tiró – o dejarle la responsabilidad ingrata de hallar y avisar a otro. Sin saber si caviló mucho sobre el asunto o si las corrientes de ideas lo arrastraron para otro lado, decidió avisarle al comisario De Benedetti: la muchachita de los Pérez Rosales, allí, cerca del río, donde el límite incierto de barro y pasto no permite asegurar a qué región pertenece – si la acuosa o a la meramente salpicada de rocío. Desnudita, la moza. Muy deteriorada, como si se hubiesen enrabietado con su juventud y belleza – a mi edad, son la misma cosa. ¿Pisadas? Las mías, las de tantos otros que pasan arreando cabras y ovejas. Recientes. Antiguas. Eso que es o era la hija de los Pérez Rosales, eso es bien reciente. No soy un experto, sólo que pasé ayer al atardecer, y no estaba. Pasé por la misma razón que pasé este amanecer: las cabras, los pastos, la costumbre.

El comisario anotaba sólo por no mirar a los ojos de Salvador, temiendo que el reflejo apagado de cataratas le pudiera revelar un adelanto terrible de lo que en breve debería observar. Cada cosa a su tiempo. Las desgracias, mejor en cuotas. Preparando el ánimo. Vacunando la aprehensión. Linda piba la de los Pérez Rosales. Purita alegría, inocencia. Hay que ser muy hijo de puta para. Salvador le componía el cuadro: brochazos salvajes: verde intenso y mojado, marrones casi negros, pálidos y rojos de tonalidades variadas y ominosas. Velázquez – al sargento, que estaba a su lado, conteniendo espanto -, por qué no preparas unos mates, hazme el favor. Que era lo mismo que decir: busquemos inventemos tregua.

Los mates disculparon, si no el silencio, sí la parsimonia de las palabras, las descripciones; difiriendo acciones y sobrecogimientos. Cada sorbo, igualmente, como una reverberación de culpabilidad cobarde. Igualmente, era preferible aquel sentimiento católico que el barrial, el río latiendo, la muchacha ya nada.

Anselmo Buitrago, pensó Velázquez. Sólo él es capaz. Buitrago. Rostro recio, palabra mezquina. Sus tierras, como una noche larga: sin contornos: excusa para el litigio, para la expansión. Buitrago como antes Fermín Livorno. Siempre hay uno. Entre chupada y chupada al mate, piensa Velázquez, verbalizando sus pensamientos para constatar que son los suyos y no los del comisario o los de Salvador – que pocos debe tener: más balidos, silbidos, ladridos, que otra cosa; ruidos de su cotidianeidad longeva.

¿Quién? Vocalizó Velázquez, por comprobar si sus conjeturas apresuradas reproducían las de los otros dos.

Cualquiera. Salvador. Que es lo mismo que decir Buitrago.

Buitrago tiene otras vilezas. Pero no son éstas. Buitrago obra por pragmatismo, no por impulso. Qué necesidad de desparramar una vida en una tierra que nunca codició. Buitrago ha sido una explicación conveniente (y generalmente acertada) para entreveros varios. Pero siempre con tierras y ganados de por medio: dinero y prestigio. El comisario.

Alguien que ambicionara a la muchacha. Alguien que por lo que fuere – edad, sexo, etcétera – no podía o creía no poder . O alguien que podía pero que, una vez obtenido el favor o lo que fuese que implicase la transacción, no debía: un casado, un familiar. El comisario. Nuevamente.

Todos. Velázquez.

Todos. El comisario.

Incluido Buitrago. Salvador.

El mate ya no computaba como excusa. Lavado. Frío. ¿Vamos? El comisario. Vamos. Velázquez. Usted abre la marcha. El comisario. A Salvador. Caminan los tres por la calle principal. De tierra apisonada. Niebla entre la que la gente observa al grupo reconcentrado, mordiendo lo que parecen angustias. Los miran y saben que no van hacia algo habitual. Saben que algo va a cambiar en el pueblo. Que ya cambió, sólo que aún no lo percibieron. Pero nadie los sigue. Cada cosa tiene sus tiempos. Cada cual conoce lo que haya que conocer según le toque, le afecte. Siempre fue así. Al menos en el pueblo. Sólo Buitrago violaba lo implícito, avanzando prepotencias y ganados sobre tierra ajena. Pero esta vez no era Buitrago. Los gestos, el andar de esos tres, parecían echar brazos brazadas hacia atrás; evitar el rumbo y lo que fuese que fueran a encontrar, confirmar. Acá pasó algo feo. Valentín, el carpintero. Algo muy pero que muy feo.

¿Cuánto puede alargarse un trayecto sucinto y tan conocido? ¿Cuántos ensayos de arrepentimiento caben en esa brevedad mezquina?

Iban porque la formalidad lo requería: que sí, que está muerta la fallecida; que sí, que por una causa tan natural como el odio, la furia, el accidente o cualquier otra exacerbación del espíritu. Iban con sus pasos. Únicamente. La voluntad, reculaba.

