Siempre la voz

 

La voz de la mujer nacía desde más adentro de sí misma. Desde
las que habían sido antes y que estaban vinculadas por nacimientos y partos
y fogones y el agua fría del mar y los crustáceos
difíciles y esa soledad atareada. No mires. Aún no. Espera
que me seque las infamias y el rímel
incivil. Lo decía para sí, no para él, que nunca miraba
y que, cuando lo hacía, la atravesaba lo mismo que a esas cortinas
gastaditas que siempre estaba pensando en cambiar o a esas virginidades
sin opinión, sin protesta.

La voz que es como un susurro. Como el rosario recitado masticado
sin dientes ni fe, una pura manera de estarse en el mundo, de justificar
las palabras que se pronuncian. Siempre mientras se hace algo
más útil: entonces las soportan mejor y, a veces, incluso las
condescienden con algún comentario o sonido o mueca. Como diciendo, “ya sé
que estás ahí, mujer”, que has parido
hijos y has remendado calcetines y cocido nutriciones. Que ya lo sé;
qué quieres, una fiesta o qué. Acaso no siempre
así. Pero parecería. Lo juro por esta medallita que era de mi hermana la mayor,
la que falleció antes de que yo naciera.

La voz para hacerse compañía. Para recordarse su presencia. Para avisarle
a las vacas que llegan sus manos a esquilmarle la leche. Para decirle al cura
las faltas inventadas. Para fabular historias en el río, mientras lavan la ropa, juntas,
todas tan con ganas de practicar sus voces, de oírlas respondidas.

La voz. Y el cuerpo que él ya no busca. Y los ojos que se parecen cada vez más
a los de su abuela Amparo.

La voz. Para avisar ola. O resaca. Trampas que el mar les bate. Porque
nunca parecen ser suficientes: ni el frío, ni las escaseces, ni ese abandono presencial.

La voz que ya casi se ha acostumbrado. A obedecerle las normas a la vida. A él.
Pero no del todo. Nunca del todo. Como ahora, que nace desde más adentro de sí misma. Desde
las que quiso ser y que, sin darse cuenta (del todo), fue: aunque todas ordeñasen mar y vacuno y
tuvieran que yacer con él. Pero no del todo. Porque también lo iba cambiando, ayudada
por los párpados y esa voz que sabía hablarse hacia dentro, tan parecida a la de la película
que había visto una vez en la plaza del pueblo.

La voz. Siempre la voz. Sólo la voz.

 

© Marcelo Wio

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