Soliloquio de madrugada

Es sólo un cuerpo respirando. Sólo un cuerpo respirando sobre una superficie de figuraciones, de convencimientos. Eso me digo. Cuando lo miro a mi lado. Pero no puedo convertir el engaño en fe. En un adiós – que siempre parece prematuro.

Es sólo mis pensamientos – el/lo que está ahí, durmiendo o fingiendo dormir. Como yo soy los suyos, probablemente. Grietas entre realidad e imaginario que terminan por revelar sus imposibilidades. Ni los rostros que nos conocimos, encajan acabadamente en los que somos: apenas acomodamos algunos rasgos a lo que hemos creadodeseado.

Nos hicimos. Pero ya no. Y por algún motivo, caducó el leve engaño que nos sostenía en el mismo equilibrio: se revuelve la realidad: des-adultera.

Despierta. Y comprende. Asiente.

Nada. Duerme. En medio de este silencio: formado de instantes disímiles: vigilia y sueño y tú y yo y ayer y esto. Silencio: la distancia contigua e insalvable

no es ausencia de palabras, el silencio, es ausencia de voluntad: las palabras mínimas: pragmáticas

Decimos sobre el silencio. Callamos sobre la oportunidad de decir algo concreto: despedida.

Sólo podemos hablar silencios: estridencias de la distancia. Y no tengo el cuerpo para esos montajes: demasiada tramoya.

Fijados en el recuerdo, como tú en el sueño y yo en la vigilia, no podemos seguir siendo presente compartido: fragmentos de momentos derrotándose; desligándonos.

Esta cama está repleta de pasado. Ya no cabe ni el presente. Cama. Legajo. Donde repetimos una u otra página. Y yo. Y seguramente tú también. Y yo tengo la soledad enquistada. Y tú eres esa soledad. Y cualquiera como tú, como yo misma.

¿Comprendes?

Despierta para comprender.

¿Recuerdas aquella mañana? Una, lejana. De las del principio. Cuando estábamos inmersos en ellas. ¿Recuerdas? Yo apenas. Ahora sólo reflejamos luminosidades que ya no existen.

Roncas. Antes, no te diré ternura, pero una gracia de esas un tanto maternales o algo por el estilo. No ahora: roncas y usurpas.

¿Comprendes?

Sólo sedimentos. Estratos. Capas de instantes. Nada más. Restos para las geologías. Álbumes de esa veta: señal para certificar una existencia antigua. Estuvimosfuimos. Y luego, deriva de placas.

Cada mañana. De estas de ahora. No de las de antes. En estas en que despierto, inauguro una tristeza diferente: sin ti. Tristeza. Porque ninguna esperanza dura lo suficiente para establecer una alegría mínima.

¿Comprendes?

Yo sí. Aunque no sé: nadie sabe nada. Pero a veces, tantas ganas – de lo que sea -, parecen conocimiento. Sólo parece.
Anda. Despierta. De ese sueño traidor. Despierta. Incorpórate. Comprende y sigue un rumbo que no sea el de siempre, que termina por encontrar mi mirada. Uno que no trace el círculo que vuelve a mí y a ti. Hazlo. No quiero que vuelva mañana

no quiero que vuelva lo idéntico
en esta cama
con los gestos vaciados que un momento vamos
a emprender

Comprendes, ¿verdad?

Nos estamos conformando: en la indecisión

Juntos. Y tan solos. Porque la soledad es el concierto de palabras que nos decimos para no decirnos nada: confluencia de representaciones, pesadumbres y recelos: material de tormento.

Soledad: contra el viento: contención, impedimento. Viento: adverso: desalentador. La soledad sólo se puede ejercer al lado de alguien más. No es posible la soledad en solitario.

Esto es soledad.

Corrompe esta soledad. Que es costumbre de sábanas repetidas: gesto arrugado: cuño de iteración. Y luego en la cocina. Y en el portal. Y en casa de los amigos. Y abrazados por una calle. Solos. Porque andamos por el interior del pasado. Trabados.
Ya conozco tus caricias: las anticipo: pierden tacto: se deshacen: meros dedos sobre una pial, nada más: burocracia epitelial.

¿Comprendes?

Anda, despierta.

Que esto no es recriminación. Ni sinceridad. Es la mentira más verosímil que nos podemos ofrecer: como toda verdad irrebatible.
¿Comprendes la necesidad de no necesitarnos?

No de esta manera que requiere agenda y exclusividades y cohabitación.