Se instalaron en la frondosidad misma de de la niebla, lo que los obligaba a una intimidad truculenta. Y, a la vez, a una benévola sensación de irrealidad.

Velázquez vio. Fugazmente. Y retiró la mirada, a vez que componía una arcada. Salvador había sido austero en sus descripciones. En su testimonio. Igualmente, el horror no es el mismo para todos; menos aún si se constriñe a lo exclusivamente narrativo; eximidos así los sentidos de concurrir ante el mismo.

Desparramada. Golpeada como siguiendo un sistema puntilloso de sañas y desprecios. Era la hija de los Pérez Rosales. Pero sólo se llegaba a su identidad a través de un prolongado labertinto de hematomas, desgarros y náuseas a los que había que anteponer un esfuerzo que no contaba con los auxilios de la convicción.

Era. Ella. Ya sin ella: sin juventud. Sin vida. Sin nada más que restos.

Es y no es. El comisario.

Los tres huyendo la mirada hacia el pueblo, los cirgarrillos para enmascarar pudores y vergüenzas. Es. Era. Ella. Lo único que se reptenían los tres, en silencio. Mirando al pueblo. Al bulto detrás de la niebla donde había uno como ellos que había hecho esto. A ella. A ellos. Que no sabían qué hacer. ¿Seguir rehuyendo la mirada? ¿Observar un poco más?

No nos va a decir nada. El comisario – como si hubiese verbalizado una línea de una conversación muda -, desatándose del EraEsElla.

Habrá que hacer algo. Con ella. Velázquez. Los restos de la arcada codeándole las palabras.

Hacer para escapar de allí. Para cancelar esa circunstancia aunque sólo fuese momentáneamente. Es decir, inútilmente.

Sí. El comisario.

E ir a lo de los Pérez Rosales. Traiga a los cabos Muñóz y Zárate. Sea discreto. Habrá que… componer un tanto. Limpiar. Disimular. Yo voy a lo de los Pérez Rosales. El comisario. Nuevamente.

Manuel Pérez Rosales estaba de pie. Ante la puerta de la casa. Como esperándolo.

Lo sabe. Pensó. El comisario. O lo intuye.

Lo sé. El padre de la joven.

Quién se lo dijo. El comisario

Dije, lo sé. No dije ya lo sé. Manuel.

El comisario lo miró sin comprender la diferencia sintáctica que proponía como inicio de una explicación o lo que fuere.

Lo sé porque lo ví. Manuel.

El comisario decidió no decir para que el hombre dijera. Cada palabra precisa un tiempo, un espacio.

La ví… de esa manera, porque allí le dí alcance. La perseguía. Desde el galpón que está aquí detrás. No recuerdo ya qué fui a buscar a esa hora sin contenido. Acaso haya ido obedeciendo un orden que nos ubicaba en una escena premeditada. Como fuere. Ella. Untándose con la hija de Sorrento. Allí detrás – señaló en dirección al galpón, detrás de la casa – está. La otra muchacha.

Galpón. Muchacha. Menos golpes. Dos. Tres, tal vez.

Sólo bronca. Manuel.

Está visto que nadie puede reprimir sus impulsos. Yo no pude: mi vergüenza hecha de ascos. No tanto por lo que hacían. Que ya era menester de la repugnancia. Sino porque aquello me excitó. Comisario. Esa escena lúbrica que contenía a mi hija. Mezclada en una imagen que me encendió virilidades, comisario. Manuel. Nuevamente.

¿Entiende ahora? Manuel. Otra vez.
No había nada que entender. Las cosas eran las que eran. Las exégesis computaban como pretendidos atentuantes. Y las cosas eran las que eran. Se repitió el comisario
Manuel, deje las explicaciones para el cura. Para mí, el qué y el cómo y sus cronologías. Bastante tengo con lo mío como para añadirle ámbitos al asunto – que además siempre tienen un algo de disculpa o justificación.

Salió corriendo luego de que golpeara a la muchacha de los Sorrentino. Trecho inútil para buscar el desamparo de ese escenario para el mismo desenlace. Manuel.

Ella. Desperdigada. Golpeada. En el barrial. El río de fondo comenzando a reexisitir. Pensó el comisario. Esa confesión absurda. Esa estupidez tan gratuita de los hombres y sus prepotencias. Él como un intermediario de no sabía muy bien qué.

La niebla ya había levantado.

El comisario pensó que Manuel le había ofrecido un rejunte de emociones sin emoción. Meras crueldades atávicas. Un conjunto de palabras que se deshacían ante la imagen del cuerpo de la muchacha. De las muchachas. Todo tan inútil. Tan estúpido. Tan sinsentido.

Vamos. El comisario.

Vamos. Manuel.

Lo fácil que uno dice vamos, sin saber dónde – o más precisamente qué – es vamos.

© Marcelo Wio

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