Surgimiento y evanescencia

Nació por un descuido, o por una inercia; inopinadamente. Alguien – o el viento, tan dado a esculpir y reformular -, alguna vez, precisó acomodar unas cuantas maderas o lo que fuese, con ánimo de refugio transitorio: un respiro. Algún otro alguien, habitando similares circunstancias; otro cúmulo de materiales precarios. Y así, sucesión de alguienes; cada vez más estructuras, que cada vez fueron pareciéndose más a casas, a o permanencias.

A medida que crecía ese simposio de casualidades, esa combinación de accidentes y contextos, el villorrio (algunos lo llamaban Villa Porfía) fue creciendo – con pretendidos aires de reputación – hacia el Este, como huyendo de sí, de su origen – de las evidencias de despretigiosa necesidad. Y, a la vez lo hacía, lo que iba quedando al Oeste se pauperizaba, se empobrecía aún más; y se desatendía, hasta que los que quedaban terminaban por mudarse hacia el Este; que, entonces, volvía a crecer – calles que se abigarraban como queriendo ser una; promiscuidad de referencias, de pretensiones: como un reptar desesperado.

Finalmente, en ese movimiento casi de respiración enfisematosa, llegó la congregación de acatamientos, ineludiblemente, al Atlántico. Entonces, todo el rejunte, todo el empuje pasivo, despareció. Solo una casita melancólica y obstinada (o indultada por la inevitabilidad) perdura: la de Perpetuo Idelfonso Oyarán.

Alza la mirada glaucomatosa, Perpetuo, hacia el Oeste barrido de viento: ni una señal de que allí, alguna vez. Quizás, dice, todo haya sido una fraudulenta ilusión mía, una mentira. O no: Acaso una mentira sincera no sea una mentira. Tal vez sea una verdad diofántica: ya sabe, muchas incógnitas, varias soluciones. Habla solo, Perpetuo. O con los fantasmas que quedaron detrás – los otros han huido hacia el mar; imposible dialogar con ellos -, en ese desplazamiento que anunciaba, como aquella primera casita o refugio o lo que fuese, la caducidad de lo que de ello surgiera con alarde de duración. Nada dura, dice, mientras recoge la mirada y la arrastra hacia el mar.

 

© Marcelo Wio

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