Te muerdo y te despiertas. Un mordisco sin malicia, sin presión. De esos que nos dábamos antes, cuando teníamos hambre el uno del otro – no ganas; hambre -; ¿recuerdas? Te despiertas y no sólo recuerdas sino que comprendes todo sin que lo tenga que verbalizar: en voz alta. Comprendes. Y no respondes. Comprender no es responder algo o preguntar el motivo de lo que se comprende: es aceptar en silencio. ¿Comprendes?

Te pregunto si recuerdas. Yo no recuerdo. Es preciso que invente la memoria para poder recordar algo puntual: hecho; suceso. Ya no inventamos juntos esa memoria. Cada cual con la suya, divergiendo. No. No del todo. Algunas cosas no hay que urdir: los pasos: latidos. Promesa de regreso: en su momento, la esperanza creando sus estructuras: seguridades mínimas. Ya no. Hoy son una certeza no deseada.

Compréndelo. Lo que digo para mí, vale para ti. Lo he visto en tu mirada. Lo siento en los abrazos distintos. En las fracciones de tiempo que antes parecían más de lo que son.

Todo es muy simple. Lo complicado es la nada: especialmente el territorio difuso de sus márgenes, donde algo pretende insinuarse…

yo… podrías comenzar a decir, si te despertaras ahora, yo creo que…

Tú allí. Pero ya indefectiblemente resbalando dentro de la nada. ¿Comprendes? Porque yo ando en otra nada. Distinta. Distante.
Quedan las horas… Sí, quedan. En otro territorio (otra nada) sin nosotros: horas como sombras imitando momentos que fuimos o fingimos ser.

Despierta, ya.

Si pongo el disco de pasta de La Revoltosa: la voz de Conchita Supervia: como una mano en la espalda: zarandeo de zarzuela
Entonces acaso entienda lo que he estado diciendopensandocallando: una voz violeta apretada contra el horizonte inmediato

¿Comprendes? ¿Comprendes?

¿Comprendes? ¿Comprendes? ¿

Comprendes? ¿Comprendes?

¿Comprendes? ¿Comprendes?

¿Comprendes? ¿Comprendes?

Di que sí.

Que no hay. Otro.

Ni yo estoy.

Precisamente.

Porque.

Ni yo estoy para mí.

Y quiero un poquito de yo. Para no andar con este cuerpo y estas palabras y estos pensamientos como si se los hubiese hurtado a alguien, o se los estuviera llevando a una mujer que los espera porque tiene algo que decirle al marido que duerme a su lado.
¿Cuánto falta para que amanezca? Y que te despiertes. Y que comprendas.

Sobre la noche, fuera. Mechones de humedad. Desde el mar una sirena de barco montada en un silencio que es de la noche anterior: qué lento que viaja todo en esta ciudad sin puerto y con tanto mar y barcos que la rozan.

Como nosotros, ¿te das cuenta? Que coincidimos divergentemente.

¿Comprendo?

Sí. Comprendo. Comprendo. O al menos estoy convencida de esas razones que son las que debes comprender.

Olor a sal. A hombre. A una mujer que creo ser yo. A esa humedad en el techo. Olor a espesura: anaranjada, contra el marco de un cuadro que una vez estuvo en la pared que sostiene ese gancho que sostiene tu abrigo: tu carné: tu identidad: distinta de la que yace, desnuda, acostumbrada.

¿Comprendes?

Acaso sería más fácil si hubiera. Otro. Pero no. Es más complicado (como la nada):

no hay yo: que

quiera
necesite
desee

comprendecomprendecomprende

Mi madre. Y su madre. Y las mujeres del barrio: a los hombres hay que

pero no eres un hombre. Eres tú.

Anda, no seas así, despierta en mitad de esta noche que parece hecha para los adioses acolchados.

Despierta. Para callarnos juntos. Con esos silencios nuestros (sí, aún nos queda algo en común, de responsabilidad limitada). Para que vayas comprendiendo, ¿comprendes?

Que somos la mancha que dejamos sobre las sábanas: o sombras o forma: ausencia: nada: entre ambos: tiempo. Todo es tiempo y tantos pasos y gestos y suspiros desde hace siete meses

demasiados
para no percibirlos

Despierta. Nótalos. Compréndelos. Qué falta hace que redunde lo que te dije mientas dormías.

Ahora sí. Despierta.

¿Comprendes?

¿Qué es lo que no comprendes?

 

© Marcelo Wio

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